La Fábrica Discoteca: la leyenda nocturna de Gualeguay

Entre fines de los años ’80 y los primeros 2000, La Fábrica Discoteca fue sinónimo de diversión en Gualeguay y la región. Ubicada en Belgrano 18, se convirtió en uno de los comercios nocturnos más concurridos de la época, un lugar donde la juventud compartía la alegría del encuentro.

Su propuesta no se limitaba al baile: en distintas ocasiones se realizaron concursos de belleza, desfiles de moda y sorteos de motos, autos e incluso dólares. Por su pista también pasaron figuras de la farándula nacional como Jorge Formento y Paolo “el rockero”, que marcaron momentos memorables en la vida social de la ciudad.

La Fábrica Discoteca abrió sus puertas el 8 de julio de 1988, de la mano de Juan Carlos Bicho Piropan. Él ya había dirigido DelGas, comercio del mismo rubro, pero fue con La Fábrica con la que realmente se marcó una época. Durante 16 años fue el lugar de encuentro de miles de jóvenes no solo de Gualeguay, sino de toda la región.

La Fábrica no fue solo una discoteca. Fue una época. Por una noche, las luces vuelven a encenderse en Belgrano 18. Y con cada canción, volverán también los recuerdos, las risas y ese espíritu único que marcó a toda una generación.

Los inicios de un proyecto audaz

El empresario Juan Carlos “Bicho” Piropán, propietario de La Fábrica, recuerda que su vínculo comercial con Gualeguay comenzó en 1983, cuando adquirió el local bailable DelGas. Con los años, y tras un cambio en las tendencias de la movida nocturna, decidió abrir un nuevo espacio: “Antes las luces eran de abajo hacia arriba, pero lo nuevo eran los boliches con luces altas, neblina y equipos potentes. Este local daba para eso, entonces me instalé en Gualeguay con La Fábrica”, rememora.

El nombre trascendió incluso las fronteras locales. Hubo tres discotecas bajo la marca: en Esperanza, Gualeguay y Rafaela. Sin embargo, Piropán siempre estuvo ligado exclusivamente a la de Gualeguay, donde desplegó el proyecto más ambicioso.

Un fenómeno difícil de explicar

¿Por qué La Fábrica se transformó en un fenómeno? Para su dueño, no hay una sola respuesta: “Hubo varios condimentos: primero, los DJs cambiaban todos los fines de semana en los primeros años de sociedad con Santa Fe. Después, los de acá eran muy capaces. Y también tuvo que ver la conducta: no se permitían líos ni problemas; al que los provocaba se lo sacaba y, dependiendo del caso, no entraba más”.

El local comenzó abriendo solo los sábados, pero pronto sumó viernes, domingos, feriados y fechas especiales como el Día de la Primavera o el fin del ciclo lectivo, cuando los estudiantes colmaban la confitería desde la tarde.

Una modalidad distinta

Los sistemas de ingreso y consumo también marcaron época. La entrada incluía un ticket con consumición, y al retirarse se pagaba lo consumido. Existían, además, las tarjetas negra, dorada y roja: la primera era exclusiva para clientes habituales, que ingresaban sin costo. “Hablamos de fines de los ’80, cuando un dólar valía 30 australes y la entrada podía ser de 20 o 30 pesos”, señala Piropán.

El orden interno estaba garantizado, muchas veces, por el propio dueño. “Era medio como el patovica”, reconoce entre risas. Con la colaboración de dos policías, se ocupaba de mantener la paz en el boliche: “El que hacía lío se iba, y si era grave se lo llevaba la policía”.

Un equipo y una forma de vivir la noche

Detrás de la pista había un equipo de trabajo numeroso: encargados de la puerta, DJs, barmans y hasta “junta copas”, que recogían los vasos y botellas de vidrio, ya que todo se servía con vajilla real. Incluso se entregaban vales para que los clientes devolvieran los vasos al retirarse, o pagaran en caso de romperlos.

El recuerdo también rescata a Rodolfo, hermano de Piropán, que atendía el Café Bar La Fábrica. Allí, las hamburguesas se hicieron famosas y el servicio se extendía hasta la mañana siguiente. “En un Año Nuevo estuvimos bailando hasta las 9”, rememora el empresario.

Un legado en la memoria colectiva

Hoy, a 25 o 30 años de aquella etapa dorada, Piropán reconoce que la sociedad cambió y que la forma de salir ya no es la misma. “No es lo mismo tomar un whisky en vaso de vidrio que en vaso plástico”, reflexiona con nostalgia.

Sin embargo, el espíritu de La Fábrica sigue vivo en la memoria de generaciones de gualeyos que alguna vez pasaron por sus pistas, y que aún recuerdan aquellos sábados interminables de música, encuentros y anécdotas que quedaron grabadas para siempre en la historia de la ciudad.

(Fuente: El Debate – Pregón / fotos: Estudio Sajnín).

 

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