Catón, el personaje de los cortejos fúnebres
La voz de los gualeyos lo señala como nacido en los primeros años del 1900. Esa misma voz lo da por muerto allá por el 70. La familia de Catón estaba formada por doña Felisa y don José. Hubo varios hermanos. Salvo papá José, que murió en la casa de Pancho Ramírez y Salta, los demás, y Catón, el primero, murieron en la casa de 25 de Mayo, cerca del río, donde la familia se refugiara a principios de los ’40.
Catón
tenía casa y una madre que se preocupaba por él, pero la mayor parte de su
tiempo lo pasaba en las escalinatas de la iglesia San Antonio. Sea por los
bautismos, porque los padrinos tiraban monedas entre los pibes, sea por los
acompañamientos que pasaban camino al cementerio: Catón era presencia
infaltable, y engranaje esencial. De mañana, temprano, salía de su casa, y
rumbeaba para las funerarias, Otegui y Amerio, en busca de información;
desayunaba gratis en el bar Irún; y en los momentos libres, antes de la llegada
de cada muerto, hacía mandados para los vecinos. Llevar y traer para ganar la
moneda que le permitía fumarse algún cigarrito, que compraba en los kioscos de Vuotto o Carbone en la plaza Constitución, o tomar la copa de vino en el bar
Údine. Recuerda una dama que niña fuera en los años 50: Catón tomaba tragos muy
cortos de vino, en la mesa de la ochava, muy contento; sonría, como si
estuviera acompañado. Golpeaba el vaso contra la madera.
El
cortejo avanzaba por calle San Antonio. Coches tirados por caballos sobre el
granitullo: tordillos adornados con plumero blanco para los solteros, tordillos
con plumero negro para los casados. Es sabido por el cronista que Catón
acompañó muertos durante su vida, solo hasta que la modernización de las
funerarias comenzara con el descarte de los caballos. Catón hablaba a los caballos
al oído, en secreto. Cuando supo que en poco tiempo más ya no habría caballos
en los acompañamientos, el llevador se dejó morir. Después, así se escuchó en
la noche de cierto boliche, continuó acompañando, pero desde otro lugar. Por
lógica, ya no salía de la casa de 25, sino que bajaba de la copas de los altos
eucaliptos del Parque Quintana, lugar donde moran las almas de los que
eligieron quedarse en la ciudad/río. Sabe el gualeyo atento a los misterios que
luego de la muerte hay que optar: se queda el buen fantasma en su aldea para
trabajar la memoria entre su gente, o parte hacia los confines de la
naturaleza. De ocurrir esto último, se cortan las amarras de un bote que encara
por el centro del Gualeguay. Aunque se comentaba antes de su muerte, al parecer
Catón se ocupó del viaje hacia los confines cuando él mismo fue un muerto.
Entregaba, entrega, ofrece al pie del bote, medio jarro con agua y una galleta
para el viaje.
Acompañó
a todos los muertos; no importaba si era pobre o rico, si era alguien conocido
o un gualeyo cualquiera. El vecino Luciano Gamboa recuerda cuando llegó la
barca que traía los ataúdes del doctor Bartolomé Vasallo y su mujer; el famoso
cirujano tenía panteón en el cementerio de Gualeguay. La barca amarró en el
mismo lugar donde paraba El Chingolo, el barco de la fruta. Catón esperaba a
los muertos de ese día, fue a principios de los ’40. Siempre se acercaba al que
ordenaba los movimientos. Preguntaba -hablaba mordido, trabado: ¿Quién es el
finadito?, y se guardaba el nombre en la memoria. Luego caminaba adelante del
cortejo. Avisaba en los comercios que se acercaba un muerto.
Era
alto, llevaba gorra, vestía saco eterno, cortas las mangas, y pantalones
largos, que también le quedaban cortos. Así lo habrán enterrado.
Cuenta
el vecino Gamboa que una vez él iba de compras a Casa Bisso, y vio un fúnebre
con caballo que iba al trote; no hacía falta que fuera despacio. Gamboa
preguntó a Cuarto Litro, un personaje gualeyo de corta estatura que iba en
bicicleta como Gamboa: ¿Quién es el finado? Catón, fue la respuesta. Siguieron
el fúnebre hasta el cementerio y ayudaron a bajar el ataúd.
El
músico gualeyo Omar Morel escribió ‘Lo que el tiempo se llevó’ hace unos
treinta años: ‘Quiero evocarlo a Catón / con ternura y emoción / él que
acompañaba a todos / y a él nadie lo acompañó’.
Catón
se quedó solo en el silencio del cementerio. Al menos hasta el día siguiente,
cuando llegó su perro hasta la tumba y restableció la huella en la otra vida”.
Un
poeta diría que hasta el paisaje podría llevarse Catón. Habrá que ver. Y
hablando de llevar: no me llevaría muchos amigos y lugares, pero seguro, ella,
mi hija Julia, estará a mi lado, siempre, por ejemplo haciéndonos “naricitas”,
el roce de amor entre la nariz de ella y la de papá, como cuando era bebé, como
ahora, que ya tiene más de seis, y se acuerda de ese, uno de nuestros
encuentros mientras vivimos en el tiempo.
Se
debe agradecer siempre: gracias a la ciudad/río de Gualeguay y su buena gente.
(Fragmento extraído del texto titulado: Catón y la finitud del paisaje, publicado en el blogspot "Anécdotas de churrasquero", de Edgardo Lois).
Catón de
Gualeguay
Hay almas, hay
sombras, hay historias de vida que permanecen en el paisaje de un barrio, una
ciudad, de un tiempo. Desde la memoria, la muerte retrocede un casillero en el
juego del final. El alma que fundó la persona ya no está, la persona que fundó
su quehacer diario ya no está, el paisaje mutó: ya no es lo que era y se
mudaron los testigos: casi todos “hacen” vida de ausencia en la otra orilla.
Pero lo dicho, no todos se van, hay algunos que se quedan en el aire de ciertas
memorias: cuentos de cuentos los mantienen presentes sobre el margen ciudadano
del río. No fueron escritores, plásticos, artistas, solo hombres ocupando un
lugar, construyendo una presencia: allí su obra, su huella.
La resistencia
contra el olvido se funda en la realidad de los cronistas callejeros, en ellos
y su sintonía: la tradición oral. Hace tiempo que pienso en Catón, uno de los
que se quedó eterno en Gualeguay. Una apariencia de perro/dios de barrio
egipcio o una de las puntas para que el Chacho Manauta soñara los primeros
movimientos de su cuento: “El llevador de almas”. Omar Morel escribió y cantó:
“Quiero evocarlo a ‘Catón’ / con ternura y emoción, / él que acompañaba a todos
/ y a él nadie lo acompañó”. Alrededor de la música, otros testigos, vecinos
del eterno acompañante, charlan el relato. Entre ellos está, con sus más de
ochenta años, Luciano Gamboa.
Llegué hasta él
gracias a la ayuda del Turco Albornoz. Caminé hasta la calle 18 de octubre,
frente al parque, frente al río. Luciano cuenta con felicidad, busca a gusto en
el pasado; solo presenta, en determinados momentos, cierto temor a que alguien
diga que son historias mentidas por un viejo. Con mucho respeto escucho su
verdad. Además de contarme de Catón, de Juan Laurentino Ortiz, de Chacho
Manauta, dio pista, con orgullo, de su oficio: plomero y gasista, fue el
primero en hacer instalaciones de gas en la ciudad. Conserva un documento: un
permiso válido para trabajar en toda la provincia, el número 20, emitido en
1956.
La imagen de
Catón me acompaña desde el principio de mi vida gualeya: un hombre, que no
tenía todas las luces encendidas, esperaba a los cortejos fúnebres en la
entrada de la iglesia San Antonio. Cuenta la leyenda que se acercaba y
preguntaba: ¿quién es el muerto? Acompañaba el fúnebre hasta el cementerio. La misma
leyenda cuenta que cuando él murió nadie le hizo compañía durante el camino.
Gamboa, nacido en Puerto Ruiz en 1932, entrega este relato: “Catón murió en el
hospital, por ahí de alguna neumonía. Cuando muere yo ya tenía cerca de 40
años, fue por el 70. Yo había ido a lo Bisso a comprar algo, y me encontré con
un señor que siempre andaba en bicicleta, era medio cobrador, Camellón, que le
decían Medio litro, porque era bajito. Iba un fúnebre y le pregunté quién era
el muerto. Catón, me dijo. El fúnebre iba al trote, no iba nadie atrás. Así que
fuimos los dos en bicicleta hasta el cementerio. Cuando llegamos, Camellón y yo
no alcanzábamos para bajar el cajón, así que tuvieron que venir a ayudar. Era
un día lindo. Nos lamentábamos que tanto fue Catón para seguir a los muertos y
nadie vino cuando lo enterraron a él”. Agrega un detalle: “El perro de Catón no
iba atrás del fúnebre, después se fue al cementerio y nunca más volvió a la
casa, se quedó ahí. Andaba en la tumba. Siempre estaba. Yo lo veía, iba a visitar
a mis muertos, a llevarle flores, todos los domingos a la mañana, ya no lo hago
más, era una costumbre, todo eso se perdió”.
No hay dato
cierto de nacimiento y muerte de Catón Albornoz, su recorrida estuvo más o
menos entre principios del 1900 y 1970. Le pido a Luciano que me cuente de
Catón en vida: “Era un muchacho grande, medio pelado, cuando nosotros éramos
chiquilines. La vida de él era andar atrás de todo coche fúnebre. A veces, si
alguien le preguntaba: ¿Quién es el muerto, Catón?, contestaba: El que está en
el cajón. Siempre estaba en la iglesia, por ahí pasaban los cortejos. Se
quedaba ahí porque antiguamente se acostumbraba en los bautismos que el padrino
del chico tirara monedas. Él esperaba esas monedas para comprar cigarros.
Frecuentaba mucho también la fábrica de mosaicos Romasanta, y ahí los hermanos,
los dueños, le daban alguna moneda. Lo querían muchísimo, lo quería todo el
pueblo. Era servicial, siempre de boina y con el cigarro. Un muchacho simple,
no hacía nada, no trabajaba, pobre, así le pasó la vida, esas cosas ¿vio? que
tiene la vida”.
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| Fotos de Kayayán (abajo izquierda Martín Romero. Arriba derecha Catón). (La botica del diablo de Jorge Surraco). |
Catón vivió toda
su vida en Gualeguay: “La familia primero vivía en Pancho Ramírez y Salta, en
una esquina, hasta el año 40, después vivieron acá nomás, en 25 de Mayo, entre
boulevard San Juan y Mateo Sola. Les arrendó don Molinari, que tenía una
amistad con doña Felisa, la mamá de Catón. Estuvieron ahí hasta que se murió
Catón, Felisa, el Chicho: un hermano de Catón, también medio raro, pero que
había aprendido a hacer cosas. Todos murieron ahí. Después vivió la Josefa, una
hermana, que era casada con un italiano que había sido guarda de tranvía en
Buenos Aires. No me acuerdo el apellido, lo llamaban “1 y
Una imagen vuelve
desde la memoria de Gamboa: “Me acuerdo de Catón cuando ahí, donde ahora está
el puente, atracó una lancha que traía los ataúdes del doctor Bartolomé
Vasallo, que era nacido acá, y la señora. Los traían de Rosario. Había dos
fúnebres con cuatro caballos. Catón andaba preguntando: ¿quén e’ ‘l muerto?,
era medio duro para hablar, hablaba medio mordido. Y se fue para el cementerio
con los cajones, ahí sí hubo mucha gente. Vasallo era un reconocido médico
cirujano, y la familia tenía panteón en el cementerio. La empresa fúnebre era
la de José Otaegui, y don José también le daba monedas a Catón, y le daba una
alegría al pobre. Yo tendría unos once años, por ahí”.
Luciano Gamboa
guarda memoria de otros personajes que se quedaron eternos en la ciudad,
aparecen sus nombres, y otra vez, las imágenes: “Nuestra casa paterna era sobre
25 de Mayo, éramos vecinos de Catón y de Juan L. Ortiz. Mi madre era amiga de
Felisa, la madre de Catón, y fue compañera de escuela de la mujer de Ortiz, de
Gerarda. Yo le hacía mandados a Ortiz. De él se contaba una anécdota. Antes se
mandaba a pedir la vianda, eran unos platos metálicos que iban uno arriba del
otro enganchados en un brazo de metal, cada plato con una comida diferente, y
brasas en el de abajo. Se decía que cuando se casó pidió la vianda para uno
‘abundante’, y le sacaban el cuero. La vianda se pedía en lo Requejo, una fonda
que estaba en Belgrano y Sarmiento. También le hacía mandados a doña Pancha, la
mamá del Loco Manauta, así le decían. Nosotros, los gurises, no cobrábamos, nos
daban una galleta, una torta. A los Manauta los conocía bien, pero después los
perdí, y Chacho se fue del todo, lo echaron por comunista, y mire ahora cómo
todos hablan de él”. La casa del señor Gamboa está a unos metros de la esquina:
“Acá mismo era la casa de Ortiz, todo esto, desde la esquina, media cuadra para
cada lado. La casa era de Cadario, la alquilaba. Hoy queda alguna pared, pero
no es como era antes. Se dividió en seis terrenos. Cuando se hizo la división,
desapareció la placa de bronce que recordaba a Ortiz, era grande,
El ejercicio de
la palabra descorcha la memoria de Gamboa, y efectivamente habla como si lo
estuviera viendo, sentado cómodo espía el pasado por la ventana del comedor:
“El viejo Ortiz se sentaba allí, fumaba una boquilla larga, y tenía un perro
galgo, le ponía una vara y lo hacía saltar. Todos sabíamos que era escritor, un
bohemio. Era la década del 40. Me acuerdo que venían los policías y le
golpeaban la puerta: el sargento Castaño y el sargento Yedro. Venían a caballo,
a Ortiz lo mandaba buscar el comisario Bartolo Badaracco. Ortiz marchaba
caminando por el medio de la calle, me acuerdo como si lo estuviera viendo hoy,
lo seguían los policías, que iban a pie y llevaban los caballos al paso. Al
otro, Manauta, lo venían persiguiendo y se ganaba en el rancho de Antonio que
estaba ahí (señala un lugar en la orilla del río), y se quedaba unos días. Le
gustaba el pescado frito. Siempre lo llevaban preso, hasta que se fue del todo.
Una vez yo iba en el tren Sarmiento, en Buenos Aires, sería el año 51, y veo
que está sentada doña Pancha, fui y le di un abrazo, yo había sido su alumno”.
Cuando pregunté si Catón dormía en la plaza, Luciano me dijo que no, que era de volver a la casa, que era “volvedor”. Hago extensiva esta cualidad a todas las almas aquí convocadas: volvedoras, gracias a la memoria y la palabra del señor Gamboa.

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