El murmullo invisible de la esquina de las almas: Crónica de la Confitería "El Águila"

Ocupar un lugar alrededor de una mesa de café es una de las maneras más placenteras que ha inventado el ser humano para festejar la vida. Habitar una de esas confiterías que parecían detenidas en el tiempo significa tener un asiento en primera fila para enterarse y ser parte de la respiración misma de una comunidad. En Buenos Aires existen los cafés «notables» —como el Margot, el Cao, El Federal o La Poesía—, rincones auténticos donde se percibe un paisaje del presente que vive anclado en el pasado. Gualeguay tuvo su propio templo notable, un hito cuyo nombre, cuando aparece en las charlas de los memoriosos, hace que los corazones ensayen un redoble de alegría y silencio: la Confitería "El Águila".

De fonda colonial a templo del tango

La historia de esta esquina tradicional, en la intersección de las calles San Antonio y Primero de Mayo, frente a la Plaza Constitución, comenzó a escribirse en 1887. Allí, don Gerónimo Burgos abrió las puertas de la fonda "El Águila". De acuerdo con los recuerdos de Aarón Jajan —un vecino de memoria prodigiosa—, antes de tomar su nombre definitivo, el lugar ya había albergado al primigenio Bar "Burgos". Con el cambio de siglo, el viejo despacho de bebidas fue adquiriendo la fisonomía refinada de una confitería.

"El Águila" se hizo justamente famosa por sus elegantes tertulias, donde los ecos de las zarzuelas y las funciones de orquestas filarmónicas convivían con noches de tango. En el paladar de los gualeyos quedó grabado el recuerdo de su exquisita variedad de masas secas y almibaradas, el té, el café y, sobre todo, su tradicional "sumergido": una taza de leche caliente donde se dejaban derretir generosos terrones de chocolate puro.

La era de los hermanos Figueroa

Hacia la década de 1940, el fondo de comercio pasó a manos de los hermanos Ricardo y Germiniano Benjamín Figueroa (conocido cariñosamente como "Quinano"). Los Figueroa no eran improvisados en el rubro; durante los años treinta habían regenteado el recordado boliche "El 43", en la esquina de Urquiza y Sarmiento.

Aarón Jajan evoca con humor la mística de aquel primer local en forma de 'L': "Ricardo era hincha de Boca y Quinano era de River. En el espacio sobre Urquiza, atendía Ricardo con su radio; en el sector orientado al norte, estaba Quinano con la suya. Hermoso lío se armaba cuando jugaban el superclásico: había una hinchada en cada sector e incluso armaron sus propios equipos para los campeonatos de fútbol barrial".

Al mudarse a la imponente esquina frente a la plaza, los hermanos diseñaron un salón monumental. Daniel Figueroa, hijo de Ricardo, aporta una descripción cinematográfica del lugar donde trabajó entre 1956 y 1962:

"Tenía piso de madera, mesas y sillas robustas, un salón inmenso interrumpido por dos columnas anchas y un palco suspendido en uno de los ángulos donde tocaba una orquesta los sábados y domingos".

Aquella mítica banda era la de Gómez Madera, compuesta por el extraordinario violinista Alfonso Gómez, Madera en el contrabajo, Acosta al piano y Delfor Montañés en el violín, acompañados en el bandoneón por talentos locales como "Bolita" Muñoz, Mundi Selimán o el "Rengo" Alfaro. Jajan, quien por entonces era speaker de la histórica "Difusora Popular" —fundada en 1939 por Carlos Germano—, recuerda cómo la música de estos artistas se retransmitía a través de los parlantes colocados en la plaza, atrayendo a multitudes a los concurridos "Tés danzantes".

La radiografía de un día típico

El pulso diario de "El Águila" funcionaba con la precisión y la confianza de una época dorada:

08:00 h – El desayuno: Los mozos llevaban a los clientes habituales, sin necesidad de pedido, el diario y un café con leche con bay biscuit con manteca y dulce de leche. Muchos ni pagaban en el momento: la palabra valía y la cuenta se saldaba a fin de año.

11:00 a 12:30 h – La sección café: Dominada por los profesionales de los Tribunales cercanos.

13:00 a 16:00 h – La sección juegos: Comerciantes y vecinos se batían en duelos de tute chancho, chinchón, ajedrez y dominó, acompañados por medidas de ginebra o cognac Boussac.

19:00 h – El vermouth: Un remolino social donde se despachaban hasta 200 vermouths y 300 cafés por tarde. Se bebía Ferro Quina Bisleri, Hesperidina, Cinzano o cervezas Quilmes.

La sección noche: Grupos fijos de amigos ocupaban siempre las mismas mesas. Si no terminaban su botella de ginebra o whisky, el mozo hacía una marca en la etiqueta y la guardaba bajo llave hasta la noche siguiente. Se pagaba por mes y jamás hubo un problema de precios.


Personajes, letras y rigores de etiqueta

Por las mesas de "El Águila" desfiló la intelectualidad más brillante de la cultura litoraleña. Fue el refugio de los poetas Carlos Mastronardi (amigo personal de Ricardo Figueroa) y Juan José Manauta, del ensayista Asef Bichilani, de Derlis Maddonni y del artista plástico Roberto "Cachete" González. Incluso la célebre escritora Emma Barrandeguy inmortalizó la mística de este comercio en su poema "Postal".

El bar también albergó a entrañables personajes urbanos. Como don Pedro Bolfo, un elegante francés que aparecía a las once de la mañana con sombrero, sobretodo y bastón, dejando flotar su célebre aforismo: "Tenga en cuenta m'hijo, noventa no son un peso... el que tiene noventa no tiene un peso, le faltan diez". O el distraído doctor Guías Díaz, un respetado juez que solía tomar su café a las apuradas y salía corriendo hacia los Tribunales, para llamar por teléfono a la una de la tarde preguntando si se había olvidado el auto en la puerta.

Pero la convivencia en este templo ciudadano se regía por normas estrictas de etiqueta y respeto. A "El Águila" se entraba de saco y corbata, sin importar si el cliente tenía quince u ochenta años. Un domingo por la tarde, el mismísimo Ramón Mihura, exgobernador de la provincia de Entre Ríos, ingresó impecablemente vestido pero calzando botas de campo. Al verlo, "Quinano" Figueroa llamó a uno de sus legendarios mozos —el "Chueco" Pino, Medina o Fara— y le ordenó que le pidiera que se retirase. Ante la arrogancia del político que esgrimió sus títulos, el dueño sentenció con firmeza delante de todo el salón: "Acá el dueño soy yo, que se retire". Las reglas eran iguales para todos.

Lo invisible permanente

Hacia finales de la década de 1960, Germiniano Figueroa decidió retirarse y alquiló el local a la familia Ipoucha (actuales propietarios de la pizzería Apolito). Finalmente, el destino material de la vieja casona se selló entre 1971 y 1972, cuando la estructura original fue demolida para levantar un moderno edificio de departamentos de ocho pisos que, en un acto de justicia poética, conservó el nombre del viejo bar.

Citando al poeta Rubén Derlis en su Guía para vagabarrios, cuando en un vecindario casi no quedan cosas materiales que palpar, "lo invisible permanente rebasa de emociones el alma y hay que sostener muy fuerte el corazón".

Físicamente, de "El Águila" quedan apenas unos pocos talismanes: el viejo reloj de la confitería, que aún vigila las horas en las paredes de Apolito, y la histórica puerta vaivén de la esquina, resguardada como una reliquia en el Museo Histórico Regional "Juan B. Ambrosetti". Lo demás vive en el aire. Como bien recuerda el memorioso Gustavo Gálligo, el verdadero legado de la confitería es su aroma incorpóreo pero eterno: una indestructible mezcla de café recién molido y madera.

(Fuente: este artículo está basado de datos del blogspot "Anécdotas de churrasquero", de Edgardo Lois)

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