19 poemas de Juan L. Ortiz


Deja las letras y deja la ciudad

Vamos a buscar, amigo, a la virgen del aire…

Yo sé que nos espera tras de aquellas colinas

en la azucena del azul…

Yo quiero ser, amigo,

uno, el más mínimo, de sus sentimientos de cristal…

o mejor, uno, el más ligero, de sus latidos de perfume…

No estás tú también

un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?

 

Sigue, sigue, por entre la bencina, sobre la lisa pesadilla

de las calles extremas, hacia la gracia de las huellas…

Ay, la ternura de Octubre, a las nueve,

ya hace, por aquí, flotar a la pesadilla

en celeste de agua…

Pero derivemos rápido, del lado de los caminos del rocío,

invisible, casi, lo adivino, en el seno mismo de la luz…

Sentémonos, mi amigo, entre estas niñas rubias

que suben y bajan, altas, por unas orillas de jardín,

apoyadas, contra los cercos, sobre un rumor de enredaderas…

El sol ha bebido sus propias perlas

y hay apenas de ellas una memoria por secarse…

No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas…

Viste alguna vez la melodía de los brillos?

La viste ondular, todavía de gasa,

desde tus pies al cielo, sobre el río?

Oh, la misma ciudad, a lo lejos, es una música blanca

con unos silencios amatistas…

Y ahora, ahora, torna la vista alrededor…

Saluda como un aura a estas humildes gracias de miel,

capaces, sin embargo, de atraer hacia sí

a las abejas todas del día

y de volver de margaritas a la melancolía más flotante…

No las sientes curvarse bajo un amor transparente

en un hálito de alas?

O es sólo la cortesía más misteriosa

entre esa que inclina, alternadamente, a los otros finos tallos,

ante algo que al parecer es la respiración de un dios?

Saluda, también, a sus vecinas menos subidas y más pálidas:

qué delicadísimo sueño de amapolillas más pálidas,

sobre un rastreo de tases, serpentino?

Y a las apenas malvas, medio escondidas entre las espiguitas:

pétalos de alba, a su pesar, con sus secretos amarillos…

Y a las apenas níveas, por bordadas, del país de Liliput,

pero que visten, igual que a una novia, a toda la gramilla…

Y ah, a las más sin nombre que se van

con los alambres libres

en una fuga preciosa de piedritas…

Y al trébol de allí, loco de verde, y miniado de sol,

increíblemente miniado de sol en primores casi íntimos

pero que extenúan a la brisa…

Y a las verbenillas, por cierto, de aquí:

oh, la más dulce sangre labrada por los misterios

para los misterios de las hierbas.. .

Y a estos emblemas de llama, perdidos de los trigos

mas que blasonan, del mismo modo, todo el aire…

Y a esos recuerdos de la luna,

aparecidos de seda, ay, en una vigilia de espejo

que se busca, a su vez, en su infinito todavía…

Pero no olvidemos, mi amigo,

a las esbeltas criaturas que arden el azul, allá,

delante no se sabe qué sacramento etéreo:

no olvidemos, mi amigo, a las criaturas de los cardos

Ni olvidemos a aquéllas que ya parecen abisales

con su «pasión» de cielo sobre el susurro trepador:

rêveries de qué abismo hacia otro abismo las de mburucuyá?

Y no habremos comprendido, es cierto, a todas. ..

Cómo abrazar, mi amigo, a estas miríadas del beso

que van estrellando, se diría, todos los minutos

con todos los pétalos y todos los fuegos del suspiro?

 

Y si nos corriéramos hasta el arroyito del otro lado de la loma?

Allí, lo veo, las redes hondas sin bautizo

con su penumbra colgada y su casi vía láctea de jazmines

sobre una huida de vidrios, poco menos que nocturna,

con las navecillas de cita. ..

Y los laberintos de los taludes, aún con su sin fin

de pequeñísimas miradas en los iris más inéditos,

dando no sé qué números de no sé qué otra noche

o qué mareo de gemas entre unos miedos de crepúsculo…

 

Mas no oyes al silencio, ahora, mi amigo?

Qué ave de diamante, di, sobre la línea del sueño,

se deshace dulcemente?

O qué llamado para el sacrificio, di

de campanillas de humo?

Oh, todo dorado de misivas sobre las alas del azar

es el mismo amor que no teme perderse

como la propia gracia ya, libre, sobre su propio cielo de

corolas…

Y no oyes en este momento, di, al silencio o al amor más allá

de las lianas que tejiera para vencer su abismo,

asumiendo justamente la muerte con los modos de un espíritu?

Sí, en los amantes invisibles está asimismo la otra flor

o el otro lado de esa flor,

llama, serena llama, que viviría de su sombra…

Dónde, entonces, aquí, nuestras debilidades hechas dioses?

Aquí, lo que llamamos «horror», o lo que llamamos

«amenaza»,

sonriendo desde la semilla, se diría,

o equilibrando a las mariposas, si quieres,

con un frío que nos duele, es cierto, en lo uno de la sangre…

Pero aquí también enfrentando a lo innombrable,

algo como los honores de un ángel…

 

Mas es en nosotros, mi amigo, que la agonía es dividida,

terriblemente dividida, y expedida a la ventura…

Y aquella música blanca con unos silencios de jacarandaes?

Allí y aquí, a la vez, la condena «de la rueda»,

desde las madres del río y desde las madres de las zanjas…

 

Y aquí, ay, asimismo, lo que vinimos a buscar..

Si el lirio da a los precipicios, qué le vamos a hacer?

Hay que perder a veces «la ciudad» y hay que perder a veces

«las letras»

para reencontrarlas sobre el vértigo, más puras

en las relaciones de los orígenes…

O más ligeras, si prefieres, como en ese domingo

y en esa fantasía que serán…

Hay que perder los vestidos y hay que perder la misma identidad

para que el poema, deseablemente anónimo,

siga a la florecilla que no firma, no, su perfección

en la armonía que la excede…

O para ser el arpa de Lungmen

eligiendo ella sola los temas de su música,

lejos de los tañedores que se cantan a sí mismos

o que no oyen con los suyos a los recuerdos de las ramas

ni lo que dice el viento…

ni menos ven lo que el viento, por ahí, pone de pie. ..

Y aquí, además, las rimas entre los escalofríos de las briznas,

con los hilos temblando, siempre más allá de nuestra luz..

Y el rostro de Ella no escrito,

oh, recién nacido, con unos signos por hallar

y que serán, oh amigo, los que han de llevarte hasta su esencia

como las mismas, las mismas letras de tu alma…

Pero la viste a Ella,

amaneciendo aquí, Ella, de la espuma de las matas,

Venus de las colinas. Ella, sobre un flujo de jardín,

virgen profunda ésta toda aún de cabellos?

 

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Fui al río

Fui al río, y lo sentía

cerca de mí, enfrente de mí.

Las ramas tenían voces

que no llegaban hasta mí.

La corriente decía

cosas que no entendía.

Me angustiaba casi.

Quería comprenderlo,

sentir qué decía el cielo vago y pálido en él

con sus primeras sílabas alargadas,

pero no podía.

 

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Regresaba

-¿Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

De pronto sentí el río en mí,

corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

 

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Para que los hombres

Para que los hombres no tengan vergüenza

de la belleza de las flores,

para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles

o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo

por penetrar el mundo,

con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,

o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,

para que podamos mirar y tocar sin pudor

las flores, sí, todas las flores

y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,

para que las cosas no sean mercancías,

y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:

iremos todos hasta nuestro extremo límite,

nos perderemos en la hora del don con la sonrisa

anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.

 

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Todos aquí

Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.

Fuego sólo?

 

No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?

 

La pasión de la luz antigua abriéndose en flores encendidas

para mirarse en el espejo humano.

 

El corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa,

alzaos hasta el fuego armonioso como hasta la sangre

del éxtasis para que todos seáis como simientes ardiendo

para las cosechas sucesivas de la luz común que encenderá hasta la sombra

y la estrellará como un jardín.

 

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Tarde

El mundo es un pensamiento

realizado de la luz.

Un pensamiento dichoso.

De la beatitud, el mundo

ha brotado. Ha salido

del éxtasis, de la dicha,

llenos de sí, esta tarde,

infinita, infinita,

con árboles y con pájaros

de infancia ¿de qué infancia?

¿de qué sueño de infancia?

 

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Entre Ríos

Es tan clara tu luz como una inocencia

toda temblorosa y azul.

Tu cielo está limpio de humo de chimeneas

curvado en una alta

paz de agua suspensa.

Y tus ciudades blancas, modestas, casi tímidas,

ríen su aseo rutilante entre las arboledas.

No hay en tu tierra gracias sorprendentes de líneas

—apenas si una suave melodía de curvas—,

pero tiene ella un

encanto de mujer, de sencilla, de agreste

belleza,

vestida de un silencio verde y feliz de campo,

toda húmeda de una alegría de arroyos,

con una cabellera densa de árboles libres.

 

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Lluvia

Todo el día mi alma hoy estará suspensa

de la voz del agua,

como en un sueño

mojado.

 

La voz del agua

dulcemente cierra el mundo!

 

¡La voz del agua!

 

Todo el día seré un niño

que se está durmiendo.

 

La vida será sólo

una voz querida.

 

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EL MUNDO ES

Un pensamiento

realizado de la luz.

Un pensamiento dichoso.

De la beatitud, el mundo

ha brotado. Ha salido

del éxtasis, de la dicha,

llenos de sí, esta tarde,

infinita, infinita,

con árboles y con pájaros

de infancia ¿de qué infancia?

¿de qué sueño de infancia?

 

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UN CANTO SOLO

Un grillo, sólo, que late el silencio.

A su voz se fijan

los resplandores

errátiles

de las estrellas

que tienden hilos vagos

al desvelo

de las flores, las hierbas, los follajes?

O es una tenue voz aislada

junto al arpa que forman esos hilos

y que hace cantar la noche

con su último canto

secreto?

 

No oigo

ya

el grillo.

Vibra un canto

sutilísimo, profundo,

hasta cuándo…?

 

Los cantos de los gallos

quiebran metales tristes, irisados,

que no son de este mundo,

de qué tímida alba

que aún no ha tocado las estrellas

pero que sienten ya

el río

y las alas?:

pálido serafín que se asoma a los cielos

con un agudo, casi desgarrado, heraldo.

 

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ROSA Y DORADA

la ribera.

La ribera rosa y dorada.

 

Febrero,

y ya estás,

belleza última, en el cielo y el agua.

 

Etérea,

pero ya estás,

vapor flotante de un sueño

que parece de flor y es de un lúcido pensamiento

que se busca

y se suspende

mientras el cielo es un ardor sensible.

Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura,

El alma es un olvido hacia una orilla eterna.

 

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LA NOCHE EN EL ARROYO

 

Infinito, Noviembre, tiembla, tiembla en el agua.

Escucháis la voz de la noche?

De qué es la voz de la noche?

Es de agua o es de flor?

Es de flor y de agua a la vez.

 

Hagamos un silencio como el de las orillas oscuras

para escuchar esta voz innumerable y tenue.

Seamos vagas orillas de silencio inclinado

o los oídos de la misma noche

abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos?

 

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NO TE DETENGAS ALMA

Sobre el borde

de esta armonía

que ya no es sólo de aguas, de islas y de orillas.

¿De qué música?

 

¿Temes alma que sólo la mirada

haga temblar los hilos tan delgados

que la sostienen sobre el tiempo

ahora, en este minuto, en que la luz

de la prima tarde

ha olvidado sus alas

en el amor del momento

o en el amor de sus propias dormidas criaturas:

las aguas, las orillas, las islas, las barrancas de humo lueñe?

¿O es que temes, alma, su silencio,

o acaso tu silencio?

Serénate, alma mía, y entra como la luz

olvidada, hasta cuándo?

en este canto tenue, tenuísimo, perfecto.

 

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EL AGUARIBAY FLORECIDO

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.

En la sombra exhalada – ¿de qué su dulce hálito?-

los vestidos ligeros, muy ligeros, con pintas.

 

Arde de abejas el aguaribay, arde.

Ríen los ojos, los labios, hacia las islas azules

a través de la cortina

de los racimos

pálidos.

 

Ríen los ojos, los labios. ¿Véis las muchachas o es

la tenue sombra ebria

y bordoneada

que se alucina de muselinas claras

y de otras flores vivas – extrañas flores vivas-

riendo, riendo, riendo hacia las islas?

Muchachas de ojos de flores y de labios de flores.

Arde de abejas el aguaribay, arde.

 

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PARA QUÉ EL VINO

¿Para qué el vino, amigos míos,

si allí la luna, en las aguas, ebria, se despliega?

 

Id a la orilla y sed de ella, dulcemente enajenada

en su propio vals antiguo

de velos de silencio que se igualan al fin, tenues, a la arena…

 

Sed de ella que ya el eucaliptus está en ella, más pálido.

Y acaso, acaso, un momento perdidos, amigos míos,

os encontraréis de la mano, luego, en el centro de la danza profunda,

figuras intercambiables e increíblemente ligeras, al cabo, de la danza…

 

¿Para qué el vino, entonces, si así seríais más ligeros?

 

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DULCE ES ESTAR

Dulce estar tendido

fundido en el espíritu del cielo

a través de la ventana

abierta

sobre los soplos oscuros…

 

Dulce, dulce…

El pensamiento amarillo de allá

es nuestro mismo silencio casi póstumo

libre

sobre los abismos…

 

Dulce, dulce haber en alguna manera muerto

hasta el primer jazmín de arriba

que titila de súbito

en la misma brisa del poema que leemos…

 

Dulce, dulce…

¿Pero has olvidado, alma, has olvidado?

Dulce, dulce, bajo el vértigo

de las enredaderas celestes

estar solo con Keats,

bajo Keats, mejor bajo otra liana eterna…

Oh melancolía, oh melancolía que se enciende como un jardín

sobre la terraza que flota en una luz pequeña…

 

¿En qué urnas etéreas, alma

olvidaste tu tiempo y tu piedad?

 

Bajo la breve dicha algo en el aire:

las ramas de la angustia, alma, que llaman…

una angustia que quiere dejar de ser en todas partes,

en todos, en todos los grados de la soledad…

desde la piedra, acaso, alma,

hasta el ángel que se contrae herido…

La vida quiere unirse, alma, de nuevo, por encima de los suplicios…

¿No oyes los gritos profundos del edén que quieren ser

con la lucecita desvelada, sí pero tierna, sin el fruto de la muerte

y libre al fin de sí misma?

 

Alma, dulce es el sueño,

pero no se roba ahora, ahora, a la memoria del amor?

 

Ay, el amor, ahora, con los ojos abiertos sobre el infierno,

sin poder alzarlos, serenos, hacia el cielo de todos,

o bajarlos, serenos, hacia su cielo íntimo para más puramente devolver…

 

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ELLA ANUDA HILOS

Ella anuda hilos entre los hombres

y lleva de aquí para allá la mariposa profunda

-ala del paisaje y del alma de un país, con su polen…

 

Ella hace sensible el clima de los días, con su color y su perfume…

a su pesar, muchas veces, como bajo un destino.

 

Testimonio involuntario, ella,

de un cierto estado de espíritu, de un cierto estado de las cosas,

en que la circunstancia da su hálito…

 

Pero se dirige siempre a un testigo invisible,

jugando naturalmente con la tierra y el ángel,

el infinito a su lado y el presente en el confín…

 

Más es el don absoluto, y la ternura,

ella que es también el término supremo y la última esencia

con las melodías de los sentidos y los símbolos y las visiones y los latidos

para el encuentro en los abismos…

 

Mas tiene cargo de almas, y es la comunicación,

el traspaso del ser, “como se da una flor”, en el nivel de los niños,

más allá de sí misma, en el olvido puro de ella misma…

 

Y no busca nunca, no, ella…

espera, espera toda desnuda, con la lámpara en la mano,

en el centro mismo de la noche…

 

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 SÍ, MI AMIGA

Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo

a pesar de esas llamas dulces contra Junio…

 

Estamos bien…sí…

Miro una danzarina en su martirio, es cierto,

con los locos brazos, ay, negando la ceniza

y el crepúsculo íntimo…

 

Estamos bien…Cummings que se va, muy pálido,

al país que nunca ha recorrido,

mientras Debussy enciende el suyo, submarino…

 

Estamos bien…Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia

que trae más agudamente aún la noche

para las preguntas que se han tendido como ramas

a lo largo de la pesadilla de la luz,

con la vara que sabes y la arpillera que sabes,

en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música…

 

Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen…

 

Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,

cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?

 

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AH, MIS AMIGOS

Ah, mis amigos, habláis de rimas

y habláis finalmente de los crecimientos libres…

en la seda fantástica os dan las hadas de los leños

con sus suplicios de tísicas

sobresaltadas

de alas…

 

Pero habéis pensado

que el otro cuerpo de la poesía está también allá, en el Junio de crecida,

desnudo casi bajo las agujas del cielo?

 

Qué haríais vosotros, decid, sin ese cuerpo

del que el vuestro, si frágil y si herido, vive desde “la división”,

despedido del “espíritu”, él, que sostiene oscuramente sus juegos

con el pan que él amasa y que debe recibir a veces

en un insulto de piedra?

Habéis pensado, mis amigos,

que es una red de sangre la que os salva del vacío,

en el tejido de todos los días, bajo los metales del aire,

de esas manos sin nada al fin como las ramas de Junio,

a no ser una escritura como de vidrio?

 

 Oh, yo sé que buscáis desde el principio el secreto de la tierra,

y que os arrojáis al fuego, muchas veces, para encontrar el secreto…

Y sé que a veces halláis la melodía más difícil

que duerme en aquellos que mueren de silencio,

corridos por el padre río, ahora, hacia las tiendas del viento…

Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía

igual que en un capullo…

No olvidéis que la poesía,

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva,

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor…


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