El día que nevó en Larroque

El 16 de julio de 1962 quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de Larroque. Aquella mañana, el pequeño poblado del sur entrerriano amaneció cubierto por un manto blanco inesperado, silencioso y deslumbrante. La nieve, un fenómeno extraordinario para la región, cayó con la intensidad suficiente como para transformar calles, árboles, techos y plazas en una postal que los vecinos jamás olvidarían. "El cielo se deshizo en copos blancos y la ciudad se vistió de silencio y pureza", describió un cronista de la época, capturando a la perfección la atmósfera mágica y efímera que envolvió a los habitantes ante la certeza de estar presenciando un instante destinado a ser guardado como un tesoro.

El registro visual y emocional de aquella jornada histórica sobrevivió gracias al talento y la rapidez de los fotógrafos locales Erna y Fritz Weber, cuyas imágenes son hoy parte del patrimonio de la ciudad. Apenas vio caer los primeros copos, Fritz Weber, corresponsal del diario El Argentino, salió de su negocio con la cámara al hombro para recorrer las calles y la Plaza San Martín. Allí retrató la algarabía de los vecinos —entre ellos integrantes de las familias Lonardi, Tronco y Menescardi— que posaban alegres bajo la nieve, conscientes de la magnitud del acontecimiento. En otras zonas, como la calle 25 de Mayo o las inmediaciones del Club Central, obreros, madres y jóvenes se sumaron al asombro colectivo frente a los lentes fotográficos.

Gracias al rescate histórico de la profesora Nora Duarte y a la conservación familiar de los archivos de Erna Weber, una de las fotografías más icónicas de ese día —tomada desde la esquina del histórico Comercio Casa Weber— funciona hoy como un verdadero mapa del Larroque de los años sesenta. En esa mítica captura de la esquina de Urquiza y Gervasio Méndez quedaron inmortalizados fragmentos de la vida cotidiana de la época: el domicilio de José Carám y Yamile Abraham, el edificio de la Escuela Grande Nº 54 Córdoba (actual Escuela Nº 93 Faustino Suárez), el taller mecánico de Luis Eusebio Benítez y la vivienda de Alberto F. Taffarel y Angélica Gómez. La imagen también congeló en el tiempo un pequeño puente de ingreso a la Parroquia junto a una clásica camioneta Estanciera detenida en la cuneta, y al fondo, los árboles jóvenes inclinados por el viento helado.

Más allá de las postales urbanas y los reportajes periodísticos, la nevada también se vivió con una entrañable intimidad puertas adentro. Así lo demuestra el minucioso registro que Juan Antonio Duarte, otro testigo clave de la época, dejó escrito de su puño y letra. En una nota familiar guardada en su memoria, Duarte detalló con precisión casi científica el minuto a minuto del fenómeno meteorológico: la nieve comenzó exactamente a las 8:20 de la mañana; para las 11:00 ya se acumulaban dos centímetros; a las 11:09 la caída se volvió más suave y, a las 11:18, el espesor alcanzó los seis centímetros contra la pared, justo cuatro minutos antes de que la lluvia comenzara a disolver el encanto a las 11:22.

Mientras el clima hacía historia afuera, los apuntes de Juan Antonio también daban cuenta de la calidez de su hogar y de la vida que seguía su curso. Con 55 años recién cumplidos, calculaba la edad de los suyos: Otilia tenía 60 y el joven Tato, de 23, estaba a días de cumplir los 24. Para combatir el frío extremo del litoraleño, Otilia preparó una polenta guisada y Mary, de 20 años, cocinó un reconfortante puchero, llevando en su vientre un dulce augurio de futuro: un embarazo de tres meses de quien se convertiría en Rubén Horacio. Al igual que las fotografías de los Weber, aquel manuscrito doméstico terminó transformándose en un testamento emocional de un día irrepetible en el que la naturaleza decidió regalarle a Larroque un recuerdo para toda la eternidad.

Fuentes: Cuenta de Facebook de la profesora Nora Durate y el registro del testimonio de Juan Antonio Duarte y las fotografías fueron copiadas de documentos originales del Museo de Larroque, emplazado en el Parque La Estación.

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