Agradecimientos:
Esta investigación habla de Gualeguay y su campo cultural en las primeras décadas del siglo XX, habla por tanto de la cultura en una Entre Ríos absolutamente diferente a la actual; visibilizar aquel panorama me pareció una tarea interesante. El trayecto de elaboración de la tesis fue bastante sinuoso, y no hubiese podido completar el trabajo si no hubiese sido por la generosa colaboración de un grupo de personas.
Mi gratitud a Claudia Rosa por enseñarme a leer y a amar la literatura, por el tiempo compartido y la amistad.
A Julia Miranda por su lectura atenta, su paciencia y las sugerencias aportadas.
A Clara Vuoto y su familia por facilitarme entrevistas, por las charlas compartidas sobre el tema, la información sobre Gualeguay y el afecto brindado.
A Nelson por su interés y por acompañarme en las entrevistas gualeyas.
A Ramiro por el cariño y la edición esmerada del texto final.
A la Universidad Pública, siempre.
Resumen
Esta tesis investiga la conformación de un campo cultural en la ciudad de Gualeguay, en las primeras décadas del siglo XX, más específicamente entre 1925 – 1935. Observa los vínculos políticos, sociales, económicos y culturales que participan en la configuración del mismo, al tiempo que describe y analiza las escenas culturales y los creadores –poetas, pintores, músicos e intelectuales en general- que emergen en dicho campo. La investigación se desarrolla en el campo transdisciplinario propuesto por los estudios culturales.
La elección del objeto de estudio surge de una pregunta que no ha sido precisamente respondida ¿Por qué Gualeguay? Es decir, porqué es la pequeña ciudad de provincia cuna de tantos poetas y artistas en general?
Descartada la simple alusión al paisaje como artífice de la inspiración poética, decidimos evidenciar los mecanismos que permitieron la emergencia de un ámbito social propicio para la bohemia, la cultura y las artes.
Mientras que el primero y segundo capítulo esbozan el marco conceptual y contextual que permiten encuadrar el objeto de estudio, los capítulos III y IV abordan los creadores más representativos y las escenas que irrumpen en la sociedad gualeya: de Juan L. Ortiz a Roberto “Cachete” González y del teatro Italia a la Biblioteca Popular.
Introducción
“El Gualeguay no cuenta sus hazañas. Transcurre nomás entre sauzales anchos y mientras el silbo de los pájaros en los atardeceres alerta sobre la belleza de la tarde, la crueldad del cazador o el silencio de la yarará que trepa sus barrancas cuando llega con la creciente. Y bagres, tarariras y moncholos saltan a la superficie del Minguerí rompiendo el silencio de la siesta, mientras cardúmenes de sábalos remontan las bocas de los arroyos como un desfile ordenado de nueve de julio.
El Gualeguay invita a sus aguas. No le temamos si se pisa su arena firme, pero si no se hace pie, hay que conservar la fuerza de los brazos y la mirada atenta a los remolinos que acechan”. (Barrandéguy, Crónicas de medio siglo).
La presente investigación surgió de un interés personal por la literatura de los escritores gualeyos del siglo XX y, al mismo tiempo, es fruto de la ausencia de respuestas argumentadas desde una perspectiva crítica a la pregunta, que no es nueva y permanece latente a lo largo de diversas lecturas y análisis críticos, sobre ¿Por qué Gualeguay? Es decir, por qué la pequeña ciudad de provincia se convierte en la cuna de valiosos intelectuales y artistas –poetas, narradores, pintores, músicos y periodistas–.
A Juan Laurentino Ortiz, quizás el más reconocido de los integrantes de ese grupo de creadores, le hicieron una pregunta vinculada a nuestra inquietud:
“Esta atmósfera de Gualeguay, por la que usted se siente influido, ¿puede haber influido en la cantidad de poetas, de autores, que ha dado esta ciudad?” Y el poeta respondió:
Es muy posible. Recuerdo en este momento, aparte de Mastronardi (su "Luz de provincia" está bajo el signo, podríamos decir de Gualeguay), a otros poetas, más o menos, de la generación posterior, como Manauta, que tiene "La mujer de silencio", toda penetrada de esta atmósfera. Las narraciones de Roberto Beracochea, igualmente están muy circunstanciadas de ciertos aspectos, que pocos han tocado, ¿no?, del paisaje. Roberto ha sido compañero mío, ha andado por todo. Ahora, desde luego, Mastronardi ha sido mi gran compañero en todas estas aventuras por este paisaje, que para un extraño no tendría nada de atrayente, pero que para nosotros era decisivo en el sentido de que podíamos conversar, comulgar con él. Esa es la palabra, ¿no?, es un paisaje para la comunión, para la amistad, si cabe la palabra.1
En las palabras de Juanele, que no hace sino incluir con sutileza a sus compañeros de rumbo, vemos toda una estrategia que despliega un paisajismo “natural” frente a los provincionalismos regionalistas y los porteñismos de la literatura argentina de los años ‘30. Ortiz ve en el paisaje una excusa necesaria para construirse un lugar en el campo. No es el paisaje o una “atmosfera” ligada a él lo que genera poetas de excelencia, sino que, consideramos, existieron condiciones propicias para la germinación y constitución de un verdadero campo cultural con sus instituciones y actores, tensiones y estrategias propias de todo campo. Es una atmósfera cultural, y no el río como paisaje, lo que permite el surgimiento de un verdadero vendaval –teniendo en cuenta la dimensión poblacional de Gualeguay– de productores2 culturales.
La hipótesis de trabajo de la tesis es la germinación de un campo cultural en la Gualeguay3 de la primera mitad del siglo XX. Tomamos el concepto de campo de Bourdieu, quien lo introduce en la sociología en 1966, lo retoma en sus textos posteriores y lo define como una:
1 El periodista gualeyo, Mario Alarcón Muñiz, le hizo esa entrevista a Juan L. Ortiz en el año 1975. La misma sobrevivía en soporte sonoro hasta el año 1998 que fue publicada en el suplemento literario “Concordia en la cultura y en las letras” del Diario de Concordia, bajo el título: “Juan L. Ortiz: el rumor del cosmos”.
2 No obstante a lo largo de la tesis se utilizarán como semejantes los términos de artistas, intelectuales y productores, cada uno de ellos tiene su propia historia. Elegimos el concepto de productor y no de creador, pues el primero parte de la sociología literaria marxista más ligada a los estudios culturales. Tal como explica Sapiro (2014: 34), “´Producción’ es el concepto que Pierre Macherey, teórico de la literatura marxista cercano a Althusser, propone para reemplazar al de ´creación’”, concepción que se opone a la idea romántica de Sartre del artista como creador.
3 Gualeguay es una ciudad del sur entrerriano, cabecera del departamento del mismo nombre. Cuenta con poco más de 40 mil habitantes y es cuna de los mejores y más reconocidos poetas y artistas entrerrianos, quienes nacieron a principio del siglo XX y produjeron durante gran parte del mismo.
Red de relaciones objetivas entre posiciones objetivamente definidas –en su existencia y en las determinaciones que ellas imponen a sus ocupantes– por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las especies de capital (o de poder) cuya posesión impone la obtención de los beneficios específicos puestos en juego en el campo, y, a la vez, por su relación objetiva con las otras posiciones (dominación o subordinación, etc.) (Bourdieu, 1989: 2/3).
El campo se referencia en un espacio social relativamente autónomo, dotado de una estructura y una lógica que le son propias (Altamirano, 2002: 9). Tanto como un campo de fuerzas también lo es de luchas: los dominantes pugnan por conservar las posiciones dentro del campo y los dominados por abolirlas (Sapiro, 2014: 38). Las nociones de autonomía y heteronomía cobran singular trascendencia en este contexto. Lo que reconoce a un campo como tal es el hecho de ser su propio objetivo; la independencia, por tanto, de las autoridades del Estado y de la Iglesia, y el creador de sus propias instituciones –por ejemplo las editoriales, los salones de lectura– y autoridades–los críticos de arte–. Por su parte, la heteronomía está ligada a las fuerzas extraterritoriales al campo que intervienen para mediar en conflictos o cuestiones internas del mismo.
La emergencia del campo gualeyo que nos compete –al cual proponemos vinculado al campo intelectual porteño y, de cualquier modo, precario pues tiene su clausura en un breve período de tiempo: sobrevivió apenas los veinte años que suman las décadas del 20 y el 30– es entendida a partir del entrecruzamiento de factores históricos, políticos, económicos y sociales. En tal sentido, consideramos relevantes tres acontecimientos, previos al período abordado, en la conformación de ese campo:
La inmigración de colonos italianos, suizos y vascos que llegó tempranamente, y cuando decimos tempranamente nos estamos refiriendo al gobierno de Urquiza, con el cual hacia 1860 las más importantes inmigraciones ya tenían lugar en Entre Ríos y su carácter no fue masivo sino selectivo; Urquiza y sus saladeros apostaban a una nación plural, tres décadas antes que la inmigración masiva ocurrida a nivel nacional a fines del siglo XIX. La llegada de estos inmigrantes a la provincia favoreció una distribución más bien equitativa, y dada a la labor, de la tierra. Al tiempo que instauraron modos de vinculación social ligados al asociativismo, las comunidades inmigrantes definieron prácticas culturales de diversa índole, con un marcado interés por las artes. 4
La consolidación de la ganadería, como actividad económica relevante de los colonos de la zona de Gualeguay, con la consiguiente constitución de una oligarquía5 ganadera local y una incipiente burguesía, clases ambas que ofrecieron cobijo a la cultura letrada y a las expresiones artísticas como salones y espectáculos musicales, más por ostentar un privilegio de pertenencia que por defender los principios de la creación autónoma.
Por último, el tercero y no menos importante de los acontecimientos que señalamos es la existencia del Puerto Ruíz, puerto fluvial de la localidad homónima, lindante a Gualeguay, el que se convirtió en el principal conducto exportador de la provincia, y, debido a su incesante actividad desde mediados del siglo XIX, se consolidó como el tercer puerto del país.
Además se inauguró en 1866 el primer ferrocarril6 que unía la ciudad de Gualeguay con la capitanía de Puerto Ruiz, desde allí salía la primera locomotora que anduvo por las vías: La Solís.
4 mediados del siglo XIX, un grupo importante de inmigrantes ingresados desde Santa Fe se asentó a orillas del Arroyo Clé y conformó el primer grupo social humano, que se considera antecedente remoto de la actual Gualeguay.
5 “En América Latina, durante la época de apogeo del modelo agroexportador, que se impuso a partir de mediados del siglo XIX hasta la crisis de 1930, los grupos terratenientes y comerciales que integran el sector exportador configuraron políticamente las típicas “oligarquías latinoamericanas”, desvirtuando las instituciones republicanas de gobierno para excluir a las mayorías. En muchos países, la crisis del sistema agroexportador y la industrialización hicieron perder su hegemonía social y política a las antiguas oligarquías”, en Di Tella, Torcuato y otros (2008). Diccionario de Ciencias Sociales y Políticas. Buenos Aires: Emecé, pág. 515.
6 Interesante cita de Scalabrini Ortiz (2009:23) respecto de la relevancia delos ferrocarriles:
“Los ferrocarriles constituyen la llave fundamental de una nación. La economía nacional, pública y privada, el equilibrio de las diversas regiones que la integran, la actividad comercial e industrial, la distribución de la riqueza y hasta la política doméstica e internacional están íntimamente vinculadas a los servicios públicos de comunicación y transporte.”
Con el propósito de desarrollar la hipótesis, los supuestos considerados, y, además, dar una mirada precisa de los acontecimientos –escenas– más relevantes del período abordado, la tesis se divide en cuatro capítulos y una conclusión, más un anexo de documentos y fotografías. La estructura que sigue la tesis es la siguiente:
El capítulo I, “Configuración de un campo cultural de provincia”, atenderá a la producción y circulación artística de la época, las tensiones político ideológicas entre ideas liberales y de izquierda. Cobra relevancia el análisis del material de los archivos locales, así como también relatos de allegados a los artistas y entrevistas realizadas a los creadores.
En el segundo capítulo denominado “Gualeguay en los comienzos del siglo XX”, se describirá el trasfondo político, social y económico que, según nuestra hipótesis, habilita la conformación del campo cultural, precede y abriga a las escenas culturales más relevantes de la primera mitad del siglo XX.
Por su parte, en el capítulo III denominado “Escenas culturales y productores en Gualeguay” se realizará un esbozo de quienes consideramos artistas significativos del campo gualeyo (admitimos que operó un recorte debido a la extensión y la documentación existente sobre ellos): Cesáreo Bernaldo de Quirós, Juan L. Ortiz, Amaro Villanueva, Carlos Mastronardi, Emma Barrandéguy, Juan José Manauta, Alfredo Veiravé, Antonio Castro y Roberto González. Para ello visibilizaremos cuatro escenas culturales que nos parecen centrales en la constitución del campo gualeyo como el surgimiento de la Agrupación Claridad en 1932, la Biblioteca Popular de la Sociedad de Fomento Educacional, las veladas en el Teatro Italia, y el Maestro Epele, director del Hogar Escuela “Don Bosco”.
El cuarto y último capítulo “Lo precario de un campo cultural: diáspora de los productores y clausura de la escena” abrirá el debate sobre los vínculos entre el campo gualeyo y el sistema cultural nacional –con centro en Buenos Aires–, la diáspora de los artistas e intelectuales a partir de los cuarenta y la consiguiente clausura de una época.
El objetivo general que sigue el trabajo es visibilizar las estrategias políticas, económicas y sociales que posibilitaron la emergencia de un campo cultural, y, con él, la constitución de figuras artísticas. Además, pretendemos describir el campo cultural de Gualeguay en su momento de emergencia, consolidación y su residualidad (Williams, 2009: 160/163), así como las reglas de socializaciones, prácticas y rituales que configuraban la emergencia o no de la consagración local (Bourdieu, 1995: 79/89).
Entendemos que los artistas de la Gualeguay de la primera mitad del siglo XX construyeron sus propias tácticas –en el sentido que le da Michel De Certeau (2000: 40/43) al concepto– frente a las estrategias de una política y una sociedad conservadora. De Certeau señala un camino respecto de cómo identificar una lógica de las prácticas cotidianas, afirma que las prácticas culturales que tienen los sujetos dominados se realizan en lugares que no les son propios, en lugares ajenos, y lo que le queda al dominado es operar desvíos en esos lugares ajenos (espacios, instituciones, etc.), operar desvíos en su propio beneficio.
La tesis parte de un trabajo metodológico exhaustivo con los materiales de archivo sobre la época en cuestión, pues es a través de las publicaciones de diarios y revistas que se reconfigura la atmósfera vigente en las primeras décadas del siglo XX. Es así que el caso Gualeguay es analizado de modo singular a partir de esos discursos, emergentes de un contexto determinado y, en tal sentido, históricos por “sus operaciones y funcionamientos” (De Certeau, 1993:34)7 Además, del análisis del archivo propio del diario El Debate Pregón se exploró el material de la Biblioteca Popular “Carlos Mastronardi” y en su Hemeroteca. Por último, se intentó integrar y revisar un corpus con la mayoría de los textos críticos escritos sobre el caso Gualeguay o sobre sus poetas (Prieto, 2003; Rosa, 2010, 2012; Alzari, 2014; Franzot, 2016, entre otros).
7 De Certeau (1993: 34) afirma que “Al subrayar la singularidad de cada análisis se pone en tela de juico la posibilidad de una sistematización totalizante y se considera como esencial al problema, la necesidad de una discusión proporcionada a una pluralidad de procedimientos científicos, de funciones sociales y de convicciones fundamentales. De esta manera queda esbozada la función de los discursos que puedan aclarar la cuestión y que se insertan a continuación o al lado de otros muchos: en tanto que hablan de la historia, están siempre situados en la historia”.
Perspectivas teóricas en torno al objeto de estudio
Esta propuesta requiere de un largo recorrido que incluye una mirada exhaustiva al contexto, a las relaciones entre ese campo cultural precario y el sistema literario y artístico consolidado a nivel nacional. La escritura de la tesis requirió de un bagaje conceptual y metodológico propio de la interdisciplinariedad vigente en los estudios culturales latinoamericanos8; préstamo por ello de diversas disciplinas como los estudios literarios, la sociología de la cultura e incluso la semiótica. Los estudios culturales posibilitan una “práctica de intervención política” (Szurmuk y Mckee Irwin, 2009: 14) necesaria cuando se trata de recuperar la constitución de un campo cultural, abordar sus tensiones, quiebres y continuidades. El abordaje desde el entre9 de diferentes corpus disciplinares provee herramientas metodológicas también diversas que van desde el trabajo con archivos, las entrevistas y fotografías, el rastreo bibliográfico; con el propósito de visibilizar y abordar el proceso de producción del campo cultural, la dinámica de las prácticas de sus agentes y las luchas simbólicas entre los diferentes agentes. Las técnicas empleadas tienen un carácter cualitativo por cuanto su aplicación favorece una mayor comprensión del objeto de estudio.
8 Szurmuk y Mckee Irwin (2009: 11) explican en la Presentación al Diccionario de Estudios latinoamericanos que “(otra) característica fundamental de los estudios culturales latinoamericanos es que se ocupan de las culturas (o subculturas) tradicionalmente marginadas, incluyendo las de los grupos subalternos o de comunidades de alguna forma desprestigiadas por su raza, sexo, preferencia sexual, etc., y toman como objeto de estudio toda expresión cultural, desde las más cultas hasta las pertenecientes a la cultura de masaso a la cultura popular”. En ese sentido el abordaje de un campo cultural que resiste a la hegemonía del campo cultural porteño es una decisión ideológica y política. Por otra parte, y tal como resalta Mabel Moraña (2003:425), los estudios culturales posibilitaron desde sus inicios un espacio de convergencia y debate que enfocaba prioritariamente, como espacio de análisis, los campos de fuerza que tensan y atraviesan el espacio dialógico de la cultura y los actores, agendas y estrategias que los ponen en funcionamiento”.
9 El entre disciplinas implicó una ruptura con la visión tradicional de que una determinada disciplina posee el conocimiento dominante respecto de un objeto. La interdisciplina se entiende como la cooperación entre varias disciplinas que resulta en interacciones enriquecedoras para el análisis del objeto de estudio.
Los estudios culturales surgen a fines del siglo XIX, en Inglaterra. Con la mirada puesta en la cultura este campo de estudio tuvo desde sus comienzos entre sus preocupaciones a las identidades raciales, nacionales, sociales y las de género. Pero su consolidación se da entre los años ’60 y ‘70 del siglo XX con el surgimiento de la Escuela de Birmingham, de tradición marxista culturalista, que se constituye en precursora al enfocar sus estudios en las prácticas culturales de la clase obrera, los jóvenes y los medios de comunicación. El concepto de cultura es revisado y resignificado a la luz de los nuevos enfoques. Así, se le quita el manto sagrado de pertenencia a una élite (hablar de cultura implicaba hablar de “alta cultura”, de arte con mayúscula). En tal sentido, la cultura es un proceso y una esfera significante y significativa, que comunica y reproduce un orden social. La cultura refiere al modo en que los individuos piensan, sienten, actúan, satisfacen sus necesidades materiales y las formas institucionales que adquieren. Y, en ese sentido, es susceptible de ser redefinido cada vez que el concepto es estudiado y utilizado, dependiendo del contexto y el objeto especifico de estudio, dentro del ámbito más amplio que configura la cultura (Cfr. con Williams 2009: 100/133).
En América Latina, los estudios culturales cobran relevancia a fines de la década de 1970 y han tenido como objeto fundamental la producción simbólica de la realidad social, tanto en su materialidad, como en sus producciones y procesos. Szurmuk (2009: 16) plantea que “La línea culturalista de Birmingham tuvo gran impacto en la sociología, la antropología y los estudios literarios en América Latina”. A esta línea se suman los denominados estudios poscoloniales, que integran a pensadores tercermundistas –Gayatri Spivak, Homi Bhabha y Edward Said– preocupados en develar el dominio de la razón poscolonial. Justamente y, en ese sentido, es necesario tener en cuenta que los estudios culturales no nacen de disciplinas “sino de inquietudes que se formulan de manera «indisciplinada», las rutas de investigación, en consecuencia, requieren de una multitud de aproximaciones: etnográfica, histórica, análisis textual, etc., que pueden complicarse de manera productiva si se comparan, por ejemplo, experiencias regionales, se realizan análisis diacrónicos o se consultan documentos o comunidades en otras lenguas.” (Mc Kee y Cabrera, 2010:206).
El desarrollo de las hipótesis y supuestos que constituyen la tesis ensayística supone el acarreo de categorías que permitan abordar y hacer visible la emergencia de un campo cultural precario10 de una ciudad de provincia, sus productores, las prácticas11, la producción, circulación y recepción de bienes simbólicos. En tal sentido, que el objeto de estudio sea la cultura misma hace necesaria una mirada hacia el concepto. Proponemos que la misma sea desde la semiótica de la cultura, puntualmente porque el material con el que trabajamos son textos –material de archivo-, sistemas de signos que nos permiten leer un contexto, una época, un espacio. Del mismo modo, entendemos necesaria la inclusión del concepto de formaciones culturales, de Thompson (1998: págs. 205/206) para referenciar el contexto previo al desarrollo del campo cultural gualeyo.
Por otra parte, nos apoyamos en los conceptos de campo, capital simbólico y habitus, propios de la sociología clásica de Pierre Bourdieu. Una manera precisa de definir un campo es determinando qué tipo de capital se disputa en su interior. En el caso de un campo cultural lo que se disputa es una forma de capital simbólico vinculado al prestigio y al reconocimiento, al tiempo que existen en él disputas de los sujetos pertenecientes a ese campo entre sí –artistas o productores– y de los sujetos con instituciones específicas del campo como editoras, galerías de arte, academias, etc. (Bourdieu, 1989: 4/6).
10 El concepto de precario debe ser leído en el sentido de periférico, al margen del sistema literario constituido como tradición que estaba constituido, en este caso, por el porteño; el capítulo IV desarrollará la idea.
11 Entendemos por prácticas culturaleslas actividades de diversa índole realizadas por personas dentro de un campo cultural artístico, académico, científico, literario, etc. Esas prácticas culturales incluyen no solo las formas institucionalizadas por la cultura oficial, sino también otras prácticas vinculadas a la cultura popular.
Las escenas culturales como modelo de análisis
Dentro de un campo cultural aparecen experiencias que se manifiestan como acontecimientos y que suponen agrupaciones tanto de productores como de prácticas, por fuera de las lógicas instituidas de manera oficial.
Para dar cuenta de esas experiencias12, los vínculos que unen a los productores, las tendencias estéticas que se comparten y los productos que circulan nos apropiamos del concepto de “escena cultural” propuesto por los estudios culturales ingleses sobre la música, pues consideramos su validez como un modelo académico de análisis. Así, trabajos como los de Straw, 1991; Kruse, 1993; Bennett, 1999; Hodkinson, 2002; Peterson y Bennett, 2004; la definen como una actividad social que se desarrolla en un espacio y un tiempo específicos, en el cual un conjunto de productores, músicos y fans identifican un gusto musical común y se diferencian colectivamente de otros a través de la música y otros signos culturales.
El primero que pensó a las escenas como un modelo teórico fue Will Straw, quien en un ensayo de 1991, en la Revista Cultural Studies, “Systems of articulation logics of change: communities and scenes in popular music”, las describe como la "actualización de un estado particular de relaciones entre diversas poblaciones y grupos sociales, ya que estos se fusionan en torno a coaliciones de estilo musical" (1991: 379). Straw sostiene además que las escenas pueden ser tanto fenómenos locales como translocales: espacios culturales, clubes o cualquier sitio urbano.
Trasladado este concepto a la lectura de un campo cultural, la escenarefiere a un grupo de personas, de un determinado lugar, que tienen en común una práctica artística cultural; es decir que la interacción entre personas, sus actividades y gustos generan escenas. Los contenidos de un campo cultural se despliegan, entonces, en redes de interacción social, generando un espacio donde se establecen lazos sociales de identificación, acción e interpretación. Es así, que las escenas culturales implican prácticas particulares y conforman configuraciones de experiencias dentro de un espacio social.
12 Podríamos acarrear para tal el concepto de formaciones, propio de la sociología cultural de Raymond William –“aquellos movimientos y tendencias efectivas en la vida intelectual y artística, que tienen una influencia significativa y a veces decisiva sobre el desarrollo activo de una cultura y que presentan una relación variable y a veces solapada con las instituciones formales”- sin embargo, consideramos las formaciones como un conjunto de aspectos más estables, en tanto que las escenas parecieran expresar un agrupamiento más espontáneo y propio de una coyuntura histórica, social y política particular. Aún así no invalidamos la posibilidad de leer el campo de Gualeguay a partir de la categoría de formaciones.
El campo intelectual argentino entre 1980-1930
La pregunta sobre por qué Gualeguay no puede dejar fuera uno de los dualismos que fundan la historia política, social y económica de Argentina, y aún del continente americano, el par antagónico: Capital-Interior. Una antítesis desarrollada y expresada ya en el siglo XIX, en la “era criolla” (Romero, 1965: 51/132) y que pareció resolverse, en términos culturales, a favor de Buenos Aires capital, con su puerto privilegiado de embarco y desembarco y una fecunda industria editorial, que supone la circulación y validación del capital cultural preferentemente capitalino.
El campo intelectual argentino se inició y consolidó con la actividad de la Generación del ’80. Viñas caracterizó a los intelectuales de esa generación como gentleman escritores, para quienes la escritura se establecía como una continuidad de su posición sociopolítica (Terán, 2008: 14). No obstante el compromiso y la creencia en el progreso cultural pregonado por los miembros del ’80, hubo voces dentro del grupo generacional que se levantaban en contra de la modernización, la destrucción de las costumbres y el igualitarismo democrático al que, sin prisa pero sin pausa, parecía caminar la sociedad a fines del siglo XIX. La crisis de 1890 pone en primer plano esas preocupaciones, los intelectuales –Joaquín V. González, Ramos Mejía, Miguel Cané, Víctor Mercante, etc.–observan el peligro causado por el “materialismo moral”, el cual excede a los “burgueses sin espíritu cívico” y se convierte en una “degeneración” general, a la que es necesario oponerle resistencia. Es en ese punto en que se toma como lucha la bandera de la relegitimación, la disputa por la nación y lo nacional se resuelve ideológicamente hacia el Centenario de la Patria, en 1910 (ibídem: 16).
El tipo de intelectual de fines del XIX que enuncia Rama se evidencia en la Generación del ’80. El dispositivo nacionalizador que alcanzó tanto a los inmigrantes como a los viejos criollos determinó un espacio de legitimación para los intelectuales –impregnados de las ideas positivistas que configuraban su capital simbólico–, quienes ya no contaban con los favores del mecenazgo ni aún con la valoración del mercado. Los discursos encuadrados fundamentalmente en el positivismo mantuvieron su hegemonía hasta el Centenario, momento en que perdieron vigor ante las nuevas ideas vigentes que configuran un campo cultural propio, con una práctica intelectual profesionalizada y legitimada en esa misma práctica (Terán, 2008: 29). El modernismo cultural y la reacción anti positivista es lo que domina la segunda década del siglo XX, que tendrá a Lugones en el centro de la escena.
Los intelectuales estaban muy ligados, en este primer momento, a la práctica periodística. A fines del XIX se fundan “tres diarios que tendrían fuerte influencia y dilatada existencia en nuestro medio” (Rivera, 1980: 71): “La Nación”, “La Prensa” y “El Diario de Láinez”. Entre 1900 y 1930, las creaciones en el campo del periodismo serán menos significativas y con menor fluidez que en el período anterior (ibídem: 71)
El entramado cultural de la Argentina de principios del siglo XX permitía la convivencia de perspectivas positivistas, modernistas, idealistas, nacionalistas, sin desmedro unas de otras (Bruno, 2012: 75/81). La cultura científica estaba en un momento floreciente en sus diversas expresiones: las ciencias sociales, el ensayo positivista, los estudios históricos atravesados por las nuevas tendencias. Bruno (ibídem: 82) destaca que, para algunos estudiosos del campo, el clima de época era “colectivo y homogéneo”, mientras que otros lo señalan como eclético, lo cual colabora en la imposibilidad de adscribir a una ideológica única.
Transcurrida la primera década del siglo XX y el Centenario, fue visible la apertura del régimen político con la Ley Sáenz Peña y la posterior votación que dejó en segundo lugar a los conservadores y marcó el ingreso de la Unión Cívica Radical (UCR) al poder; los gobiernos radicales tuvieron como principal desafío, en ese primer momento, el de aumentar sus bases generando políticas destinadas a los sectores más populares (Falcón, 2000).
Del mismo modo, las ideas filosóficas que sostenía el Partido reivindicaban a los ámbitos universitarios como ámbito de inserción popular, de allí la imposición de la Reforma del ’18. Sin embargo, y como bien manifiesta Falcón:
La renovación en las ideas no se limitaba a lo institucional. Tendrá su reflejo, también, en las artes y especialmente en la literatura; todo esto vinculado al surgimiento de un nuevo público y al consecuente nacimiento de otro tipo intelectual, más independiente de los sectores otrora dominantes en lo social, más profesional. Esta renovación de ideas se reflejó, asimismo, en el plano del periodismo, donde las innovaciones específicas en lo mediático se combinaban con la absorción de las ideas de las vanguardias en materia de arte.
Para la década de 1920 la vanguardia se impuso como estética. El factor más relevante a considerar es la radicalidad de la vanguardia respecto del campo intelectual constituido y consagrado. Sin embargo, y paradójicamente, Altamirano y Sarlo (1997: 144) plantean que “el campo intelectual genera su vanguardia y las formas de la ruptura entran en sistema con las modalidades de la vida literaria preexistentes”. Es así que “el cambio ideológico-estético” encuentra su posibilidad de realización en las propias formas sociales de la producción literaria.
Entre las décadas de 1920 y 1930 se refuerzan las configuraciones ideológicas de la Generación del ´80, las que proyectan y determinan políticamente los modos que adoptará la actividad intelectual y cultural. A partir de lo cual, la figura del intelectual estará eminentemente atravesada por diferentes concepciones ideológicas. En ese sentido, pueden determinarse cinco figuras representativas del intelectual: el liberal; el intelectual nacionalista de derecha; el intelectual católico; el intelectual de izquierda y el intelectual “popular-nacional”; este último “surgido del radicalismo de izquierda y antiimperialista” (Ibídem: 165/180). Las diversas figuras del intelectual tienen sus circuitos de legitimación y consagración cultural. Hay lugar para todos en la Argentina de las décadas del ´20 y ´30.
Unas líneas sobre el concepto de intelectual
La complejidad que asume el concepto de intelectual amerita que relevemos algunas instancias definitorias en torno a su origen y evolución. En Argentina es Altamirano (2002: 148/156) quien historiza el concepto y afirma que la noción de intelectual es relativamente nueva, pues su trayectoria no va más allá del siglo XIX. Un episodio crítico “cristalizó la introducción al vocabulario ideológico” y fue el llamado caso Dreyfus. De ese modo, dejó de utilizarse el término de intelligentsia (del ruso) que refería a una élite de escritores y doctrinarios surgidos en la década de 1840 en Rusia y que criticaban el orden establecido.
El concepto de intelectual es en sí impreciso, afirma Altamirano, puesto que condensa una historia que es la historia de una figura social pero también de una historia de las representaciones sobre el papel de los grupos cuya tarea especial es la producción y la administración de los bienes simbólicos. En la Modernidad será una figura característica y está conectada a su tiempo por la tradición y una genealogía con quienes en la Premodernidad encarnaban el poder cultural (sacerdote, por ejemplo). En la cultura urbana del ilumismo el intelectual será central en la idea de un papel rector de las elites culturales; su existencia se debe a la confluencia de factores como: la emergencia del mercado del libro, de los agentes literarios, de los salones y cafés como ámbitos de sociabilidad donde se posibilita el debate entre distintos actores sobre temas diversos.
Para dar cuenta de la condición histórica y social del concepto, Altamirano (ibídem: 151/153) mapea definiciones de diferentes autores. Así, Gouldner plantea que el intelectual surge en la cultura del discurso crítico auspiciada por los factores mencionados en el párrafo anterior, y toma al filósofo o al hombre de letras como su predecesor. Voltaire los llama gens de lethres y los vincula a los antiguos griegos. Marx, por su parte, asocia el tema de los intelectuales a dos ejes: el de la división del trabajo en mental y manual, y el de la lucha política de clases. En ese marco, considera a los intelectuales como una fracción de la clase dominante, producto de la división del trabajo según la filosofía de los dominadores. Los pensadores, para Marx, elaboran las ilusiones de esa clase sobre sí misma, sin embargo sostiene que una vez planteada y avanzada la revolución estos pensadores se pondrán del lado de los trabajadores.
Es Gramsci, en tanto, quien introduce el concepto de hegemonía y lo explica afirmando que la supremacía de una clase social sobre otra se manifiesta primero a partir de la fuerza, lo que determina el dominio, y luego a partir de una “dirección”, que supone el momento de la hegemonía y el consenso y es allí donde cumplen su papel los intelectuales (Altamirano, 2002: 115/118).
En ese sentido, cada clase genera sus propios pensadores pero la supremacía por la disputa social requiere la conquista ideológica de intelectuales procedentes de otro grupo. Manheim, por otro lado, afirma que en toda sociedad existen grupos más o menos institucionalizados que le dan a esa sociedad una interpretación de ella misma y del mundo. Este autor propone la definición de intelectual como categoría social flotante, es decir, constituyen una inteligencia libre y son capaces de asumir puntos de vista contrapuestos y mediar entre ellos. (Altamirano, 2002: 151) Y por último, Altamirano cita el análisis de Bourdieu –autor de los conceptos ciertamente fundamentales para el andamiaje de la presente investigación–.
Para dar cuenta del concepto, el sociólogo francés construye la noción de campo intelectual: un microcosmos con reglas propias en el que los intelectuales –como agentes del campo–luchan por el monopolio de la producción cultural legítima. Y la legitimidad se la otorga el propio campo – con sus reglas y estructura–, el lugar que en él ocupa y los demás sujetos con los que entra en relación. En 1971, Bourdieu agrega al concepto la idea de que los intelectuales poseen capital cultural y son por tanto parte de la clase dominante (los dominadores). Es en la ambivalencia donde hay que buscar sus posiciones.
Para finalizar, Altamirano (2002: 155) aborda el caso América Latina y explica que recién en el siglo XIX los letrados serán autónomos del Estado y de la Iglesia. Agregamos a esto lo que sostiene Rama, respecto de la existencia, tempranamente, en territorio latinoamericano de una ciudad letrada –dominio de la palabra escrita–. La creación de ciudades, de un ordenamiento urbano, de una jerarquía social, requiere la legitimación de códigos, edictos y leyes. Requiere de la palabra escrita y de un grupo social capaz de ejercerla: los letrados. En este sentido funciona como una elite el diseño social impuesto por la metrópoli; elite sin la cual hubiese sido imposible la ocupación del territorio y el programa colonizador. La
Modernidad significará el fin del monopolio de la ciudad letrada colonial, situación en la que colabora la alfabetización, la expansión de la prensa y el crecimiento del público lector (Rama, 1998: 10). En La ciudad letrada, Rama parte de la premisa básica de que sin la ciudad no puede existir el intelectual. La letra ya no será dominio de una elite sino que entra en juego otro sector: la clase media. Ante ese panorama la ciudad letrada se vuelca a la institucionalización de su poder y así nacen las academias de letras, lugar privilegiado de la clase alta. El viejo letrado, continúa Rama, deviene a fines del siglo XIX en escritor moderno y ocurrirán dos fenómenos al respecto: primero, la legitimación de la tarea del escritor será estética y no política, segundo, y más importante aún, la desmonopolización de la palabra escrita por parte del Estado y el ingreso en escena del mercado y de la sociedad
civil. El intelectual actual, a diferencia del letrado colonial, es producto de la intervención de ideas anarquistas, del autodidactismo y del profesionalismo, que lo separan de la tutela del Estado letrado, lo convierten en una voz autoral y no en un simple intérprete de los hechos y le posibilitan vivir de la escritura.
El campo intelectual porteño, con la figura del intelectual, se convierte en hegemónico. La escena cultural dominante será la configurada en la metrópoli porteña (la del Colegio Nacional y el Teatro Colón) pero, como propone Bernabé (2006: 13/15), existen extraterritorialidades en las cuales conviven aquellos creadores que están al margen de la moda o de las reglas del arte vanguardista o de época. Perfilan así, un “campo especifico en los estrechos márgenes del territorio” de la ciudad letrada. César Tiempo escribió en el diario “El Mundo” que Gualeguay era un “taller de poesía” y ese escenario de producción es el que, en definitiva, intenta reconstruir la presente tesis.
Capítulo I
Configuración de un campo cultural de provincia
A medida que los campos de la actividad humana
se diferenciaban, un orden propiamente intelectual,
dominado por un tipo particular de legitimidad, se definía
por oposición al poder económico, al poder político
y al poder religioso, es decir, a todas las instancias
que podían pretender legislar en materia de cultura
en nombre del poder o de una autoridad
que no fuera propiamente intelectual.
Bourdieu, Campo intelectual y proyecto creador. Itinerario de un concepto.
El primer capítulo de la tesis desarrollará la configuración del campo cultural de Gualeguay, fenómeno que situamos en las primeras décadas del siglo XX, aproximadamente entre los años 1925-1935. Tarea para la que serán imprescindibles diversos aportes teóricos, entre los que se cuentan aquellos de la sociología tradicional de Pierre Bourdieu: desde el concepto de campo a los de habitus y capital simbólico, que orientan y estructuran la práctica del ejercicio intelectual y creador.13
En todo espacio social –pensado como sistema de relaciones asimétricas que es necesario mirar en su conjunto, es decir como un espacio pluridimensional– existen diversos campos con reglas particulares; Bourdieu (1989: 20/42; 1990: 109/114; 2002: 9/50) los define como una trama de relaciones objetivas entre posiciones que se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes –agentes o instituciones– por su situación actual y potencial en la estructura de la distribución de poder.
13 En el Diccionario de Estudios Culturales, Szurmuk y Mkee Irwin (2009), definen conceptos propios del campo de los estudios culturales. En el caso de la noción de campo cultural, comienzan afirmando que: “La idea de campo permite estudiar ya no sólo las dinámicas de la cultura como bien de la élite, sino las dinámicas de las diferentes culturas que disputan la hegemonía. Bourdieu comienza a definir la idea de “campo” en La distinción (1979) y las categorías correlativas son “habitus” y “capital”. actos de reconocimiento más o menos ritualizados)”.
El campo cultural –uno de los tantos campos posibles de existencia–está, entonces, atravesado y tensionado por las luchas entre los agentes que componen el mismo, con el propósito de acumular capital para sí mismos y construirse como una autoridad del saber. Juegan un papel preponderante, en ese contexto, las prácticas internalizadas por los individuos, a las que Bourdieu denomina habitus, y el capital simbólico en tanto valoración del mundo que estos poseen.
Por otra parte, debemos deslindar el sentido que le otorgamos a “provincia” al referirnos a Gualeguay como ‘ciudad de’, a partir del término provinciano (Pessoa, 1928; Kundera, 2005) y el concepto de región (Prieto, 1968; Delgado, 2008; Gerbaudo, 2009); de modo tal de comprender las condiciones en las cuales emerge y se configura un campo cultural por fuera del consagrado –inclusive en las primeras décadas del XX– campo intelectual porteño.
I.1. Relativo al concepto de campo cultural
En la tesis que nos ocupa nos proponemos visibilizar la emergencia de un campo cultural en una ciudad de provincia y las tácticas y posiciones que construye un grupo de escritores y artistas en ese espacio; para lo cual, hemos ido dando cuenta de los planteos teóricos de Bourdieu en torno a la noción de campo. Para precisar tal concepto diremos que refiere a una trama de relaciones objetivas entre posiciones que se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes – agentes o instituciones– por su situación actual y potencial en la estructura de la distribución de poder. En un campo siempre hay luchas, se define justamente por ellas; los agentes y las instituciones se debaten, con diferentes grados de fuerza, en un espacio de juego con reglas propias, y en él aparecen dominantes y dominados, conservadores e innovadores, estrategias y mecanismos de reproducción de lo hegemónico y luchas subversivas del orden establecido (Bourdieu, 1996: 143). Quienes dominan un campo lo hacen funcionar en su beneficio, sin embargo no pueden dejar de lado la resistencia y las pretensiones de “los dominados”. Como explica Szurmuk:
Un campo no puede pensarse fuera de las estructuras de dominación, ya que lo que lo caracteriza es la desigualdad en las posiciones. Por ello, un campo es siempre un espacio de lucha por la dominación que genera estrategias de conservación, resistencia, subversión. (Szurmuk: 2009: 48)
La extensa teorización acerca del campo une ese concepto al análisis de las luchas por el poder simbólico, pues todo campo tiene su propia lógica. En ese sentido, Bourdieu (1999: 69) apunta a dos cuestiones, la primera vinculada a la producción cultural y la segunda referida a las condiciones en las cuales los sujetos participan de esa producción. Establece, entonces, al campo de producción simbólica como el microcosmos de la lucha simbólica entre las clases, en el cual al tiempo que los productores sirven a sus propios intereses sirven también a los intereses de los grupos exteriores al campo de la producción. En definitiva, cuando hablamos de un campo pensamos en la metáfora de un espacio social, que permite observar su fluidez y permeabilidad y el rol de los actores dentro del mismo.
En Latinoamérica la idea de campo comienza a pensarse y a usarse a fines de los años setenta cuando la crítica comienza a vincular fenómenos culturales específicos con prácticas exteriores (Szurmuk yMkee Irwin, 2009:
47). El entrecruzamiento de discursos requiere de nuevas nociones que habiliten pensar esas vinculaciones. Mientras que en Argentina, la noción de campo intelectual aparece en uso por primera vez en 1980. Sarlo y Altamirano publican un artículo en la revista Hispamérica, “La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos”14, sin dejar de lado la dificultad que conlleva el hecho de utilizar el concepto en análisis de procesos locales.
14 El artículo aparece por primera vez en Hispamérica: Revista de literatura, ISSN 0363-
0471, Nº 25-26, 1980, págs. 33-60, luego se convertirá en el capítulo 4 de Ensayos argentinos. De Sarmiento a la vanguardia, del año 1983 y segunda edición en 1997.
El campo intelectual que emerge alrededor del 1900 en Buenos Aires es un campo novedoso, periférico en comparación con las grandes urbes europeas, con lasque la sociedad porteña de la época tenía vínculos íntimos.
Altamirano y Sarlo (1997: 110/135) dan cuenta del proyecto cultural que se conforma en la capital nacional y las dinámicas intelectuales que se desplegaron entre 1870 y 1910. La modificación de las relaciones económicas y sociales así como la creciente urbanización de Buenos Aires resultaban del régimen político vigente: un gobierno liberal y oligárquico, que, al tiempo que establecía nuevos órdenes sociales y económicos, generaba diversas reacciones en el flamante cuerpo intelectual (Ibídem: 111).
En el momento en que estuvo acabado el ordenamiento institucional en la mayoría de las naciones de América Latina, comenzaron a delimitarse los roles intelectuales y sobrevino el despliegue de una verdadera autonomía artística de las colonias respecto de las metrópolis portuguesas y españolas; emancipación cuyos elementos centrales estaban dados por “la especialización literaria y artística, la apertura hacia novedades de distintas latitudes, el surgimiento de un público educado que demandaba novedades extranjeras, la búsqueda de los rasgos distintivos de las culturas nacionales y de la cultura regional latinoamericana” explica Bruno (2012:87), citando el análisis de Ángel Rama sobre la modernización literaria en Latinoamérica.
El concepto de campo es, entonces, al mismo tiempo que una categoría analítica, una herramienta que permite indagar y visibilizar las posiciones de los agentes, el capital simbólico que manejan y las relaciones que se establecen entre actores del mismo campo y entre actores de otros microcosmos culturales. Los especialistas son, en términos bourdianos, los intelectuales y artistas que producen significados de acuerdo a la posición que ocupan dentro de un campo particular y en otros campos. Además, los especialistas se convierten en voces autorizadas y detentan, en cierto modo, el poder del capital simbólico. En la investigación que abordamos, la figura de Juanele es un claro ejemplo de su valor dentro del campo gualeyo y la producción de significaciones que se trasladan fuera de ese microcampo.
La autonomía no implica una total independencia de la producción cultural frente a un público masivo no especializado, frente al mercado y a las instancias políticas, sino que las relaciones sociales, económicas y políticas externas que afectan al campo pasan por una actualización bajo las relaciones de independencia instauradas en él. Las lógicas exógenas intervendrían, de este modo, mediante un proceso de variación y no directamente. Por otra parte, el hecho de que la autonomía suponga la defensa del conjunto de valores y reglas de funcionamiento establecidos durante la génesis del campo no implica que los mismos sean inamovibles (Bourdieu, 1971: 135/182).
La existencia de un campo cultural en Gualeguay, en la primera mitad del siglo XX, está avalada por la presencia de creadores y grupos de creadores vinculados entre sí, que se proponían la producción y circulación de bienes simbólicos y actuaban, en términos generales, al margen de las políticas estatales. La autonomía del campo se medirá en el grado de resistencia que ofrezcan sus ocupantes a las intrusiones de las lógicas dominantes que contravengan los principios elementales instaurados en su conformación. El proceso de autonomización del campo intelectual implica “la constitución de un dominio dotado de normas propias de legitimidad y consagración”
(Altamirano y Sarlo, 1980:9) y es siempre “un resultado histórico que aparece ligado a sociedades determinadas” (Ibídem). En el mismo sentido, Landi afirma que un campo intelectual:
Cuenta con mayor o menor autonomía de funcionamiento respecto de la economía, la política y la vida social en general; no sólo por la especificidad de la producción de bienes simbólicos, sino también porque puede determinar, hasta cierto punto, sus propios principios de legitimidad y de consagración de la actividad intelectual. Definir qué es o no cultural, el atributo de marginal, de integrado, de vanguardia o de residual de un bien simbólico, depende de los principios de reconocimiento prevalecientes en un momento dado en la sociedad, principios que son internos al campo cultural. (Landi, 1983:10)
En la ciudad entrerriana se observan espacios locales que actúan como instancias de reconocimiento y consagración, tales como asociaciones, editoriales, teatros, salones de lectura, librerías, galerías de arte. Lo que ocurre en el ámbito gualeyo es, en cierta medida, lo que Bourdieu analiza en torno a la producción intelectual, al lugar en que se sitúa el artista y la obra; esto es dentro de un sistema de relaciones que incluye otros artistas, editores, críticos, públicos, que determinan las condiciones específicas de producción y circulación de sus productos:
Así, a medida que se multiplican y se diferencian las instancias de consagración intelectual y artística tales como las academias y los salones (en los cuales, sobre todo en el siglo XVII, con la disolución de la corte y del arte de la corte, la aristocracia se mezcla con la intelligentzia burguesa adaptando sus modelos de pensamiento y sus concepciones artísticas y morales), y también las instancias de consagración y difusión cultural, tales como las casas editoras, los teatros, las asociaciones culturales y científicas, a medida, asimismo que el público se extiende y se diversifica, el campo intelectual se integra como sistema cada vez más complejo y más independiente de las influencias externas (en adelante mediatizadas por la estructura del campo), como campo de relaciones dominadas por una lógica específica, la de la competencia por la legitimidad cultural. (Bourdieu, 1971: 135)
Los fenómenos relevantes de un campo cultural –en una sociedad determinada- se juegan en su configuración y permanencia, en sus lógicas internas de funcionamiento y en las maneras en que éste administra el capital cultural de manera semi-autónoma respecto del campo del poder.
Bourdieu no niega los procesos históricos por el contrario se sitúa en la emergencia del campo, pero enfatiza, sobre todo, los momentos que materializan dichos procesos, más que la dinámica de constitución misma. Justamente esas relaciones son las que interesan visibilizar en la investigación.
I.2. Un campo cultural de provincia
No sé si es cierto que en la vida se comienza muchas
veces actuando por reacción contra el ambiente,
pero en mí tal acto de rechazo está muy amalgamado
con la noción de injusticia y falsedad. Injusticia y falsedad son
para mí, vida provinciana y clase media.
Emma Barrandéguy, Habitaciones.
En este capítulo nos interesa despejar en principio el sentido que le otorgamos al concepto de provincia. Siempre que nos referimos a una provincia estamos dando por supuesto que ese territorio se diferencia de otro territorio central que es el porteño (no el de Buenos Aires provincia sino el de Buenos Aires capital). La producción cultural de un campo de provincia no es necesariamente regional, tal como la tradición entiende al regionalismo; no lo es en el caso de Gualeguay que nos ocupa. Básicamente porque la construcción del regionalismo está íntimamente ligado a un arte de carácter local en contraposición a un arte de carácter universal. En la mayoría de los casos la conformación de un campo cultural que apela a los regionalismos está sostenido por el trabajo de los intelectuales que juegan un papel preponderante en la construcción de una historia local; trabajo que se combina con factores que producen imaginarios regionales como la toponimia, la cartografía, los manuales escolares, los discursos políticos oficiales, los medios de comunicación.
A la Gualeguay de aquellos primeros años del siglo XX la poblaban periódicos, salones de discusión, lecturas literarias en espacios públicos; un escenario adecuado en cual tejer la trama cultural. Rosa, en su tesis doctoral (2012: 12) 15, plantea que “la configuración de un campo cultural, el surgimiento de creadores e intelectuales que lo conformen, es posible en tanto y en cuanto se posibilite la habilitación y la circulación de la palabra del artista y del intelectual”. Y agrega que la complejidad y la ambigüedad de las prácticas culturales que circulaban ampliamente bajo la forma de óperas, danza, revistas literarias, festejos anarquistas, la biblioteca popular –centro de disputas que aparecen publicadas en los periódicos de la época–, las cuantiosas pinacotecas privadas, las revistas y los periódicos. Opera, en este sentido, una lógica de mercado simbólico en el cual conviven tanto el ámbito público como el privado.
Ciertos modos anacrónicos de percibir la bohemia y el arte, por parte del sector económico de mayor progreso en Gualeguay, colaboran en la permisividad de la escena cultural, en el acogimiento de los nuevos creadores. Casi diríamos sin pautarlo, la oligarquía local se convierte en mecenas de los artistas y ven en esa acción cumplirse sus sueños de pertenencia a una sociedad letrada de la época. Así, la Gualeguay de las décadas del ’20 y del ’30 ofrecía “sostén” a los nuevos y cierta tolerancia a los círculos artísticos locales.16
Consideramos pertinente, en ese sentido, afirmar que en Gualeguay el campo intelectual se conforma al margen de las políticas del Estado y del mercado, y, en cambio, fuertemente ligado a prácticas de la propia sociedad civil. La inversión en “cultura” no solo ofrece rédito económico sino y, sobre todo, una distinción simbólica, que supone la pertenencia a un selecto grupo social.
15 Claudia Rosa es Doctora en Ciencias Sociales, su tesis para acceder al Doctorado (de la cual se está preparando un libro para su publicación) se titula “La consagración del escritor en las instituciones sociales del campo cultural argentino. El caso del poeta entrerriano Carlos Mastronardi (1901-1976)”. Además dirigió las Obras completas de Mastronardi, publicadas por UNL, el Teatro completo de Arnaldo Calveyra, colabora en la edición y publicación de la Obra completa de Juan L. Ortiz y Amaro Villanueva y, próximamente dirigirá la Obra Completa de Alfredo Veiravé. Es la intelectual argentina que más ha estudiado y escrito sobre el caso Gualeguay y sus poetas.
16 Vinculado a eso, Rosa (2012) agrega que “la burguesía provinciana comienza a sentirse menoscabada en los años treinta frente a la poderosa oligarquía porteña, y apuesta a crear un valor agregado al hecho de vivir en el interior. Asimila, entonces, entre otras cosas la bohemia como forma de vida y cierta tolerancia cultural y social. Se configura por esa época una comunidad de artistas, escritores e intelectuales, promotores y editores, que desarrollan una tarea de producción cultural a través de asociaciones, periódicos, peñas, bibliotecas, que era aceptada por la comunidad local.”
Los campos poseen una relativa autonomía y Bourdieu expresa que “en las sociedades altamente diferenciadas, el cosmos social está constituido por el conjunto de estos microcosmos sociales relativamente autónomos” (1995: 64). La noción de autonomía se vuelve fundamental para hablar de campo: no hay campo sin un grado de autonomía que permita diferenciarlo de otros.
La autonomía del campo cultural gualeyo es muy relativa puesto que su duración es breve y no llega a construirse como un territorio hegemónico, sí es cierto que posee ciertas dinámicas propias relacionadas al espacio “provincial” y “pequeño” en el que surge, como el reconocimiento entre pares y la conformación de un grupo de creadores no enfrentados entre sí por el poder con lazos dados por el afecto y la tarea artística en particular, y si enfrentados a las instituciones hegemónicas como la Iglesia, el Club social y su círculo conservador, legitimado por la pertenencia de clase, el propio Estado municipal que entregaba distinciones a poetas amigos del poder17: criollistas, regionalistas, costumbristas.
En términos generales, la crítica cultural y literaria académica cuando habla de campo cultural argentino ciñe su análisis a lo que ocurre en la escena porteña. Para referirse al afuera de la ciudad de Buenos Aires, piensa en interior o en región. Es por ello significativo reconstruir las redes que se tejen entre agentes de campos culturales distintos, para de ese modo percibir la circulación y los flujos de bienes, como también la modalidad de consagración y legitimación en el centro y la periferia.18
Lotman (1996: 10/16) divide al espacio cultural entre centro y periferia y plantea que la zona de la periferia es más susceptible a transformaciones, debido a su inestabilidad fronteriza y a la carencia de normas rígidas que la estructuren, por el contrario en el centro existe una constante hiperestructuralidad. La dialéctica del campo cultural –y de la semiosfera– se da en el continuo movimiento entre centro y periferia, y el cambio proviene, en general, de la periferia por ser la zona de mayor imprevisionalidad. En el mismo sentido, Nely Richard, desde los estudios culturales, afirma que en el contexto de principios del siglo XXI.
17 Poder en el amplio sentido: político ideológico y económico también.
18 Es necesario señalar que las relaciones de dominación de los centros sobre las periferias deben ser problematizadas empíricamente y no tratadas como un carácter esencial.
Es cierto que las cartografías del poder se han complejizado hasta el punto de disolver las oposiciones lineales y las polaridades absolutas entre centros y periferias, volviendo más porosas y a la vez más borrosas las líneas de jerarquía y subordinación, pero no es menos cierto que sigue operando un régimen metropolitano de asimetrías y desigualdades que hiperepresenta o bien subrepresenta identidades y localidades, memorias y tradiciones, según los índices de privilegio y discriminación simbólico institucionales monopolizados por lo dominante. (Richard, 2004: 6)
Cabe aclarar, sin embargo, que referimos en ciertos pasajes de la tesis a la oposición centro/periferia, sin desconocer que las producciones propias de campos culturales marginales-periféricos hablan de la periferia desde esa periferia; es decir, los productores de la periferia resignifican los márgenes y se presentan como parte de ella. Cosa que no ocurre con los creadores gualeyos, sobre todos los escritores, quienes impulsaron, de manera constante, una ida y vuelta con sus colegas porteños y de otros lugares del país, así como del exterior. Por ello, la idea que nos moviliza es la reciprocidad entre campos, la historicidad de los vínculos y el carácter productivo de cada espacio.
La frontera entre creadores “de provincia” –que representan su zona, su localía– y creadores del “centro” –que producen un arte universal–, es un mito acarreado desde los inicios de la literatura nacional (mito de raíz europea, incluso), que no hace otra cosa más que oscurecer la singularidad, en el plano estético, de ciertas literaturas de provincia (Gerbaudo, 2009:25).
Entendemos que la frontera no es entre quienes detentan su origen provincial –periférico– y quienes pertenecen al centro, sino entre quienes crean un arte regional, bajo una acérrima mirada provinciana, y aquellos que son portadores de una mirada cosmopolita. La mirada de Gramuglio respecto del concepto de cosmopolitismo aclara bastante el panorama:
El cosmopolitismo al que me refiero es una cuestión concerniente a las que Carlos Altamirano en sus trabajos llama elites intelectuales, o, en otras palabras, el “cosmopolitismo activo” de las minorías que buscan acrecentar la literatura nacional y ponerla en el mapa literario mundial (…) Cuando lo adjudico deliberadamente a las literaturas periféricas, no es para impugnarlo como índice de sometimientos culturales ni para reivindicar la autosuficiencia con respecto a los paradigmas europeos. Por el contrario, me interesa recolocar en un horizonte más amplio las observaciones de Alfonso Reyes sobre el “cosmopolitismo connatural” de los intelectuales latinoamericanos (Gramuglio, 2013: 373)
A los artistas del campo gualeyo los une una experiencia colectiva –de vivir justamente alejado de la metrópolis, de ser parte “del interior del interior”19– y un proyecto intelectual en común, por medio de intervenciones que buscan estimular la creación y el consumo de bienes culturales. La organización de los grupos intelectuales locales, sus opciones estético-políticas y su modalidad de contacto con otros campos no se asimilan de manera automática con lo que los artistas porteños proponían. Por ello, antes que correspondencias directas entre un campo y otro es preciso restituir el horizonte de prácticas culturales concretamente localizadas y su relación con otras áreas de la vida social:
Las ciudades de provincias en 1920 parecen desplegarse como en una doble temporalidad, en donde los discursos culturales de la época se articulan sobre lo que aparecía como rasgo diferencial de los debates comarcanos. Las corrientes estéticas comienzan a ser percibidas, en el interior, como en la órbita de la centralidad porteña, experiencia nueva si se piensa que hasta el 900 no existía todavía el convencimiento, dominante a lo largo del siglo, de que el interior del país no podía tener su propio centro. La tradición intelectual entrerriana hasta esos días no sentía que tenía que pasar por Buenos Aires para aggiornarse y, muy por el contrario, mantenía las posibilidades, por ejemplo, de un puente Gualeguay - París.” (Rosa, 2010a: 54)
19 En Argentina, interior es la denominación que el discurso centralista –que triunfa y se vuelve hegemónico tras la derrota de la Confederación liderada por Urquiza- le otorga a las provincias. En ese discurso predomina la dicotomía centro/ periferia y traslada a cada concepto característica vinculadas a otra dicotomía mayor que es civilización/ barbarie.
Los artistas de Gualeguay se alejaron de las modas vigentes en las primeras décadas del siglo XX en Buenos Aires: ni vanguardistas ni nacionalistas. Sin embargo, no se contentan con ser creadores regionales, atados a los dilemas de su pequeña sociedad. Pertenecen a un campo cultural que territorialmente se ubica en una provincia, no en la metrópoli nacional, pero no por ello son provincianos, en el sentido que le da, por ejemplo, Pessoa al concepto.
El poeta portugués despliega con fina ironía, en un artículo publicado en 1928, su concepción del provincianismo. En él, sostiene que al provincianismo, cual si fuese una enfermedad adquirida y contagiosa, se lo reconoce por tres síntomas: admiración por las grandes ciudades, admiración por la modernidad y falta de ironía:
El provincianismo consiste en pertenecer a una civilización sin tomar parte en el desenvolvimiento superior de ella, en seguirla, por lo tanto, miméticamente, con una subordinación inconsciente y feliz.
El síndrome provinciano comprende, por lo menos, tres síntomas flagrantes: el entusiasmo y la admiración por los grandes medios y por las grandes ciudades; el entusiasmo y la admiración por el progreso y la modernidad; y, en la esfera mental superior, la incapacidad de ironía. (Pessoa: 1928).
Un artista provinciano sería aquel que admiraría y vería con asombro y cierto grado de envidia el desarrollo, el progreso y la estética propia de la gran ciudad. Es provinciano quien no es capaz de usar la ironía20 sino tan solo de dar cuenta, con la llaneza propia del lenguaje cotidiano o, lo que es peor, plagado de falsos artificios, de una realidad que supone mimética. Un provinciano escribe autobiografías plagadas de referentes y voces locales que no logran difundirse como experiencias universales, pintan el exotismo de la aldea como patrimonio que detenta una tradición.21
20 En el citado texto se explaya Pessoa respecto de la ironía: “Es en la incapacidad de ironía donde reside el trazo más profundo del provincianismo mental. Por ironía se entiende, no el dicho malicioso, como se cree en los cafés y en las redacciones, sino el decir una cosa para decir lo contrario. La esencia de la ironía consiste en que no se puede descubrir el segundo sentido del texto por ninguna palabra suya, deduciéndose pese a ello ese segundo sentido del hecho de ser imposible que el texto diga aquello que dice. Así, el mayor de todos los ironistas, Swift, redactó durante una de las hambrunas en Irlanda, y como sátira brutal hacia Inglaterra, un escrito breve proponiendo una solución para esa hambruna. Propone que los irlandeses se coman a los propios hijos. Examina con gran seriedad el problema, y expone con claridad y ciencia la utilidad de los niños de menos de siete años como buen alimento.
Ahora bien, provinciano es el adjetivo que elige Carlos Mastronardi para acompañar a sus Memorias (de un). A su lectura, el texto, publicado por primera vez en 1967, se nos abre en una doble perspectiva: por un lado, la del narrador que analiza el terruño desde la distancia, lo que le permite evocar escenas colectivas de un profunda relevancia para la vida gualeya, y, por el otro, la posibilidad de una reflexión filosófica –sobre el ser, los vínculos, los afectos–, política –sobre los vínculos metrópoli-interior–, y poético lingüística –a partir de la exquisita retórica con la cual decide comunicarse–. Un provinciano no es necesariamente un cultor de la tradición local, pareciera decir Mastronardi. Incluso, el poeta y ensayista tildó de “tardíos vicarios del color local”, a los cultores de una literatura extremadamente descriptiva y provinciana, que no ofrecen expresiones de mayor dimensión geográfica; pues entiende que no se trata de olvidar la querencia sino de quitarle el sesgo provinciano a las manifestaciones artísticas.
Quienes intervienen en el campo cultural gualeyo no solo no son provincianos porque su arte es universal en el lenguaje y en la estética, sino saben de su acotado territorio de producción y circulación cultural y conjugan estrategias para dinamizar el capital cultural y simbólico y construir valor en la diferencia. Su mundanidad no está dada por los viajes a Europa –propios de los escritores y pintores porteños de la época– sino por sus lecturas compartidas y su representación del mundo, que es producto de una mirada aguda en torno a sí mismo y al espacio tiempo en que vive:
Para el provincianismo hay sólo una terapéutica: el saber que existe. El provincianismo vive de la inconsciencia; de suponernos civilizados cuando no lo somos, de suponernos civilizados precisamente por las cualidades por las que no lo somos. El principio de la cura está en la conciencia del mal, el de la verdad en el conocimiento del error. Cuando un enfermo sabe que está enfermo, ya no está enfermo. Estamos cerca de despertar, dice Novalis, cuando soñamos que soñamos. (Pessoa, 1928).
Ninguna palabra en esas páginas asombrosas quiebra la absoluta gravedad de la exposición (...)” (Pessoa: 1928, traducción del portugués)
21 Milan Kundera coincide con la línea expresada por Pessoa y explica que el provincianismo de las naciones pequeñas (podríamos sustituirla por ciudades) reside en el hecho de que “tienen la cultura mundial en alta estima, pero les parece ajena, como un cielo lejano, inaccesible, por encima de sus cabezas, una realidad ideal con la que su literatura nacional poco tiene que ver. La nación pequeña ha inculcado a su escritor la convicción de que él sólo le pertenece a ella. Fijar la mirada más allá de la frontera de la patria, unirse a sus colegas en el territorio supranacional del arte, es considerado pretencioso, despreciativo para con los suyos”. Artículo incluido en el libro El telón. Ensayo en siete partes. Barcelona, Tusquets, 2005.
Los intelectuales de provincia, los creadores de Gualeguay, que no se piensan como provincianos, no permiten que “la pulsión posesiva” de la comarca reduzca todo sentido de su obra al papel que desempeña en el escenario local (Kundera, 2005); se construyen como mediadores de experiencias culturales geográficamente alejadas de los centros mercantiles y comunicacionales y no se sienten encandilados por las luces de la gran ciudad, ni por la parafernalia de los ámbitos sociales; el contacto con ese espectáculo puede habilitarlos a enriquecer sus contactos pero no a cambiar su ideología. En la entrevista realizada a Juan L. Ortiz, de la cual ya dimos cuenta en la Introducción, el periodista le describe instancias en las cuales el poeta gualeyo ha estado fuera de Entre Ríos pero que siempre han concluido en un retorno a su provincia natal, y le pregunta por qué nunca se fue a vivir a Buenos Aires, a lo que Ortiz responde:
Viví allí, en la adolescencia y conocí y frecuenté a Manuel Ugarte en esa casa de la calle Rincón, pero no me atrajo, a pesar del estímulo que recibí de él. Mi tiempo en Buenos Aires fue empleado o consumido en los libros que podía tener él de la Biblioteca Municipal y también, si cabe, como diríamos, conversando con amigos lectores que encontraba en la biblioteca y con quienes salía a caminar.
Pero luego de esa experiencia porteña, que para mí significó un contacto con cierto ambiente social -me refiero a los grupos de la izquierda que entonces ya actuaban-, y que me permitió conocer a mucha gente que yo admiraba por su vida y qué sé yo, fuera de eso, Buenos Aires no me atrajo, y como tenía una gran nostalgia por Entre Ríos, en cuanto pude volví.
Ahora, siempre recuerdo una cosa de Antonio Machado, respecto de esto, que la vida en provincia, sobre todo para un poeta, es un poco difícil en el sentido del intercambio, de la comunicación (en cuanto a las experiencias), con otros amigos, pero que a la vez esa vida es la piedra de toque de la verdadera vocación, en este sentido: de que como uno no tiene con quien intercambiar o comunicar, se remite uno a la respuesta, muy ilusoria, pero que puede ser significativa, del ambiente, las cosas, los árboles, el río, con los que uno no tiene problemas en comunicarse.
La necesidad de comunicación es como la necesidad de alternar, es como la necesidad de verse –con la carga de vanidad que tiene eso– ¿no? – muy inocente y muy imprescindible– de verse en un espejo. Es decir que uno tiene que contrastar lo que uno hace con la opinión o con la impresión de otro. Si se puede prescindir de eso y remitirse nada más que a esa respuesta que pueden darle –ya le digo, un poquito, vaga, pero que puede ser muy importante–, las cosas o el ambiente, entonces esa vocación, esa orientación, está a salvo de muchas cosas. (Alarcón Muñiz, 1975)
Además del término provincianismo, utilizado para dar cuenta de un estado habitual en las miradas de los nacidos en provincia, la otra noción que aparece al caracterizar producciones de campos culturales emergentes en zonas periféricas es la de región. En la literatura en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX la región aludía a un territorio geográfico determinado, cuyas producciones culturales reivindicaban el “color local” antes que el tono universal. Mientras que lo regional se definía
“fundamentalmente, por sus propósitos temáticos y por la abierta intencionalidad con que sus autores buscan destacar el paisaje, el hombre y las costumbres características de un lugar” (Prieto, 1968: 149/163).22
22 Explica Prieto (1968: 149 - 163): “Las circunstancias históricas que dieron unidad lingüística y centralismo político a las Provincias del Río de La Plata, han contribuido a recortar la imagen de un proceso cultural argentino homogéneo y sin fisuras internas. Sin embargo, una mirada atenta a las manifestaciones de ese proceso puede descubrir las líneas que han pugnado por diferenciarse, y por constituirse en expresión de una realidad cabalmente diferenciada. El distinto arraigo de las poblaciones; la influencia del marco geográfico; el modo con que la historia ha ensamblado, desde la Colonia a la República, el destino de pueblos y ciudades relativamente próximos, han debido incidir, necesariamente, en la configuración de fisonomías regionales bien caracterizadas. Entre los signos que facilitan la visualización de estos rasgos regionales, la literatura ocupa, sin lugar a dudas, un lugar de importancia. Pero este reconocimiento, que en …principio alcanza para valorar la existencia material y la magnitud de esa literatura, promueve a su vez algún interrogante que suele causar perplejidad en los estudiosos. La primera inquietud apunta a señalar, por supuesto, el hecho de que los materiales que integran el mapa literario de una región no se expresan en un lenguaje dialectal o suficientemente diferenciado, como ocurre en la literatura regional de otros países. Otra preocupación tiende a denunciar la excesiva generosidad de los catálogos en los que se inscriben los títulos indicativos de una literatura regional, y la frecuente ligereza con que se confunden obras de interés fundamentalmente etnográfico, con expresiones de un adecuado nivel de realización artística. Sin el uso de lenguas dialectales estrictas, la literatura regional debe percibirse entonces, fundamentalmente, por sus propósitos temáticos y por la abierta intencionalidad con que sus autores buscan destacar el paisaje, el hombre y las costumbres características de un lugar. Con estos propósitos y esta intencionalidad expresa, algunos autores han logrado ilustrar el nada desdeñable capítulo de una literatura regional argentina.”
23 El paisaje entendido como cultural, es decir un lugar que es ámbito de la experiencia vivida, de la existencia real y producto de las transformaciones materiales o simbólicas llevadas adelante por el hombre. Capel (1981) plantea que los hombres no se mueven en un espacio en abstracto, sino en un espacio concreto y personal, que es un espacio vivido, mentalmente modelado a partir de la experiencia”. Existe, por tanto una vinculación afectiva entre el hombre y el lugar – paisaje cultural.
24 El fragmento pertenece al poema “A la orilla del arroyo”, dedicado al poeta Alfredo Veiravé, del libro La brisa profunda.
La pertenencia geográfica a una determinada región no es condición per se para una escritura o una pintura o un pensamiento regional, es decir ceñido a las representaciones locales. Ejemplo suficiente lo otorga la poesía de Juan L. Ortiz, que sin dejar de hablar del sauce, del río o del arroyo nos remite a la experiencia universal de la contemplación del paisaje:23
“¿Qué música, ahora, es la que nos rodea
y nos va penetrando silenciosamente?
Matices y velos sutiles sobre las sutiles líneas que ondulan…
Alma, inclínate en el sentimiento que te toca ya,
humilde, y como irisado en su mismo pudor misterioso…
Los caminos que suben en un vago aire de plata
y las lejanías bajas donde se alargan para morir los acordes mástenues…
Alma, inclínate en el sentimiento que te toca ya
de las colinas suaves, íntimo y dado
en un juego aéreo de recatos
que se abisman en sí, al fin, como sueños dulcísimos…
Ah, el arroyo, alma; y lo hemos vadeado en “balsa”.
He aquí, amigo, el agua, la gracia estival del agua de las 10,
toda mirada honda, increíblemente honda, para las nubes y los árboles,
para las corrientes del cielo, para los escalofríos del cielo…”24 (Ortiz, 1996: 427/428).
Esos versos plasman una representación del mundo antes que una descripción de un arroyo provinciano. La experiencia de la contemplación no sabe de límites territoriales. Delgado afirma respecto de la mirada sobre el paisaje y los elementos que lo componen:
Poema y río constituyen, en su confluencia, una mirada, una pupila sensible que se extiende sobre el paisaje en la búsqueda de su geografía y de su historia. El río ve, el río siente la geografía y la historia que nacen y se desarrollan con él. Es un gran espejo que recorre todas las escenas y multiplica su conocimiento por los incesantes reflejos y vibraciones que recibe. Un espejo que se multiplica en todo un sistema fluvial.” (Delgado, 2003: 7)
No es la concepción de región geográfica, comprendida por costumbres y un patrimonio o acervo tradicional, lo que define al caso de Gualeguay. En el abordaje de los poetas y pintores gualeyos sostenemos, en cambio, la presencia de una región cultural, que es más bien una creación de tinte artístico, dinámica, con zonas de circulaciones y correspondencias
queabarca un espacio más bien impreciso, más imaginario o ficticio que geográfico, cuyos límites están dados por las voces que la narran y poetizan (Delgado, 2002: 345/366). Una región con producciones singulares, actividad que incluye no solo los tópicos o procedimientos retóricos y estilísticos sino también las modalidades de circulación y legitimación de esas producciones.
Sabido es que lo que hace a la universalidad del arte no es de dónde éste provenga sino hacia dónde llega:
Muchos son los escritores locales que, con espíritu de sistema, se proponen nacionalizar nuestra literatura. Hablo el lenguaje universal del arte, pero con tonada entrerriana. Claro está que esa tonada es un inocente matiz, una particularidad involuntaria. Lo nacional, lo provincial, lo comarcano, están en el principio, no en el fin. Se equivocan quienes los consideran rasgos que dependen de nuestro arbitrio. Todo lo diferenciado y único –desde la personalidad hasta el modo de articular un saludo– excede el campo de nuestra voluntad. Así como nadie adopta un pasado, nadie elige su voz. Hablo el lenguaje universal del arte, pero con sujeción a circunstancias que me preceden. (Mastronardi, 2010: 534)
I.3. Capital cultural y habitus
Aquellos que monopolizan el capital específico, que es
el fundamento del poder o de la autoridad especifica
característica de un campo, se inclinan hacia estrategias
de conservación, mientras que los que disponen
de menos capital (que suelen ser también los recién
llegados, es decir, por lo general, los más jóvenes)
se inclinan a utilizar estrategias de subversión.
Bourdieu, Sociología y cultura
La noción de campo supone una metáfora del espacio social; en ella se visibiliza la interacción entre individuos particulares que se sitúan en determinadas posiciones y construyen o siguen determinadas trayectorias.
El campo es el cuadro que enmarca las prácticas que ocurren en su interior y presenta reglas de juego específicas. Además, a cada campo lo define la circulación de un capital específico que se juega en las luchas por las posiciones dentro del mismo: a más capital mejor posición. Bourdieu (2002: 97/118) define tres grandes tipos de capital: económico –recursos monetarios y financieros–, social –que incluye el cúmulo de relaciones sociales y la pertenencia a determinados grupos y organizaciones que habilitan la participación en las decisiones de poder– y el cultural, definido por las disposiciones y hábitos adquiridos en el proceso de socialización. Al capital cultural, a su vez, lo conforman el capital adquirido a través de la educación y el conocimiento y el capital simbólico constituido por las categorías de percepción y juicio que permiten definir y legitimar valores y estilos culturales.
El capital simbólico, visto como un valor generador de autoridad, supone, para la mirada colectiva, una propiedad y un atributo obtenido dentro del campo intelectual. Ahora bien, la disputa por el capital simbólico dentro de un campo diferencia dos grupos de actores25: por un lado, aquellos que intentan preservar las estructuras vigentes a partir del monopolio del saber, por otro quienes prefieren subvertir el orden y democratizar saberes:
Aquellos que, dentro de un estado determinado de la relación de fuerzas, monopolizan (de manera más a menos completa) el capital especifico, que es el fundamento del poder dela autoridad especifica característica de un campo, se inclinan hacia estrategias de conservación –las que, dentro de los campos de producción de bienes culturales, tienden a defender la ortodoxia–, mientras que los que disponen de menos capital (que suelen ser también los recién llegados, es decir, por lo general, los más jóvenes) se inclinan a utilizar estrategias de subversión: las de la herejía. La herejía, la heterodoxia, como ruptura critica, que está a menudo ligada a la crisis, junta con la doxa, es la que obliga a los dominantes a salir de su silencio y les impone la obligación de producir el discurso defensivo de la ortodoxia, un pensamiento derecho y de derechas que trata de restaurar un equivalente de la adhesión silenciosa de la doxa. (Bourdieu, 1990: 110)
En la interacción dentro de un campo, los individuos aprovechan esos capitales o recursos con el propósito de lograr objetivos particulares, pues la acumulación de capital específico supone ocupar determinadas posiciones en el juego. Si pensamos en el caso gualeyo, los agrupamientos de creadores por edades o afinidades posibilitan diálogos y apropiaciones entre ellos y también con escritores, pintores e intelectuales porteños (se desarrollará en el Capítulo III las escenas y los intercambios). Al tiempo que disputan la escena con los “viejos” como los llama Mastronardi, refiriéndose a los escritores apoltronados en la comodidad del ámbito conservador de la ciudad.
Aquí, entra en escena otro concepto fundamental para la teoría de las prácticas de Bourdieu –prácticas que deben explicarse como la reciprocidad del sistema de relaciones históricamente construido–, que es el campo, con el sistema de relaciones que produce a los agentes de las prácticas, su habitus. Y éste es definido como:
25 El uso que le otorgamos al término creador y su intercambio por artistas o productores lo retomaremos en el capítulo III.
Sistema de las disposiciones socialmente constituidas que, en cuanto a estructuras estructuradas y estructurantes, son el principio generador y unificador del conjunto de las prácticas y de las ideologías características de un grupo de agentes. Tales disposiciones encuentran una ocasión más o menos favorable para traducirse en acto en una determinada posición o trayectoria en el interior de un campo intelectual, que a su vez ocupa una posición precisa en la estructura de la clase dominante (Bourdieu, 2002:107)
El habitus supone la internalización, por parte de un individuo, de las estructuras y formas de actuar de un campo específico, es lo social inscripto en el cuerpo; dicha inscripción posibilita el desplazamiento de ese individuo dentro del campo. A los modos subjetivos de pensar y percibir los determina la coacción ejercida por estructuras objetivas; por ello decimos que todo habitus está moldeado por las estructuras sociales. Así, las disposiciones que internaliza un individuo, se vuelven automáticas.
Las instituciones culturales, la familia y el espacio social en general actúan como transmisores de capital (de distintos tipo y sobre todo de capital cultural) y colaboran en la subjetivación de las estructuras sociales. Bourdieu (2003) explica, como ejemplo de lo dicho, que la competencia estética no se hereda, es, en cambio, efecto de la transmisión cultural ya sea por parte de la escuela como de la familia. Ambas instituciones contribuyen en la formación de una cultura considerada legítima. Al respecto, describimos en el primer capítulo de la tesis el contexto político y económico y la presencia de un tejido de instituciones diversas, todo lo cual conformó el ámbito propicio para producir y generar la circulación de bienes simbólicos.
El capital cultural –adquirido y simbólico– que poseen los agentes intervinientes en un campo –si pensamos en el campo cultural gualeyo hablamos de escritores, intelectuales, pintores– los habilita a enfrentar las normas dominantes –que son las establecidas y heredadas en las estructuras sociales y políticas– y su legitimidad se basa, justamente, en la idea de prestigio y autoridad dada por el tipo o los tipos de capital que ostentan. Un campo artístico cultural es capaz de imponer sus propias normas, por lo que el intelectual se enfrenta a paradigmas dominantes con la intención de subvertirlos, y esa táctica solo es posible desde el habitus, bajo sus reglas de juego se constituye la generación de prácticas transformadoras. Es decir que la relación entre el campo y el habitus origina un determinado orden social que es también, aun cuando el habitus reproduce la lógica del campo y las condiciones sociales, un espacio contra hegemónico.
Los productores de cultura que actúan por fuera de la lógica del Estado –ya sea en la figura de academia o instituciones que lo conforman– requieren de la posesión de un capital cultural que los habilite a actuar en el campo. E inclusive es necesario gozar de capital económico en forma de herencia o participar del derrame de la clase alta26. Alguno de los artistas surgidos en Gualeguay provenían de familias pertenecientes a una “pequeña burguesía local”, hecho que les significó cierta facilidad en sus inicios pero no la salvación de por vida, por lo cual en su decisión de marginarse de los beneficios económicos oficiales se incluye la decisión de llevar una vida sencilla y mantener trabajos estables –estatales o privados– que le redituaban un salario estable: Ortiz en el Registro civil, Emma Barrandéguy,
Amaro Villanueva y Carlos Mastronardi como periodistas en medios diversos, Antonio Castro decidió ingresar a la Marina de Guerra y recién después poner un taller y dedicarse a su arte. Hubo casos en que algunos de los artistas estuvieron becados por el gobierno, aunque en términos generales fueron becas provisorias y de estudio y no les generaron mayor capital económico posterior. Césareo Bernaldo de Quirós recibió una beca del gobierno nacional para viajar a formarse en Italia, luego de haber ganado el Premio Roma –distinción creada en 1663 que se concedía a jóvenes pintores, escultores y arquitectos–. La becaconsistió en una estancia de cuatro años en la Academia Francesa en Roma. Por su parte Roberto “Cachete” González fue subvencionado por el gobierno provincial para estudiar arte en Buenos Aires.
26 En el sentido práctico y cotidiano que se le otorga al concepto de clase alta, aquella que goza de la interacción de las variables de riqueza, poder y prestigio social.
En cierto modo, subvertir las reglas impuestas supone desviar las estrategias de dominación del poder; en ese sentido hablamos de la generación de tácticas tendientes a resistir la imposición hegemónica de toda estructura social. De Certeau (1997: 35/48) plantea que, en el escenario de lo cotidiano, en sus formas más diversas, se juegan la partida el poder – representado por las estrategias– y la resistencia a él –representado por las tácticas–. En ese contexto, la estrategia son acciones cuya finalidad es el poder y la totalidad, mediante la dominación y la imposición; mientras que la táctica es el recurso del débil para contrarrestar la estrategia del fuerte. Una usa la fuerza y la otra la audacia, pues la táctica debe actuar en terreno que le es ajeno y lo que le queda al dominado es operar desvíos en esos lugares ajenos en beneficio propio. Mientras que “la estrategia postula un lugar susceptible de ser circunscripto como algo propio y de ser la base donde administrar las relaciones con una exterioridad de metas o amenazas” (Ibídem: 42), la táctica “no tiene más lugar que el del otro. Además, debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza extraña” (Ibídem: 43).
De la lectura de diferentes archivos y documentos, que visibilizan las escenas de principios del siglo XX, puede comprenderse que los creadores del campo cultural de Gualeguay adquieren una voz autónoma respecto tanto del poder de la academia –por no formar parte de ella– como de los partidos políticos que detentaban el poder en la época: radicales y conservadores, puesto que defendían, en general, ideas de izquierda y se convertían de ese modo en librepensadores. Rosa (2012: 57 y 118) sostiene que la cercanía a esas esferas de poder y académicas dificultan la concreción de campos intelectuales autónomos del poder de turno, por ello Gualeguay es tierra fértil a diferencia de lo que (nunca) ocurre en Concepción del Uruguay, sede histórica del poder institucional, o Paraná, capital provincial. Aun así, el grupo de artistas gualeyos (cuyos nombres circulan en esta tesis) no estaban exentos de confrontar con presuntuosos que el poder político de turno ponía en escena y legitimaba con premios, actos académicos, puestos en instituciones y demás; ante esas estrategias espurias y conservadoras de manejo del poder los escritores y pintores construyeron tácticas que los diferencian de esos figurones y les abre la puerta a la concurrencia con otros campos:
Estos figurones eran inventados o por los "amigos de los caudillos políticos de turno" o por "los profesores académicos". Todo un sistema de relaciones familiares, sociales, que asfixia los modos de reconocimiento de los creadores. Los dos grandes centros de estudios de la provincia el Colegio Histórico del Uruguay y por otro lado el Instituto del Profesorado de Paraná se encuentran por estos años muy atados a una pugna de proyectos políticos pedagógicos que excluían (salvo honrosas excepciones que hemos estudiado en otros trabajos) la creación independiente, las estéticas de vanguardias (Rosa, 2010a:54)
Capítulo II
Gualeguay en los comienzos del siglo XX
Ahí estaba Don Tomás
ciñendo la verde relación para siempre, en el abrazo de los ríos,
con el nombre que le diera
bajo la inspiración de un aire, si, como una novia de las islas….
Don Tomás
de ala o de sombra sobre los que se creía más perdidos
para la experiencia primera…
del lado siempre de los peones contra los “vales” del sudor
y las trampas desde allá…
y de los domadores sin caballo, con dar ellos, continuamente,
“sedas” para los “tiros” y el “andar”…
Juan L. Ortiz, “El Gualeguay”
Gualeguay es diferente a las ciudades del interior entrerriano; es la más antigua y su nombre convoca un halo misterioso. Quien viaja desde la capital provincial puede hacerlo por la ruta nacional 12 o la provincial 11, en cualquiera de los casos, los arroyos y pueblos pequeños surcan el trayecto.
Lo primero que observa el viajero en la rotonda de ingreso a la ciudad es un enorme cartel que dice “Bienvenidos a Gualeguay, ciudad de la cordialidad”.
El ingreso al casco urbano nos enfrenta a calles angostas y a casas antiguas, que aún conservan su señorial prestigio. El parque Quintana, al este de la ciudad, es el balcón al río Gualeguay, el del famoso poema de Ortiz. En los alrededores hay alguna que otra fábrica abandonada y alguna más acusada de contaminar las aguas del mencionado afluente.
Las vías del tren que atravesaba la ciudad están en desuso, como la mayoría de las que existieron en la provincia, y sobre el playón de la estación de tren se construyó, en la década del ’90 el actual Corsódromo, una de las atracciones turísticas del lugar. El visitante que conoce los nombres célebres que poblaron la Gualeguay de antaño, imagina que encontrará a su paso las huellas de sus pasos; y así va por las veredas convocando presencias como los poetas a sus musas. Nada de eso ocurre porque la Gualeguay del siglo XXI poco tiene de la de hace un siglo atrás. Salvo el nombre de una biblioteca, un mural pintado en la pared de la Unidad penal y un par de bustos erigidos en conmemoración de alguno de los poetas gualeyos –como el de Juanele, al que corona una cruz en una caja de vidrio–.
El paseo por el río o por la enorme plaza del centro de la ciudad solo nos habla de un presente empobrecido y de un olvido lacerante. Quizás por haberla tenido “a la mano” es que al ciudadano de a pie parece importarle poco la historia que hace de su ciudad una tierra de poetas y pintores. Por esa razón es necesario reconstruir la historia de Gualeguay, como posible respuesta a por qué se consolidó allí un campo cultural y, también, como posible reflexión para entender este presente.
Narrar los acontecimientos no es cuestión menor, la narración nos permite componer las astillas de las que lo real se alimenta. Se necesita, además, una reflexión sobre eso que se narra. El espacio de reflexión sobre fenómenos y acontecimientos culturales es siempre un espacio híbrido, en el sentido de recibir aportes de diferentes campos y teorías, lo que rompe con el corset de lo disciplinar. Valoramos, en este punto, una concepción estructural de la cultura, que enfatiza tanto los aspectos de carácter simbólico de los fenómenos culturales, como el hecho de que tales fenómenos se inserten siempre en contextos sociales estructurados y con una historia particular. En ese sentido, entendemos que el contexto no es un contenedor pasivo de representaciones culturales sino espacios tiempo en los que los individuos construyen su comprensión del mundo en relación a contenidos culturales y a las necesidades y expectativas individuales y colectivas. El contexto proporciona los elementos significativos que acompañan a una cultura específica, en tanto red de significados (Geertz, 1996). En un corte sincrónico, adquiere relevancia la dimensión temporal de los hechos y sucesos del pasado, que le otorgan significados y valorizaciones a cuestiones de un determinado presente. John Thompson, en 1990, con su libro Ideología y cultura moderna. Teoría crítica social en la era de la comunicación de masas, realiza un cuidadoso análisis sobre los estudios de la cultura, retomando autores que han reflexionado teóricamente al respecto, y plantea que:
En su sentido más amplio, la reflexión sobre los fenómenos culturales se puede interpretar como el estudio del mundo socio-histórico en tanto campo significativo… de las maneras en que los individuos situados en el mundo socio-histórico, producen, construyen y reciben expresiones significativas de diversos tipos (aludiendo así) a una variedad de fenómenos y a un conjunto de preocupaciones que hoy día comparten analistas que trabajan en diversas disciplinas, que van de la sociología y la antropología a la historia y la crítica literaria (Thompson, 1998: 183).
27 Thompson refiere con el concepto de formas simbólicas al “amplio campo de fenómenos significativos, desde acciones, gestos y rituales, hasta los enunciados, los textos, los programas de televisión y las obras de arte” (1998: 205). Definidas de este modo, las formas simbólicas son construcciones mentales equivalentes a las representaciones sociales.
28 Los otros cuatro aspectos son: El aspecto intencional que plantea “la constitución de los objetos como formas simbólicas presupone que sean producidos, construidos o empleados por un sujeto para dirigirlos a un sujeto o sujetos, o que sean percibidos como si hubieran sido producidos así por el sujeto o sujetos que los reciben” (Ibídem, pág. 206). El sujeto que produce persigue ciertos propósitos y busca expresarlos mediante esas formas. El receptor percibe las formas como la expresión de un sujeto, con carácter significativo. Claro está que el “significado” de una forma simbólica o de sus elementos constituyentes, no es necesariamente idéntico a lo que el sujeto productor se propuso al producirla.
Sobre el aspecto convencional, Thompson explica que “la producción, la construcción o el empleo de las formas simbólicas, así como su interpretación por parte de los sujetos que las reciben, son procesos que implican típicamente la aplicación de reglas, códigos o convenciones de diversos tipos” (pág. 207). Estas reglas y convenciones son parte del conocimiento tácito empleado en el curso de la vida diaria, es compartido por más de un individuo y está siempre abierto a la corrección y sanción de los demás.
El aspecto estructural refiere a que “las formas simbólicas son construcciones que presentan una estructura articulada, compuesta de elementos que guardan entre sí determinadas relaciones, que pueden ser analizados” (pág. 210) El análisis de la estructura de una forma simbólica implica observar los elementos específicos y las interrelaciones de éstos que pueden distinguirse.
Por otra parte, las formas simbólicas son construcciones que típicamente representan algo, se refieren a algo, dicen algo, acerca de algo, esto sería el aspecto referencial. El término “referencial” es usado, tanto con un sentido general para definir cuando una forma simbólica puede representar algún objeto, individuo o situación, como con el sentido más específico en que una expresión lingüística puede referirse a un objeto particular.
La presente investigación en tanto abordaje de un campo cultural lo es también de las formas simbólicas27, que en él producen, transmiten y reciben sus intervinientes e intermediarios. Thompson (1998: págs. 205/206) distingue cinco aspectos intervinientes en la constitución de las formas simbólicas, de los cuales en el presente capítulo nos interesa28 particularmente, el aspecto contextual, el cual refiere al hecho de que las formas simbólicas se insertan siempre en contextos y procesos socio históricos específicos en los cuales, y por medio de los cuales, se producen y reciben; es decir que llevan siempre las huellas de las relaciones sociales características de tal contexto. Lo que son estas formas simbólicas, la manera en que se construyen, difunden y reciben en el mundo social, así como el sentido y el valor que tienen para los que las reciben, depende todo, de alguna manera, de los contextos y las instituciones que las generan, mediatizan y sostienen particularmente, el aspecto contextual, el cual refiere al hecho de que las formas simbólicas se insertan siempre en contextos y procesos socio históricos específicos en los cuales, y por medio de los cuales, se producen y reciben; es decir que llevan siempre las huellas de las relaciones sociales características de tal contexto. Lo que son estas formas simbólicas, la manera en que se construyen, difunden y reciben en el mundo social, así como el sentido y el valor que tienen para los que las reciben, depende todo, de alguna manera, de los contextos y las instituciones que las generan, mediatizan y sostienen:
Los enunciados y las acciones cotidianas, así como fenómenos más elaborados como los rituales, los festivales las obras de arte, son producidos o actuados siempre en circunstancias socio-históricas particulares, por individuos específicos que aprovechan ciertos recursos y que poseen distintos niveles de poder y autoridad; y una vez que se producen y representan estos fenómenos significativos, son difundidos, recibidos, percibidos e interpretados por otros individuos situados en circunstancias socio-históricas particulares, que aprovechan ciertos recursos para dar sentido a los fenómenos en cuestión. Vistos de esta manera, los fenómenos culturales pueden considerarse como si expresaran relaciones de poder, como si sirvieran en circunstancias específicas para mantenerlas o interrumpirlas, y como si estuvieran sujetos a múltiples interpretaciones divergentes y conflictivas por parte de los individuos que reciben y perciben dichos fenómenos en el curso de sus vidas diarias (Thompson, 1998: 202/203).
En tal sentido, consideramos vital para el análisis del objeto específico de estudio que nos compete –el campo cultural de Gualeguay entre los años 1925-1935–, construir un relato descriptivo de acontecimientos y acciones ocurridas dentro de un contexto histórico determinado, que a su vez ofrezcan las posibles explicaciones de la emergencia de tal objeto de estudio. De modo que, la descripción de los pormenores vinculados a la historia, la política, la economía, la sociedad, la cultura y la educación en la provincia de Entre Ríos, en general, y en la ciudad de Gualeguay, en particular, de fines del siglo XIX y principios del XX, son materia necesaria a la hora de responder la pregunta sobre por qué germina allí un campo cultural durante poco más de una década. Un análisis cultural, entonces, requiere tener en cuenta, por un lado, las acciones, objetos y expresiones significativas de diversos tipos y, por otro, los contextos y procesos estructurados socialmente en los cuales se insertan. Es decir: “los fenómenos culturales pueden ser entendidos como formas simbólicas en contextos estructurados, el análisis de la cultura puede interpretarse como el estudio de la constitución significativa y de la contextualización social de las formas simbólicas” (Thompson, 1998: 185).
La información histórica básica sobre Gualeguay nos dice que es una ciudad del sur de Entre Ríos, cabecera del departamento homónimo. Su nacimiento data de 1783, cuando Tomás de Rocamora funda la Villa San Antonio de Gualeguay Grande. Más que por su antigüedad, ya que es la primera con un emplazamiento formal en la provincia, y por sus carnavales, que supieron de épocas gloriosas, la ciudad es nombrada y renombrada porque allí surgieron poetas, pintores e intelectuales emblemáticos y de reconocimiento nacional e internacional; hecho que genera una pregunta ineludible ¿Por qué Gualeguay? No responde al interrogante decir que la tierra gualeya tiene un don especial, que hizo emanar genios de su seno; se estaría desviando la atención sobre causas y acontecimientos de orden histórico y político que posibilitaron la emergencia de figuras de artistas.
Es conveniente, entonces, remontarnos al siglo XIX, sobre todo a la segunda mitad, y analizar tanto el impacto producido por las inmigraciones de raíz europea como el desarrollo económico y social derivado de la actividad agrícola ganadera local. Remontarnos, incluso, a lo que fueron las primeras medidas vinculadas a la inmigración realizadas por quien fuera primero gobernador provincial y luego presidente confederacional: Justo José de Urquiza.
El general Urquiza fue elegido gobernador por la Cámara de Representantes de Entre Ríos en el año 1841. Las guerras civiles entre unitarios y federales –de las cuales Urquiza participaba activamente con su ejército– dejaban escaso tiempo para ocuparse de otros asuntos. Una vez concluida la campaña de 1847, el caudillo se pone al frente de la gestión que había delegado en Antonio Crespo y pone énfasis en las tareas que para él serán preponderantes y que, según consideramos, serán fundamentales para el desarrollo económico, social y cultural, del territorio entrerriano: la educación popular, las inversiones extranjeras y el comercio, y la inmigración. Éste último será un eje fundamental de la política de gobierno urquicista –tanto en su función de gobernador entrerriano como de presidente de la Confederación–.
II.1 La inmigración en Entre Ríos
El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea;
y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno
la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que
traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias
e introducir y enseñar las ciencias y las artes.
Art. 25, Constitución Nacional, 1853
Los primeros ensayos de una colonización29 organizada en Argentina comienzan por inspiración, y bajo el gobierno, de Urquiza. Más adelante, se creará en 1875 la Comisión General de Inmigración y en 1876 se dictará la ley N.° 761, llamada Ley de Inmigración y Colonización. Entre Ríos tiene el crédito de ser la primera provincia del país en la cual se afincó y sobrevivió una colonia; se trata de la primera colonia agrícola militar “Las Conchas”, que en 1853 funda el coronel Clemente, por mandato expreso de Urquiza; actualmente lleva el de Villa Urquiza en honor a su impulsor.
29 Desde 1810, el Río de la Plata fue una región atractiva para los europeos. Los españoles que residían por estos lares estaban acostumbrados a las luchas con los dueños de estas tierras. Los primeros europeos solo fueron atraídos por la aventura y una mejor posición dentro de la sencillez que ofrecía el suelo. A partir de 1830 se da una pequeña inmigración compuesta por gallegos y vascos que escapaban de los crecientes problemas de España, también del sur de Francia, algunos italianos garibaldinos y algunos alemanes. La “gran inmigración”, como se la llamó a partir de la Constitución Nacional de 1853, comenzó años después cuando las puertas se abrieron para lo que después se convirtió en un torrente de personas ansiosas de quedarse en estas tierras. El período que abarca este proceso está dado en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX (1860 – 1905), es la etapa de la mayor cantidad de inmigrantes que llegan al puerto de Buenos Aires y el Litoral (Wolf – Patriarca, 1996).
Luego de la colonia “Las
Conchas”, emplazada en las márgenes del Río Paraná, casi como un ensayo de lo
que vendrá, Urquiza dona tierras de su propiedad, cercanas al Río Uruguay, en
las que se funda la Colonia San José en 1857. La colonia más relevante instituida
en el territorio provincial será administrada por Alejo Peyret sobre las bases
de modernas ideas y técnicas agrarias. Los primeros inmigrantes llegaron a las
costas del Uruguay en julio de 1857 y se trataba de familias francesas,
italianas y suizas, quienes recibían unas hectáreas para su cultivo y los
elementos necesarios para su desarrollo (Guionet, 2007).
La Colonia San José no solo
emociona por la historia de inmigrantes llegados de tan lejos si no por lo que
fue ocurriendo y construyéndose hacia adentro de la comunidad, lo que la
transforma en una experiencia de radical vanguardia en cuanto a la ideología
política, social y económica. Los primeros años del siglo XX constituyen un
momento de esplendor para las ideas libertarias, en Europa y en Argentina
también. Los inmigrantes llegados a nuestro país traen consigo las semillas
libertarias, que luego siembran en diferentes esferas de la práctica humana.
Entre Ríos no es ajena a esa siembra, incluso es pionera en varias experiencias
vinculadas al anarquismo. Una de ellas tiene como escenario la Colonia San
José, allí se funda y organiza el primer falansterio en tierras
latinoamericanas. El creador de esta comunidad se llamó Jean Joseph Durando,
inmigrante de la región del cantón del Valais, y su idea, inspirada en François
Fourier, se basaba en una comunidad que viviera del trueque (Guionet, 2007).
El falansterio de la Colonia San José fue una experiencia precursora y consistía en una asociación voluntaria de familias que vivían en comunidad. A la manera de una cooperativa, ingresaba el que quería y estaba dispuesto a vivir de ese modo. El predio en el que se asentaba el Falansterio tenía doscientas hectáreas. En ellas se producía casi todo lo que se consumía: se sembraba y cosechaban hortalizas, viñedos, árboles frutales, con lo cual se elaboraban vinos, orejones, licores, grapa, conservas, dulces. Además se instaló un molino harinero, una ladrillera, se fabricaban y vendían vehículos de transporte, hacían reparaciones, había carpintería, herrería, zapatería. La ropa se confeccionaba para todos los habitantes de la Colonia, todos trabajaban para la comunidad por lo cual no existía la moneda.
Diversos testimonios
manifiestan que Durando promovía el desarrollo de un nuevo compromiso con la
fe, no a las ligaduras dadas por la religión. Lo que le generó no pocas
diferencias con la Iglesia Católica, quien combatía al Falansterio por
considerarlo “espiritista” e incluso logró que muchas familias se desvincularan
de él. A diferencia de la reacción de la Iglesia, en el Falansterio no existía
la discriminación religiosa, ni social.
No solo del trabajo se
trataba la comunidad, también se preocuparon por la educación. En el
Falansterio funcionaba una escuela denominada de Primeras Letras, Artes y
Oficios, a la que asistían mujeres y varones para aprender oficios, música y
matemática. La originalidad es que se estudiaba lengua en dos idiomas: francés
y castellano. Hay diferentes anécdotas de esa comunidad, que relatan los
vecinos de San José. Una de ellas relata la existencia de un barón rampante en
el falansterio –al estilo del personaje de Ítalo Calvino, cuyo argumento es
absolutamente anarquista: apología de la autogestión y coherencia de las ideas
de uno mismo–, un joven que decidió vivir en el árbol y de hecho vivía allí y
tenía un tarro para las necesidades y una canasta, que bajaba y alguien le
alcanzaba la comida. La comunidad lo aceptaba.
La Colonia San José desapareció en 1916, no muchos años después del fallecimiento de Durando. El emprendimiento colonizador de Urquiza se continuó tras su muerte con la creación de colonias agrícolas ya sea en tierras privadas o públicas compradas para ese propósito, por iniciativa del gobierno nacional o provincial o parte de propuestas privadas. Entre 1880 y 1899 se crearon alrededor de ciento ochenta colonias, lo que incrementa la población con miles de inmigrantes de origen europeo en su mayoría. Es así que, en 1878 llegaron los primeros grupos de alemanes del Volga que, primero, formaron aldeas en la colonia General Alvear, del departamento de Diamante y luego, se distribuyeron por toda la provincia. A fines de la década de 1880 comenzaron a llegar las colectividades judías30 que fundaron colonias ubicadas sobre todo en el centro de la provincia. Arribaron también contingentes de españoles e italianos, que vinieron a poblar Entre Ríos, así como otros rincones del país.
Puede afirmarse que la
sociedad entrerriana cambia su perfil después de la batalla de Caseros en 1852,
ésta provoca una revolución en diversos aspectos, que van desde una
organización constitucional, al hecho de tener la capital de la Confederación
en la provincia, lo que requiere reformas inmediatas como la construcción de
viviendas y hospedajes. Inmediatamente la provincia comienza a recibir colonos
europeos, lo cual señala el comienzo de una etapa nueva. El censo de 1824 en
Entre Ríos muestra una fuerte presencia criolla y de población venida de otras
provincias. En tanto que el censo del `69 observa una población proveniente de
muchos países, sobre todo Italia, Francia, Suiza, España, etc. (Gianello, 1951).
La ciudad de Gualeguay fue fundada, como quedó dicho, por Tomás de Rocamora, el 19 de marzo de 1783. En sus comienzos la ciudad comprendía unas sesenta manzanas y alberga unos 150 pobladores, la mayoría de origen italiano. Aunque los inmigrantes itálicos sobrepasaron en cantidad a otras nacionalidades, en la zona de Gualeguay y Gualeguaychú fue prominente la inmigración de origen vasco que comenzó mucho antes, aproximadamente en 1830 y se continuó hasta la década de 1930 aproximadamente (Marcó, Mihura, Laurencena, Barrandéguy, Pradere, Parachú, Berruet, Ormaechea y Luro son alguno de los apellidos representativos de las regiones del País Vasco en Gualeguay). Si bien la mayor afluencia de inmigrantes vascos a Argentina se dio a fines del siglo XIX y principios del siglo XX; la primera etapa inmigratoria se inició en 1835 y gran parte de los colonos vascos ingresó al país a través de Entre Ríos, razón por la que muchos decidían quedarse en tierras del sur entrerriano.
30 Alberto Gerchunoff es el escritor, nacido en Ucrania y tempranamente emigrado a nuestro país con su familia, que mejor plasmó las vivencias de las colectividades judías en suelo entrerriano, en su célebre libro Los gauchos judíos, de acertada publicación en el Centenario de la Patria, cuyo leitmotiv fue la construcción de una identidad nacional.
La descripción realizada en
párrafos precedentes respecto de las colonias instaladas en suelo provincial
puede generar una idea casi utópica del poblamiento y los vínculos de los
inmigrantes con sus tierras. Es cierto que, sin dudas, la fundación y
organización de colonias en las que cada colono inmigrante poseía un
determinado número de hectáreas determinó una distribución de la tierra más
equitativa que en zonas como Buenos Aires; sin embargo, Gastón Gori expresa que
a pesar de la masividad e importancia de la colonización en Entre Ríos, ésta no
aseguró una democracia distributiva del territorio, y cita, para justificar su
argumento, a Jacinto Oddone quien en su libro, La burguesía terrateniente
argentina de 1936, consignaba que en la provincia, en 1930, cuarenta personas
poseían un millón trescientos treinta y ocho mil setecientos cuarenta y nueve
hectáreas, es decir, un promedio de treinta y tres mil cuatrocientos sesenta y
ocho hectáreas cada una. El propio Urquiza es claro ejemplo de terrateniente
local 31. Ese patrón de posesión de la tierra hace posible, desde fines del
siglo XIX y principios del XX, la conformación de una oligarquía local en Gualeguay,
con riquezas y contactos políticos suficientes como para detentar su poderío y
establecer sus propias pautas sociales. El esquema social no se diferenciaba de
lo que ocurría a nivel nacional, quizás sí los hechos ocurrían con cierta
morosidad, en donde las libertades eran más bien ilimitadas en el orden social
pero limitadas en lo político (al menos lo fueron hasta la sanción de la Ley
Sáenz Peña en 1912) y un grupo de “habitantes dotados de la ética del
productivismo protagonizarían su carrera económica tutelados políticamente por
una elite” (Terán, 2008).
31 Dice el historiador paranaense Juan Vilar (2016) respecto de Urquiza: "Se considera que tuvo alrededor de un millón de hectáreas, desde la década del 40 hasta su muerte. Las heredaron sus hijos e hijas, y ya divididas las estancias de Urquiza, las conservaron sus descendientes. Por ejemplo la estancia San Pedro, de la que terminó siendo propietario el general Luis María Campos. De ahí los Campos Urquiza. O la estancia Santa Cándida, donde hay un palacete, que terminó quedando en manos de los Sáenz Valiente. Y descendientes de Urquiza fueron los que donaron las tierras acá sobre las barrancas del Paraná, donde Bertozzi después realizara el Parque Urquiza".
II.2. La oligarquía ganadera local y el Puerto Ruiz
¿Por qué pues de aquella prosperidad de nuestros abuelos,
de aquel trueque social y comercial, de aquellos
cueros salados
y triduos de San Antonio vinimos a ser muchas familias
fundidas?
Emma Barrandéguy,
Habitaciones.
El Centenario de la Patria encontraba a Entre Ríos consolidada en el desarrollo económico y el progreso social:
Su población llegaba al medio millón de habitantes; la propiedad raíz señala una constante y creciente valorización; el trabajo de sus hijos extendía su esfuerzo en la amplitud de fecundas sementeras que cubrían
617 mil hectáreas; el intercambio de su comercio nacional e internacional dejaba un gran saldo favorable y crecían sus industrias casi con el mismo ritmo febril con que aumentaban sus escuelas… Los datos estadísticos publicados en 1910, demostraban cuán firme y constante era su progreso. (Gianello, 1951: 534/535).
Hacía 1910, el Centenario de la Patria, la ganadería (de vacunos, ovinos y equinos) era la actividad más importante en Gualeguay, tanto por la cantidad de cabezas en pie como por el rédito que ésta dejaba, y se mantenía en franco crecimiento. La actividad agrícola, en tanto, no le perdía pisada y ascendían a más de 85 mil las hectáreas sembradas con lino, trigo, avena, cebada, entre otros cereales. Del Puerto Ruiz salían, por año, más de 160 buques cargados con productos de exportación. El valor de las exportaciones, calculadas en precio oro, fue durante el año posterior al Centenario de 5.047.763.92 32. “Es la furia del trigo, todos quieren sembrar trigo, dice mi padre. Los colonos son todos franceses o italianos”, le hace decir Barrandéguy (1986) a un personaje en su autobiografía.
La actividad ganadera era la
principal actividad económica en Gualeguay ya desde mediados del siglo XIX. A
fines del siglo, se sumó la agricultura, promovida por los inmigrantes que
llegaban. Así, la ganadería, el establecimiento de colonias agrícolas y las
nuevas industrias, hicieron de Gualeguay, hacia comienzos de 1890, un
importante centro económico. Los avisos publicitarios del diario “La Discusión”
del año 1888 reflejan el desarrollo de la actividad agraria en los campos del
Departamento, además se publicitan casas comerciales de Buenos Aires, lo cual
habla de una plaza sustentable. Del mismo modo, desde los primeros años del
siglo XX el diario El Debate presenta en sus pocas páginas gran cantidad de
publicidad de empresas ganaderas, frigoríficos, consignatarias de hacienda,
insumos para el agro en general. Gianello (1951: 521) expresa: “Durante el año 1899, trabajaron cinco
saladeros que faenaron 158.086 cabeza de ganado. Las estadísticas de la
producción dieron cifras alentadoras y era evidente que la provincia atravesaba
por una próspera etapa de su vida económica”.
La poeta y novelista Emma
Barrandéguy es, además, una narradora fundamental de los primeros años del
siglo XX en Gualeguay. En dos libros suyos aparece descripta y relatada la
sociedad, la cultura, las luchas políticas, las cuestiones económicas de la
época: Crónicas de medio siglo y su novela autobiográfica Habitaciones. La
escritora nos dejó material suficiente para explorar el pasado gualeyo, y los
acontecimientos que interesan a la investigación por su íntima ligazón con la
conformación de un campo cultural local. Acontecimientos vinculados a las
actividades agrícolas ganaderas de Gualeguay y a las comunicaciones
comerciales:
Los barcos unían Entre Ríos con la Capital y con Rosario en un constante trueque. Libre navegación de los ríos decían en la escuela. Las colonias, como llamaban los ganaderos tradicionales a los campos cultivados por los gringos, eran extensas e importantes; el tránsito de la primera trilladora por el pueblo de mi infancia era permitido con orden municipal y sellos. Chicos y grandes aplaudían el ruido de esas ruedas sobre el empedrado…” (Barrandéguy, 2002: 22)
32 Datos consignados en el documento oficial: “El Estado de Entre Ríos. Álbum gráfico y exposición sintética de sus elementos de progreso”, del año 1911, en la sección dedicada a Gualeguay.
En otro pasaje escribe sobre la fluidez del comercio tanto nacional como internacional que se desarrollaba en la Gualeguay del XIX, factor fundamental para entender la autonomía que tempranamente se cimenta en la organización social y económica de la pequeña ciudad de provincia:
Si releo los papeles de comercio dejados por mis
abuelos y aún las cartas de familias, en los alrededores de1860, observo que en
ese comienzo de la organización nacional el intercambio de las provincias con
la capital, y aun con el exterior era intenso. Una variedad de trigo cultivada
por mi abuelo, en Entre Ríos, llegó a sacar premio en una de las primeras
exposiciones rurales y a salir en la primera página en la sábana de cuatro
hojas que era por entonces La Nación. Es claro que La Nación era el órgano de
los “que promovían” el trigo según convenía que se plantara a la hábil madre
patria británica. (Barrandéguy, 2002:
21).
Puerto Ruiz se encuentra en
la localidad de nombre homónimo, distante
Los datos que pueden recabarse respecto del Puerto Ruiz dan cuenta del floreciente comercio exterior que tenía la provincia en general y Gualeguay en particular 34. Por ejemplo, en octubre de 1890 el bergantín “Secundet” partió con rumbo a La Habana cargado de 213.390 kilos de carne de tasajo proveniente de los saladeros más importantes de la zona, el “San José” y el “San Bernardo”. Los saladeros eran una industria próspera, aun desde la primera mitad del siglo XIX, fomentada por una Ley provincial de 1835 (Saavedra, 2010). Tanto es así que en la zona de desembocadura del Río Gualeguay existían tres grandes saladeros: “Puerto Ruiz” (fue el primero, creado en 1840 por un grupo de vascos recién llegados al lugar: Mihura, Parachú, Laurencena, Marcó) “San José” y “San Bernardo”. Justo José de Urquiza no solo era general, gobernador entrerriano y, luego, presidente de la Confederación, era también uno de los empresarios saladeristas más importantes de la provincia a mediados del siglo XIX, si se tiene en cuenta el número de empleados con los que contaba su establecimiento Santa Cándida y la cantidad de reses que se faenaban diariamente, según consta en la documentación del Archivo Histórico que preserva documentación histórica de Urquiza y que se encuentra en el Palacio San José. Los establecimientos saladeriles transformaron las haciendas en productos transportables a los mercados de consumo, movilizando la riqueza estancada y dándole un valor que hasta entonces no tenía (Monzón, 1929: 7/15).
33 La casa en la que nació Juan Laurentino Ortiz, en 1896, aún se conserva en su construcción original.
34 Sobre esta etapa a nivel nacional, Romero
puntualiza: “El comercio exterior, que en 1861 tenía un volumen total de 37
millones pesos, ascendió a 104 millones en 1880,sin que todavía hubiera
alcanzado a tener sino escasísima importancia en exportación de cereales, cuya
producción apenas comenzaba a sobrepasar el nivel de autoabastecimiento de
harina” (1965: 67).
Además del puerto era vital el aporte de las vías férreas que desde fines de la década de 1880 aumentaban a un ritmo elevado: “Los ferrocarriles tenían en la Provincia una gran actividad, demostrada por los siguientes datos estadísticos de 1906 en que trasportaron: 202.320 pasajeros, 185.797 toneladas de cereales, 115.554 cabezas de ganado y 193.846 toneladas de carga general” (Gianello, 1951: 529)
El epígrafe con la cita de
Emma Barrandéguy elegido para acompañar el actual subtitulo nos ofrece un
panorama desolador muy diferente a la descripción de los párrafos precedentes,
en el cual el brillo de las épocas doradas del Puerto Ruíz se perdió por
completo. Efectivamente, hacia la década del cuarenta, el auge de la actividad
ganadera y agrícola y el esplendor del Puerto fueron menguando hasta
desaparecer. Situación coincidente con lo que ocurre en el escenario económico
y político nacional, donde el poder de la oligarquía terrateniente se ve
disminuido desde los últimos años del ´20 (aunque no desaparece nunca por
completo) y, sobre todo, en la década del ’40, la cual marcará el ingreso de
una nueva clase en el horizonte político, social y, por ende, económico del
país (Romero, 1965: 90/96; Cattaruzza, 2001).
II.3. Ámbito político y cultural
“El siglo XX, que a semejanza del XIX aún confiaba
en el progreso incesante, había comenzado a
multiplicar
y trasladar la voz humana. Así, Gualeguay pudo sumarse
a los auditorios que en todas las grandes capitales,
aplaudían al sublime tenor Caruso.”
Carlos Mastronardi, Memorias
de un provinciano.
Después de la muerte de
Urquiza la provincia de Entre Ríos se sumió en una guerra civil entre
jordanistas y urquicistas que la mantuvo en vilo durante años. La pacificación
estuvo en manos de Ramón Febre, quien fue elegido gobernador en
A principios de 1900 en
Gualeguay, al igual que en el ámbito nacional y provincial, tienen vigencia las
ideas políticas de tinte liberal, con la Unión Cívica Radical liderando las
gestiones invariablemente. Lo que trae aparejado un ideario de progreso social
y divulgación de esas ideas. Rosa (2010: 30) explica que las familias más ricas
de la zona, parte de la oligarquía provincial, participaban activamente de las
disputas políticas a nivel nacional y, en sintonía con los proyectos
nacionales, los gualeyos se comprometen con los ideales radicales o
conservadores que promulgan una transformación social. La clase trabajadora del
campo, los pequeños colonos –vascos, italianos y criollos– creían en el
proyecto de la UCR (Barrandéguy, 1986: 30). De hecho en la provincia triunfa
tempranamente el radicalismo, en 1912, con la estrenada ley Sáenz Peña y con
tres candidatos a diputados nacionales gualeyos.
En la última década del siglo
XIX y la primera del XX fueron notables los progresos observados en materia de
obras públicas en la ciudad de Gualeguay: empedrado de las principales calles,
la construcción del Mercado de Abasto, camino carretero a Puerto Ruiz, puente
sobre el río Gualeguay, comienza la construcción del ramal ferroviario
Gualeguay-Tala, instalación del Registro Civil, instalación de una línea de
tranvías y construcción de la Casa Municipal (Vico, 1972: 76). El alumbrado
eléctrico llegó apenas iniciado el año 1904. En tanto, el ferrocarril que unía
la localidad con Buenos Aires, quedó concluido en 1906 (Mignone, 2013: 6/31).
El tan mentado progreso en el
orden social emergente de las políticas públicas en Entre Ríos fue acompañado
desde sus inicios por un interés proporcional en la enseñanza pública, laica y
gratuita. También, tempranamente, la sociedad civil se pone al frente de la
construcción de la esfera cultural. En este punto, consideramos adecuado
subrayar que el concepto de cultura es extenso, amplio y tiene usos diversos,
por lo pronto nos interesa la definición que desde una sociología marxista
ofrecen Altamirano y Sarlo (1980: 19), quienes la definen como el conjunto de:
…los objetos simbólicos y sus leyes de constitución, transmisión, consumo y la estructura conceptual y material del campo en el que son producidos y circulan: la cultura en su sentido consagrado de arte, filosofía, usos y costumbres estéticos, formas de la experiencia artística y modos que asume la educación humanística. Pero también la cultura como espacio en el que conviven (no siempre en armonía) las producciones elevadas y las populares, las obras de autor y las anónimas, el patrimonio de la historia y las innovaciones evocadas por los cambios sociales.
Por otra parte, y desde los estudios culturales, Szurmuk y Mkee Irwin (2009: 71/75) observan a la cultura como un espacio simbólico donde se tejen relaciones de poder, tanto en una jerarquía vertical como desde la dinámica reticular –definida por Foucault– en la que a cada foco de poder se le opone uno de resistencia: “la cultura está asociada a los discursos hegemónicos y al mismo tiempo a los que desestabilizan dicha hegemonía…” En ese sentido, lo concerniente al ámbito de la cultura es intrínsecamente inestable para su análisis pues no se trata de un corpus cerrado de elementos sino que aparecen siempre tensiones internas que lo definen.
La sociedad gualeya de principios del XX no es ajena, como lo explicita Mastronardi en el epígrafe, a las modas y novedades artísticas. El hecho de que un grupo o los diferentes grupos sociales accedan a bienes culturales, disfruten de espacios en los que se produzca cultura, está emparentado con la existencia de una práctica internalizada, en palabras de Bourdieu, un habitus. Las políticas de Estado, ligadas al pensamiento ilustrado y la oligarquía, propiciaron políticas de educación con el fin de afianzar la ciudadanía y el progreso, lo cual posibilitó –aunque sea por efecto rebote– las decisiones libres por parte de los individuos en torno a los consumos culturales. En El sentido social del gusto, Bourdieu (2010) explicita, respecto de la frecuentación de un individuo con la cultura:
Si es verdad que la práctica cultural se relaciona estrechamente con el nivel de instrucción, es evidente que elevar la demanda lleva a elevar el nivel de instrucción, la educación artística, es decir la acción directa de la escuela, lo que de todos modos deja de lado la acción indirecta de la enseñanza. La acción sobre la oferta no puede reemplazar la acción – fundamental– sobre la demanda, y solo puede haber una función de facilitación (que reduzca la separación entre oferta y demanda), entre el nivel cultural objetivo de las obras ofrecidas y el nivel de las expectativas (creadas por la educación). (Bourdieu, 2012: 48/49).
Vinculado a eso, en la Gualeguay de la primera mitad del siglo XX se observa una estrategia de intervención en la esfera cultural, mayoritariamente desde el ámbito privado aunque también desde la gestión pública. Es posible leer una cierta idea de política cultural destinada a la ciudadanía y al desarrollo social. Se entiende por políticas culturales al conjunto de operaciones, principios y procedimientos de gestión administrativa y presupuestaria que lleva adelante un gobierno y que sirven como base para la acción cultural. García Canclini las entiende como:
el conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación social (…) La función principal de la política cultural no es afirmar identidades o dar elementos a los miembros de una cultura para que la idealicen, sino para que sean capaces de aprovechar la heterogeneidad y la variedad de mensajes disponibles y convivir con los otros. (García Canclini, 2005: 74).
En el ámbito cultural es muy evidente la influencia de la inmigración –así como luego lo será la de las familias de “posición acomodada” que actuarán casi como mecenas del arte y de los creadores– en la constitución de instituciones pioneras para el progreso de la sociedad local. Entendemos por instituciones sociales “conjuntos específicos y relativamente estables de reglas y recursos, junto con las relaciones sociales que son establecidas por ellas y en ellas” (Thompson, 1998: 222). Caracterizan a estas instituciones ciertos tipos y cantidades de recursos, y están regidas por determinadas reglas, convenciones y esquemas flexibles que gobiernan tanto el uso de los recursos como las acciones de los individuos que la componen.
Las asociaciones civiles coexistieron en la Gualeguay de fines del siglo XIX y principios del XX y se complementaron en búsqueda del desarrollo cultural y una idea de progreso social señalado por él. Pueden destacarse el teatro “El Nacional”, fundado en 1891, que se convirtió rápidamente en espacio de circulación de espectáculos de interés general (en 1910 el edificio sufrió un incendio que lo inutilizó en su totalidad 35), la Sociedad de Socorros Mutuos “La Argentina” de 1865, ámbito en el cual nace la Sociedad de Fomento Educacional, institución señera en la divulgación de la cultura y la educación a través de la Biblioteca Popular y el Club social, lugares que visitarán destacadas figuras del quehacer cultural y artístico del país; además de ocuparse permanentemente de brindar ayuda a estudiantes de familias de clase baja a través de becas de estudio (Vico, 1972: 273).
Además y como ejemplo de
arraigo de la cultura italiana en Gualeguay señalamos la temprana conformación
de la Sociedad Italiana en el 1868, que luego fundará y consolidará el Teatro
Italia en 1903, el cual será escenario de interesantes veladas dedicadas al
cine y al teatro. El Italia contaba con un público heterogéneo, sus fundadores
eran inmigrantes e hijos de inmigrantes quienes conformaban la clase media y se
habían enriquecido por medio de la faena agrícola, o en la actividad comercial.
Pasaron por ese coliseo el orador y poeta Belisario Roldán, el payador Gabino
Ezeiza, el escritor Juan
35 El incendio del nacional conmocionó a la sociedad gualeya pues había sido fruto del trabajo solidario de los ciudadanos por la cultura: “Diecinueve años continuados deleitó e Teatro Nacional a nuestros abuelos, permitiéndoles gustar obras famosas de la escena mundial, representadas por compañías de verdadera jerarquía artística. Jueves y sábado la sala, plateas, palcos y paraíso colmábanse de un público ávido de solazarse con las interpretaciones. Con la aparición del cinematógrafo el Teatro nacional comenzó también a proyectar películas” (Vico, 1972: 292)
Por su parte, los espacios
frecuentados por la clase más encumbrada eran El Club Social, Confitería El
Águila y el Jockey Club. En esa época la llamada aristocracia argentina poseía
las tierras como capital económico y la inclusión dentro de esa clase social se
medía por la cantidad de hectáreas de las cuales se era propietario. Carlos
Mastronardi describe aquel ámbito:
A fines del siglo pasado y comienzos del nuestro,
además de un teatro de vastas dimensiones, cuyo incendio nocturno presencié,
había en el pueblo tres o cuatro centros sociales donde los vecinos se
agrupaban según las categorías o los preconceptos vigentes. Esos centros les
permitían gratas expansiones después de una dura semana de trabajo. Regidos por
normas que sin duda venían de muy lejos –quizá de la Edad Media– el más
importante era sólo frecuentado por terratenientes y profesionales; en los
otros se reunían los artesanos y especieros minoristas. (Mastronardi, 2010: 314)
La importancia de las instituciones mencionadas radica en el efecto de sus acciones y proyectos, que es la emergencia de un campo cultural y una élite intelectual que marcaría para siempre la historia de Gualeguay. Retomando la idea del análisis cultural como un estudio del carácter simbólico de la vida social, Thompson puntualiza que el mismo puede combinarse con la descripción sistemática de los modos en que las formas simbólicas se insertan en determinados contextos sociales organizados y, en ese sentido, la contextualización social que toman las formas simbólicas requiere prestar atención a los “aspectos espacio-temporales, la distribución de los recursos en campos de interacción” (Thompson, 1998: 240), y a los modos en que se transmiten las formas simbólicas, los productos culturales.
La actividad periodística fue
muy prolífera en Entre Ríos en general y en Gualeguay particularmente, lo cual
propició en los intelectuales y ciudadanos comunes el gusto por la lectura
(Vázquez, 1970: 188/189). Del mismo modo que ocurrió a nivel nacional, los
diarios locales garantizaron un público lector para los escritores locales y un
espacio de profesionalización que consolidará su rol social (Rosa, 2008: 204):
El periodismo especializado en literatura comienza a otorgar importancia a las demandas de los nuevos lectores, y así adquiere un lugar de relevancia para la gestión del nuevo perfil profesional del escritor de comarca, muestra del cual son la proliferación y envergadura que adquieren los suplementos literarios en estos años (…) Este proceso de autonomía de la escritura periodística literaria es una de las plataformas para lograr legitimidad de los escritores locales, que debían luchar contra el imaginario de la inadaptabilidad del escritor a las normas sociales. (Ibídem) 36.
La primera imprenta en Entre
Ríos ingresó en
El primer diario que se funda
(aunque existieron otras divulgaciones anteriores no funcionaban con la
institucionalidad de un diario) en Gualeguay data de 1901: El debate,
perteneciente a una familia radical, que nace con el lema: “Sostiene los
principios del Partido Radical Intransigente”, el cual se modifica en 1916 por
uno más amplio: “Sostiene los principios de la Unión Cívica Radical”, para
convertirse tras el Golpe militar del ’30 en un lavado “Diario de intereses
generales”. Desde sus comienzos, en el matutino encuentran su lugar noticias
internacionales, nacionales, provinciales y locales, de índole política,
económica, social y cultural.
El diario no solo tenía una mirada respecto de lo local, sino que también visibilizaba acontecimientos de relevancia mundial, priorizando las ideas políticas de izquierda o liberales. Es así que sus páginas son un muestreo de la situación política a nivel mundial, del gobierno de Irigoyen, Alvear y Uriburu más adelante, junto al panorama de las actividades económicas relacionadas, por ejemplo, al precio del lino y las exportaciones de carne; además de las variadas tertulias que se realizaban prácticamente todas las noches gualeyas (sea en el Club social o en el Teatro Variedades). Por ejemplo, en julio de 1936, tras la muerte de Máximo Gorki –escritor y político revolucionario ruso, fundador del movimiento literario denominado realismo socialista-, El Debate publica una nota en su memoria en la que destaca “el amor al pueblo sufriente” como cualidad sobresaliente del escritor marxista.
36 Rosa realiza un análisis de Paraná entre las décadas del ’30 y el ’40, del siglo XX, sin embargo hay puntos relativos a la realidad provincial y, también, articulación con el campo gualeyo debido a los puntos de contacto entre los artistas.
Además de El Debate, otros de
los numerosos periódicos publicados por aquellos años son: Tribuna, El
Nacional, Justicia, La Realidad y La Voz del Pueblo; las revistas Arco iris,
Vida Nueva, La Verdad, La Opinión, Evolución.
En varias de esas
publicaciones participaban con asiduidad algunos de los artistas mencionados en
esta investigación (Beracochea, 1979: 22). El oficio de periodista convivía
habitualmente con el de poeta o narrador:
La figura del “escritor-periodista” es, en este
sentido, una variante de politización al interior del campo literario donde,
distanciándose de aquellas posiciones auto-representadas como “apolíticas” o
más abiertamente “estéticas”, combina géneros (poesía, nota periodística,
reseña crítica, prosa, dramaturgia), formatos de difusión (revistas culturales,
folletines, prensa de pequeña tirada, pasquín, grandes diarios) y acciones de
institucionalización (sindicalización, asociaciones culturales, sociedades de
fomento) sin las restricciones simbólicas (y materiales) que “los literatos
puros” suelen aducir (Sapiro,
2003:646).
El caso de Emma Barrandéguy es uno de los ejemplos, surgidos del campo gualeyo, de escritora-periodista, pues en su juventud en la ciudad de Gualeguay colaboraba en el diario Justicia (dirigido por un militante de la UCR), luego trabajó como redactora en el Crítica, de Natalio Botana, y a su regreso a Gualeguay, tras su jubilación, publicó semanalmente durante treinta años –desde 1976 hasta poco antes de su muerte– una columna en El Debate Pregón (nombre que adquiere tras la fusión del tradicional El Debate con el periódico Pregón, ocurrida en 1975). Tema que será ampliado en los siguientes capítulos.
Los periódicos ocuparon un
lugar relevante dentro de las prácticas culturales e intelectuales de la época.
De algún modo, los periódicos daban cuenta del crecimiento de la ciudad y del
ritmo urbano. Un análisis del archivo37 que se conserva de aquella época
permite visualizar cómo los diarios estaban poblados, más que de noticias, de
información vinculada a los acontecimientos sociales, economía local, lugares
de diversión y socialización, es así que espacios públicos, comercios,
espectáculos y habitantes comunes ocupaban un lugar de relevancia en las
páginas de aquellas publicaciones; en definitiva las publicidades del orden
social y cultural y de bienes económicos establecen una modalidad que nos
permite configurar el espacio geográfico de entonces.
El planteo de que la ciudad
de Gualeguay puede ser leída (Fritzsche, 2008: 30/35) a través de la prensa
implica que ésta le brindaba al lector mapas cognitivos y sociales que les
permitían andar la ciudad, de modo que habitarla y leer acerca de su propia
vida urbana se convirtieron en actividades cada vez más vinculadas entre sí. Lo
mismo pudo haberse dicho de la cosmópolis porteña y no existe extrañeza en tal
hecho, sin embargo que una ciudad de provincia –sin ser siquiera capital de
ella– posea tal densidad y flujo de publicaciones periódicas –diarios y
revistas, en general– habla de un hecho particular y novedoso: los diarios más
populares de aquel momento hicieron de la propia ciudad el centro de su interés
periodístico.
La relación entre la ciudad como espacio y la ciudad como relato realza la fascinación. Desde siempre, los documentos escritos y la existencia urbana han ido de la mano. Esa correspondencia creó un orden simbólico imaginario que fue tan importante como la ciudad en sí… (Ibídem, 2008:17)38
37 En Gualeguay existe, además de la hemeroteca de la Biblioteca Popular “Carlos Mastronardi” que conserva colecciones riquísimas de los periódicos de fines del siglo XIX y principios del XX, el archivo particular del diario El Debate Pregón contiene todos los diarios desde su surgimiento hasta la fecha, además fue parcialmente digitalizado: los ejemplares impresos desde el año 1901 al 1925. (Actualmente, el archivo del periódico, desde sus inicios hasta el año 2010, aproximadamente, se encuentra bajo custodia del Instituto Leloir).
En los diarios gualeyos conviven la idea del periódico como formador de ciudadanos ilustrados y comprometidos y el propósito del diario como medio de acceso a información relevante para la vida del sujeto urbano. En este sentido, los anuncios publicitarios, la oferta de atractivos urbanos y suburbanos y los relatos de la vida cotidiana publicados en los diarios trazaban circuitos que invitaban a recorrer la ciudad como fuente de consumo y de entretenimiento. Nos remitimos nuevamente al planteo de Fritzsche (2008) y observamos, también en el caso Gualeguay, cómo la prensa contribuyó en la configuración de una cultura urbana popular y en la formación de un público urbano uniforme; resultado del desarrollo de valores y prácticas vinculados con el consumo urbano y no ya de discursos políticos partidarios o provenientes del Estado. Al respecto colabora Beracochea (1979: 9) con su afirmación:
La verdad es que: El Diario de Gualeguay (1912), La Fusta, La Verdad y el Demócrata Progresista, que dirigió mi padre, El Hisopo (1912), La Mañana, (1931) de Antonio Arena; Atalaya, de Carmelo Juárez, y algunos otros de vida limitada, eran el cauce de todas las inquietudes pueblerinas, de cualquier naturaleza que fuese y tenían sus puertas abiertas para quienes necesitaban expresarse o expresar una inquietud personal o de carácter colectivo, ya sea social, política o económica o más restringidamente, de los pequeños problemas comunales.
38 Peter Fritzsche escribe en 2008 un libro –Berlín 1900. Prensa lectores y vida moderna donde establece la ciudad como texto y propone una lectura de la vida urbana desde las páginas de los periódicos en una ciudad en permanente transformación, crecimiento y ebullición como es la Berlín de principios del siglo XX. Ese abordaje es posible trasladarlo a la prensa local de la Gualeguay de las primeras décadas del siglo pasado y se comprenderá así gran parte de la dinámica, los proyectos urbanos e incluso se hacen visible muchas de las tensiones propias del campo cultural en cuestión.
Otro de los puntos considerados importantes es el del ámbito educativo en tanto sistema formal. De la educación entendida desde lo institucional debe decirse que en toda la provincia ésta constituye una cuestión de relevancia manifiesta. Expresamos al principio del capítulo que el tema era central para Urquiza. De hecho durante su gestión se efectivizó la fundación de múltiples…instituciones educativas y,
para el año 1848, todos los distritos de Entre Ríos contaban con escuelas
públicas. Por otra parte, en la Constitución de Entre Ríos del año 1883, en su
Sección VIII, dedicada a la Educación Común, el artículo 196 establecía que
debía ser obligatoria, laica y gratuita, en consonancia con la Ley Nacional, la
1420, de 1884 (Gianello, 1951). “En 1901 se crearon 53 escuelas, lo que representaba
entonces un serio esfuerzo en favor de la enseñanza. Llegaron pues los
establecimientos a
En lo que hace al caso
particular de Gualeguay, la ciudad contaba ya en 1887 con 16 escuelas en el
radio urbano, en las que había inscriptos aproximadamente un millar de alumnos,
un número más que significativo teniendo en cuenta los habitantes que la
poblaban en aquella época. En 1905 se funda la Escuela Superior “Graduada
Mixta”, y la creación de la Escuela Normal, el 8 de marzo de 1909 por decreto
del Gobierno nacional, significó un hecho de gran relevancia.
No puede dejar de
mencionarse, además, la cercanía del Colegio Histórico del Uruguay 39,
institución fundada en 1849 donde iban a formarse los hijos de la prominente
clase media y alta de Gualeguay. Uno de sus famosos…
39 Respecto del Histórico Colegio del Uruguay sabemos que fue el primer Colegio laico del país y fue fundado por el General Justo José de Urquiza, a quien se le reconoce su manifiesto interés por la educación. “El 28 de julio de 1849 da comienzo a sus actividades bajo la dirección de Lorenzo Jordana en una amplia casona dos cuadras al oeste del actual edificio mientras se iniciaban las obras de construcción del establecimiento. Por sus dimensiones podían albergarse más de quinientos jóvenes que provenían de diversas provincias y de países limítrofes.
Desde sus inicios se aplicaron principios de la
educación moderna como: gratuidad, obligatoriedad y popularidad, fueron los
pilares que mantuvieron esta magna empresa. Las becas de estudio permitieron el
ingreso de los más humildes, el Colegio del Uruguay debía estar al servicio de
la juventud argentina.
Desde sus comienzos el colegio contó con una imprenta,
estaba a cargo del librero y editor uruguayo Jaime Hernández, en ella se
imprimieron textos de escuelas primarias y para los alumnos del
establecimiento, los dos periódicos uruguayenses: "El Porvenir de Entre
Ríos” y “La Regeneración”, papelería oficial del gobierno y folletos apoyando
la campaña de Urquiza contra Rosas después del Pronunciamiento”.
Información extraída del sitio web: http://www.colegiourquiza.edu.ar/site/index.php/resenahistorica
…alumnos fue el escritor Carlos Mastronardi 40, quien nos deja una semblanza del Histórico en sus Memorias de un provinciano:
No bien la provincia se integró en la Confederación Argentina –afirma un comentarista de ese período– el Colegio perdió su carácter comarcano y se puso al servicio de la Nación. Respondió a las exigencias del país y fue, a un tiempo, mismo, Colegio e internado. (Mastronardi, 2010: 346).
La promoción en la pequeña ciudad de lenguas francesas, inglesas y alemanas, así como también la temprana existencia de conservatorios de artes musicales es una clara muestra del espíritu letrado y de cierto mecenazgo sobre la cultura ejercido por las familias más influyentes.
Barrandéguy, en su
autobiografía literaria escrita en 1956 y publicada recién en 2002, describe en
un pasaje las contradicciones de una sociedad gualeya conservadora, con una
oligarquía local, que en su afán de ganar representación, beneficia, aunque sea
indirectamente, a otros sectores sociales:
Ya se sabe que las tardes de provincia son largas y
las adolescencias abiertas a todas las sugerencias, a todas las curiosidades.
Para saciar estas curiosidades, en lo que respecta a la cabeza, frecuento sin
cansarme la biblioteca que en mi pueblo sostiene la Sociedad de Fomento
Educacional. Que las sociedades de este tipo sean objeto
de la ironía sangrienta de quien ve más allá del horizonte pueblerino no es
raro y está, en parte, justificado. Una serie de personajes culturales que no
se desprenden de la vecindad eclesiástica ni contradicen ideológicamente las
doctrinas de las clases poseedoras, se reúnen para sostener una biblioteca,
afán tesonero que hace algunas décadas tenía alguna importancia.” (Barrandéguy, 2002:14)
40 “En la larga lista de quienes allí se formaron, hay que incluir a los futuros presidentes Julio Argentino Roca, Victorino de la Plaza y Arturo Frondizzi, asi también, otras personalidades de la política y la cultura cómo Eduardo Wilde, Onésimo Leguizamón, Antonio Sagarna, Rodolfo Rivarola, Olegario Víctor Andrade, Cayetano Córdoba Iturburu, Martiniano Leguizamón y Carlos Mastronardi.” www.aprender.entrerios.edu.ar/recursos/fundacion-delcolegio- nacional-del-uruguay.htm
Cabe destacar la existencia de una entidad innovadora y
de largo aliento dentro del Colegio como es La Fraternidad, también denominada
la Frater. “El Colegio del Uruguay mantenía el internado desde su fundación,
los jóvenes eran becados por el gobierno nacional y provincial. En 1875 se
sugirió al rector que impulsara el externado, los alumnos recibirían sus becas
pero para pagar un hotel o pensión fuera del colegio. Algunos optaron por este
sistema, pero no llegó a generalizarse por demoras en los pagos.
Entre Ríos sufrió las consecuencias de la crisis
nacional por lo que el gobierno provincial decidió cancelar a partir del 1 de
enero de 1877 las becas para el Colegio del Uruguay. Esta medida afectó a los
habitantes de Concepción del Uruguay ya que jóvenes estudiantes de escasos
recursos y otros que provenían de lugares lejanos les sería muy difícil
continuar sus estudios.
La población se autoconvocó en asamblea el 14 de mayo
de 1877 en el Teatro 1º de Mayo, la generosidad de los uruguayenses y la unión
que reinaba entre los jóvenes posibilitó la fundación de un internado, así
surgió la Sociedad Educacionista “La Fraternidad” o simplemente la Frater.” La
Frater hizo desde un principio honor a su nombre y significó un lugar de cobijo
y reconocimiento entre pares para cada nueva generación del Histórico. El
Municipio de Gualeguay también hizo un aporte económico para financiar el
proyecto de la Frater.
Unas líneas más adelante, la narradora expresa que el bibliotecario de su “pueblo” era el que iba contra la “moral burguesa” incluyendo libros transgresores en las listas que se mandaban comprar y ella, una joven con pulsión lectora, aprovechaba esas lecturas para cimentar un mundo menos opresivo en su cabeza.
Los puntos desarrollados en
el capítulo que concluye los suponemos centrales para generar las condiciones
políticas, económicas y sociales implicadas en la conformación de un campo
cultural, en el que una bohemia artística vanguardista lucha por ocupar
posiciones en constante tensión con el poder oficial, tanto del Estado como de
la Iglesia. Pues no se trata de la confluencia por un orden natural de poetas y
artistas varios, se trata de que en la conformación de Gualeguay como “Capital
intelectual de Entre Ríos” (Beracochea, 1979: 12) se entretejieron diversas
instancias que decantaron en una esfera cultural novedosa y prolífica para la
época y el lugar.
Capítulo III
Creadores y escenas culturales del campo gualeyo
Una 'comunidad de artistas', regida por una legalidad
para entendidos que, incluso, puede oponerse a las
pautas de lo alto y lo bajo considerados socialmente,
se reconoce y para reconocerse en su diferencia,
realiza
el gesto de la oposición (aunque sólo sea simbólica) a
la sociedad, su público...
Altamirano y Sarlo, Conceptos
de sociología literaria.
La presente tesis pretende leer los textos del campo cultural en busca de las realidades que subyacen a los hechos y reconstruir, así, las huellas significativas que puedan iluminar los procesos antes que los hechos en sí mismos, entendiendo que éstos son resultados de una praxis social y afirmación, por tanto, de un sentido implicado en la operación de interpretación llevada a cabo por un investigador.
La creación cultural remite a un acto de comunicación que se realiza en –y está atravesado por– un sistema de relaciones sociales –artistas, editores, marchantes, críticos, público–; es decir, es necesario situar al artista y su obra en el sistema de relaciones constituido por los agentes sociales directamente vinculados con la producción y comunicación de la obra, que conforman, en definitiva, el campo cultural. La creación cultural (Cfr. con Bourdieu, 2002: 8/13) tiene su origen en el proceso de constitución del campo cultural con el surgimiento de la figura del artista en tanto creador de la obra de arte (su creación), y, además, se asocia a la posición que ocupa el artista en la estructura de las relaciones objetivas que conforman el campo y que determinan las decisiones estéticas o políticas vinculadas a esas posiciones. Los agentes individuales o colectivos que surgen, se agregan, se unen o se oponen dentro de un campo cultural, le otorgan su estructura específica en un tiempo determinado. En tal caso, entendemos con Noé (1965: 31) que el arte es siempre el fruto de la relación entre el artista, su tiempo y su lugar; el artista es testimonio de la “relación hombre-época”, no en el sentido de testigo sino como espectador privilegiado que deja testimonio con su obra, de una determinada época.
III.1. Los creadores del Gualeguay
En esa época, acá todo era costumbrismo.
Pero había otra franja. Una amiga de Paraná me dice
siempre: “Si ustedes no hacen la historia del ’24 al ’44, de la franja donde
hubo los grandes poetas de Gualeguay, no saben lo que están perdiendo”. No hay
nadie que la haga.
Esa franja era en la que estaba Amaro Villanueva,
Carlos Mastronardi y Juan Ortiz.
Barrandéguy en “Emma la del
gremio”.
A lo largo de la investigación hemos utilizado indistintamente algunos términos para referirnos a los productores de Gualeguay. Decimos creadores como expresión general que abarca a los escritores, pintores, periodistas que intervienen y producen dentro del campo cultural y que, por lo tanto, aceptarían el mote de intelectual o especialista dentro de la escena cultural; entendemos que la figura de creador remite a un uso más amplio que la figura de artista aunque las usemos indiferenciadamente. Por otra parte, los creadores o artistas funcionan como agentes culturales: el concepto refiere a los actores, ya sean instituciones o individuos o colectivos, que existen y conviven en un espacio y un tiempo definido. Dentro de un campo determinado, los agentes culturales se vinculan para intervenir y contribuir a la cultura en sentido amplio, según sus representaciones ideológicas. Es interesante señalar que los agentes son relevantes en la articulación de políticas con el Estado, sin embargo también funcionan por fuera de las estructuras estatales. Los artistas y escritores toman decisiones dentro de un campo y éstas dependen de diversos factores y se vinculan también a las reglas del juego propias de ese campo particular. Por ejemplo las decisiones estéticas o los modos de circulación de una obra. Al respecto, señala Sapiro:
Las elecciones estéticas son correlativas a las posiciones que ocupan los autores en el campo. Éstas se definen en función del volumen y de la composición del capital simbólico especifico detentado, es decir, del grado y del tipo de reconocimiento que gozan en tanto escritores41; cabe aclarar que el reconocimiento simbólico (por parte de los pares o de la crítica) no va acompañado necesariamente de éxitos temporales (ventas, consagración institucional) y viceversa. Por lo tanto, hay una homología estructural entre el espacio de posiciones y el espacio de toma de posición
(Sapiro, 2016: 37)
Resulta difícil determinar qué se visibiliza primero si una escena o sus productores. Optamos por ofrecer en principio un esbozo de quienes reconocemos como figuras artísticas relevantes del universo de Gualeguay para, luego, dar cuenta de las escenas, también más relevantes, generadas en torno a ellos. Tal selección supone un recorte que prioriza la intervención de escritores literarios y pintores y, sin dudas, deja afuera a decenas de intelectuales que impulsaban, debatían y escribían por la misma época y en el mismo contexto, como por ejemplo Leoncio Gianello, Roberto Beracochea, Antonio Gamboa Igarzabal, algunos de los cuales son mencionados en varios pasajes de esta tesis. Incluso Salvadora Medina Onrubia puede identificarse como parte de ese agrupamiento intelectual pues, aunque nacida en La Plata, pasó su niñez y parte de su juventud en Gualeguay 42.
41 Aunque la cita refiere al caso de los escritores consideramos valida la afirmación para los artistas e intelectuales en general.
42 Así lo referencia Carlos Mastronardi (2010: 492)
“Eventualmente, solía favorecerme la proximidad de Xul Solar, a quien llevé en
cierta ocasión a la casa de Salvadora Medina, escritora cuya adolescencia
transcurrió en mi pueblo”.
43 Descartamos el concepto de generación pues viene
siendo discutido desde hace tiempo dentro del campo literario argentino y
acordamos con la principal crítica que se le realiza respecto de que no puede
analizarse una poética en común vinculando a los poetas por su edad.
Entendemos que pueden diferenciarse dos agrupaciones 43 de creadores gualeyos: la primera conformada por Amaro Villanueva, Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Emma Barrandeguy. Integrarían también esta generación Césareo Bernaldo de Quirós e Isidro Maiztegui, quienes aunque mayores que el resto y emigrados rápidamente de su lugar natal, nacieron en Gualeguay y tuvieron los primeros años de su formación en academias de la ciudad, el primero como pintor, el segundo como músico. Mientras que en un segundo momento aparece un grupo más joven y que, por tanto, busca nuevos rumbos años más tarde: Juan José Manauta, Alfredo Veiravé 44, Antonio Castro, Roberto González.
Los grupos de creadores de
Gualeguay compartieron acontecimientos vitales, ciertas relaciones
interpersonales que los hace habitar espacios similares, acontecimientos o
experiencia políticas que los marca generacionalmente, un lenguaje y una
estética compartida, y una necesidad de atacar los que podemos denominar el
elemento residual de la cultura. En el caso de los creadores gualeyos la
diferencia de edades, aunque marcada, no es un punto de separación sino que el
vínculo entre ellos es muy fluido, tanto dentro del campo gualeyo y cuanto más
una vez ocurrida la diáspora.
Los fenómenos de un campo
cultural pueden ser leídos desde una perspectiva marxista de la cultura.
Williams (2009: 152), en ese sentido, plantea que hay tres aspectos dentro de
cualquier proceso cultural: la tradición, las instituciones y las formaciones.
La primera supone la expresión más evidente de las presiones y limites
dominantes y hegemónicos; lo que en realidad se percibe es una “tradición
selectiva: una aversión intencionalmente selectiva de un pasado configurativo y
un presente preconfigurado, que resultan entonces poderosamente operativos
dentro del proceso de definición e identificación cultural y social” (ibídem: 153).
De este modo, ciertos significados y prácticas se seleccionan y se convierten
en la tradición o en un “pasado significativo” dentro de una hegemonía
determinada, con lo cual se aseguran, además, prácticas de continuidad en esa
tradición. Otros significados y prácticas son rechazados o marginados por no
constituir parte de esa tradición, que se hereda y transmite. Vale aclarar que
para Williams la hegemonía es un proceso inserto en la cultura, en sus valores,
significados y prácticas. Refiere al proceso social vivido, organizado
prácticamente por significados y valores específicos y dominantes” (Ibídem:
142). Asimismo, la hegemonía requiere ser “continuamente renovada, recreada,
defendida y modificada; también es continuamente resistida, limitada, alterada,
desafiada, y de ello deviene que cada vez que haya hegemonía habrá una contra
hegemonía y una hegemonía alternativa, que son elementos reales y persistentes
de la práctica”. La hegemonía, entonces, es dominante pero jamás lo es de un
modo total o exclusivo, por el contrario todo proceso hegemónico debe estar en
un estado constante de alerta y receptivo hacia las posibles alternativas que
amenazan su dominio.
44 La mayoría de los escritores, poetas y pintores migraron a Buenos Aires entre las décadas del ’30 y el ‘40, aunque todos retornan asiduamente a Gualeguay. El último de ellos en retirarse de la escena gualeya es Alfredo Veiravé, quien concluye afincándose en Resistencia y se consolida como poeta allí.
Por su parte, las instituciones también juegan un rol fundamental y tienen gran influencia en el proceso social, pues son las encargadas de generar los procesos de aprendizaje de prácticas, hábitos y significados “que constituyen los verdaderos fundamentos de lo hegemónico” (ibídem: 156).
Al tercero de los aspectos
destacables dentro de un proceso cultural los constituyen las formaciones,
“aquellos movimientos y tendencias efectivos, en la vida intelectual y
artística, que tienen una influencia significativa y a veces decisiva en el
desarrollo activo de una cultura” (Ibídem: 156). Esas formaciones exhiben una
relación variable e incluso solapada con las intuiciones y organizaciones
formales y oficiales. Entendemos que en el caso de Gualeguay, la red de
prácticas y afectos que vincula al grupo de creadores y artistas pueden leerse
como formaciones dentro de un campo intelectual, éste no es un espacio neutro
de relaciones sino que en su interior se evidencian las tensiones y las luchas
de algunos agentes contra quienes detentan el poder dominante, además de
constituirse como un espacio donde la consagración de sus actores es
propiamente intelectual.
Por último, consideramos
necesario destacar que Juan L. Ortiz se convirtió en una figura señera tanto
para los escritores como para los pintores y periodistas. Actuó como guía de
todos los que vinieron luego a la escena de
Gualeguay, fue amigo personal
y compañero de discusiones y tertulias de Mastronardi, de Amaro, de Beracochea
y de Emma, fue maestro y consejero de Veiravé y de Manauta; éste último es
quien expresa: “Él, Juan, podía ser amigo de todos los poetas, pero afinidad
poética era muy difícil que encontrara. Tal vez por eso se refugiaba en los de
Europa, pues no encontraba hermanos de sangre poética” (1997). Cabe agregar
que, además de sus coterráneos, será, durante su vida en Paraná, amigo y
maestro del grupo de poetas santafesinos: Hugo Gola, Saer, Oliva, aunque eso
sea materia de otra investigación. Como escribió Emma (2005): “él va hacia
donde será semillero interminable de buena poesía”. Al mismo tiempo, no pueden
relatarse los inicios de Juan L. si no se observan los profundos lazos que lo
unieron a Carlos Mastronardi, con quien compartieron lecturas, debates,
actividades político literarias, y gracias al cual el poeta publicó su primer
libro. De hecho, en general los artistas cronológicamente más jóvenes recuerdan
a ambos juntos y con iguales muestras de agradecimiento. Y vale señalar un dato
muy importante: los artistas gualeyos se conocían, se frecuentaban, se reunían
para debatir, colaboraban unos con otros a nivel profesional y sobre todo
humano. Un recorrido breve por la vida y las experiencias más sobresalientes de
cada uno justifica tal afirmación: Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi actuaron
como protectores de todos los demás (salvo de Quirós, por una diferencia de
edad) sean poetas, escritores, pintores. Por su parte, Emma Barrandéguy, quien
por su edad y temprano inicio en las letras se ubica en el intermedio de ambas
generaciones, escribió sobre todos y cada uno: le dedicó crónicas y notas
periodísticas a los libros que publicaban o exposiciones que presentaban, a su
memoria y a su amistad. Los más jóvenes no olvidaron nunca la voz de los
mayores y aunque estéticamente construyeron su propio tono en el afecto
conservaron las enseñanzas.
III.1.1. La política y paisaje en la poesía de Juanele 45
Señalado por parte de la crítica actual como el poeta más relevante que tiene Argentina, Juan Laurentino Ortiz pasó de ser un escritor de las márgenes a posicionarse en el sistema literario nacional como una figura central, de quien se ha dicho y se seguirá diciendo mucho. Las fotos que nos dejó lo muestran con su silueta esmirriada, una cabellera eternamente despeinada, austero en sus formas y despojado de lo material, en eterna compañía de sus gatos, una pipa y un libro. Así, con una vida sencilla y sin falsas ostentaciones produjo una obra monumental. No puede hablarse de los ríos litoraleños sin evocar a Ortiz y “su poesía que se confunde con ellos”, dice Saer (2010: 224). Y agrega que el poeta pasó su vida entera “auscultando el agua”.
La biografía de Juanele, como
gustaban llamarle sus discípulos también poetas, dice que nació en 1896 en la
pequeñísima localidad de Puerto Ruiz, distante
A los 16 años el poetarealiza
su primer viaje a Buenos Aires, “una temporada de duración incierta” (Saer,
2010: 224), y establece contacto con…
45 Respecto de esta definición, Miranda (2009: 2) explica: “Si es posible ubicar en la misma serie a César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Juan L. Ortiz se debe a que Ortiz, como los otros escritores, puso en práctica una escritura de la historia presente junto con la búsqueda de una nueva forma poética, y asumió, de este modo, una intervención social novedosa mediante el ejercicio del lenguaje. Juan L. Ortiz, como los otros poetas, lleva adelante una escritura política por los asuntos de los que se ocupa, así como una política de la escritura en tanto instituye una poética particular. Esta doble apuesta de la escritura se puso en marcha con énfasis, en cada uno de estos poetas, durante el período de la Guerra
Civil española (1936-1939) en el cual la vanguardia
literaria latinoamericana se imbricó con la vanguardia política. Estos
escritores, todos ellos, y muchos otros más, estuvieron conectados no solamente
por el hilo de la renovación literaria, particular en cada caso y en cada
contexto del campo cultural en el que se produjo, sino además por la
intervención política en el espacio social durante la contienda española, lo
que además profundizó el debate del lugar del escritor en la sociedad.”
…grupos anarquistas nucleados en el diario La protesta 46. Allí conoce a Salvadora Medina Onrubia 47, quien describe esa temprana partida de su ciudad natal en un artículo del año 1914 48:
Y esa mañana, con su melena rizada y su corbata negra y flotante, tan anárquico, tan bohemio, tan lírico, desapareció de su casa. Se fue solo. Y él, que pudo haber ido marchando seguro por su ruta de porvenir trazada por uno que venció, se fue solo, pobre, triste, a tirarse de cabeza en medio de la vida para que ésta, ¡mala!, le matara sus sueños... ¡Pobre chico! Es hermosa la bohemia; muy hermosa para leerla y para mirarla. Ahora, en Buenos Aires todos le prometen. Pero el pobre chico tiene hambre... ¡Sufre! Sin embargo, no decae su fe. ¡Qué bello es eso!
Ortiz regresó prontamente de la capital nacional y consiguió trabajo en el Registro civil de la ciudad de Gualeguay, cargo que mantuvo hasta su jubilación. Vivió 82 años y prácticamente no salió de su provincia –salvo ese trayecto en Buenos Aires, fugaces escapadas a otras provincias y un viaje al extranjero–. La escritura, la lectura y la difusión cultural ocuparon siempre su tiempo, publicó en revistas locales, porteñas y de otras provincias. Además de un fuerte compromiso político con las ideas de izquierda, como bien explica Miranda (2009:2)“su actuación política se había iniciado muy tempranamente en 1917 con la fundación del Grupo de Amigos de la Revolución Rusa”, y su permanente “conexión con los hechos de la Guerra…
46 La Protesta es un periódico anarquista, fundado en 1897, en el cual se desempeñó como redactora Salvadora Medina Onrubia, figura tutelar y señera para Juan L. Ortiz, por ser mayor que el poeta y defender abiertamente sus ideales anarquistas.
47 “Madre soltera a los 16 años de edad, oradora en los
mítines callejeros (como el que se convocó para pedir la libertad de Simón
Radowitzky —anarquista ucraniano-argentino, autor del atentado que terminó con
la vida de Ramón Falcón— el 1° de mayo de 1914), la figura de Medina Onrubia
rebalsa, como se indicó, el rol de «compañera de bohemia». Su producción
poética, su producción teatral, los avatares personales y de la propia política
la irían convirtiendo, con los años, en un verdadero caso. Aunque podría
argumentarse que toda biografía de un anarquista que se precie es
necesariamente un caso, en el sentido de que se presenta como un itinerario
excepcional, la de Medina Onrubia, sobre todo a partir de la década de
48 El texto denominado “A caballo, a pie, a nado y en bote Un pintor y poeta entrerriano que quiere hacerse célebre”, fue publicado en la Revista Fray Mocho.
…Civil española” (Ibídem) entre 1936 y 1939; vinculación que para Miranda supone una irrupción en la poética orticiana:
Antes de 1936 sus preocupaciones literarias son otras,
centradas casi con exclusividad en una poética del paisaje. Así puede verse,
por ejemplo, en el primer libro El agua y la noche (escrito entre 1924 y 1932)
y en los primeros poemas que salieron a la luz en las últimas ediciones de su
Obra Completa bajo el rótulo de “Protosauce” (Ibídem).
Respecto de la función que cumple Ortiz, queriendo o sin quererlo, en el campo cultural gualeyo, consideramos que cuando hay alguien con un deseo decidido (Freud, 1995a: 127/135) y un talento para algo –ese algo puede ser la pintura, la ciencia, la poesía– sabe reunir a otros y armar un movimiento, extender y transmitir en su interés. Es como si alguien tuviese una función de pero no para mandar o dominar al otro sino para trasmitir un fuerte deseo por una práctica determinada. Freud aborda el concepto de identificación a lo largo de toda su obra, sin sistematizarlo con profundidad en ninguno de sus textos; plantea tres modos de identificación, el tercero de esos modos es la identificación al deseo del otro, del semejante, maestros y otros representativos de los ideales colectivos. Considera que no se trata de una simple imitación o empatía como supone la acepción corriente del término y le otorga un sentido más estricto: el reconocimiento a nivel del inconsciente de algo en común, una apropiación de la misma reivindicación, “la identificación aspira a configurar el yo propio a semejanza del otro, tomado como ‘modelo” (Freud, 1995b: 76).
En 1997 la Revista cultural
Xul publica un número íntegramente dedicado a Juan L. Ortiz, con la intención
de “colaborar a que lo publicado, los poemas de Ortiz, los dibujos, los
materiales que tocaron su vida, los testimonios de sus amigos, los ensayos de
algunos de sus lectores, no sean ganados por el olvido ni por la desidia”49. Y
allí reside la originalidad de la Xul: reconstruir la…
49 El editorial de la publicación aclara: “Se incluyen en este número poemas de sus años iniciales de escritor, entre ellos el primero que recuerda haber escrito; poemas posteriores a la publicación de los tres tomos de "En el aura del sauce", nunca publicados hasta hoy, que formaron parte de su anunciado proyecto para un cuarto tomo de aquella obra; dibujos, documentos, manuscritos, como así también comentarios del autor sobre sus propios poemas; testimonios de sus amigos y conocidos de Entre Ríos, haciendo notar que los testimonios sobre Juan L. Ortiz hasta la fecha habían sido conformados primordialmente por escritores y periodistas de Santa Fe y Buenos Aires, mientras que quienes realmente convivieron con él son los que aquí tienen la palabra…” (Xul, 1997).
…comunidad de afectos más cercanos al poeta en sus primeros años, en el campo gualeyo. Uno de los que escribe su testimonio es Juan José Manauta, otro de los emergentes del campo gualeyo, en sus palabras es legible la emoción y el orgullo que siente por ser amigo de Juanele:
Rafael Alberti 50 también pasó por Gualeguay, creo que por Juan (…) consideraba que la poesía de Juan era un caso muy especial. En una conferencia que dio en La Plata mientras yo era estudiante al único que citó fue a Juan, y yo, que estaba presente, le pregunté por qué y él me dijo: "yo no vine aquí a citar a nadie, sólo que me parece verdaderamente un caso especial", y luego tuve que explicarle a mis propios compañeros quién era Ortiz, porque en La Plata, en Buenos Aires, no existían ediciones de Juan en esa época, nadie lo había leído ni lo conocía.” (Manauta, 1997: 45)
También Manauta (2004), en otra entrevista, relata sobre su vínculo con Juanele, devenido de la amistad que este último tenía con su padre a quien le vendía sus libros. En este punto el narrador cuenta que todos los libros del poeta eran ediciones de autor y que, como era muy pobre, debía venderlos para recuperar algo de lo invertido. Además, revela que fue el gran poeta quien le enseñó a mirar el río no como un pescador sino como protagonista.
He ahí un ejemplo más de la influencia de Ortiz –o el Loco de la bicicleta, como lo llamaban en el pueblo– en un poeta mucho menor que él. Su compañera de la Agrupación Claridad, Emma Barrandéguy, recordó en una crónica escrita en el diario El Debate Pregón 51 que Ortiz era un hombre bueno, que su casa estaba poblada de gatos recogidos en el vecindario, y que recorría el pueblo en bicicleta visitando a sus amigos, quienes no eran solo escritores sino también pescadores y carpinteros, familiares y a la propia Emma para gestar alguna reunión política.
50 Alberti, Juan L. Ortiz y Mastronardi publicaron en el “Cancionero de la Guerra Civil Española – realizado por el Comité Pro-defensa de la República española y en el Homenaje de escritores y artistas a García Lorca editado en Buenos Aires” (Miranda, 2010:2)
51 De esta crónica publicada en septiembre de 2005, da
cuenta Edgardo Lois en su blog Anécdotas de churrasquero. Sin embargo, no
aparece en Cronosíntesis, libro recientemente publicado por EDUNER en el que se
recopilan los trabajos de Emma como periodista.
De la poética de Juanele se ha escrito mucho en las últimas décadas, sobre todo desde la edición de su Obra completa, realizada por la Universidad Nacional del Litoral (UNL) en 1996. La coincidencia de la crítica respecto de su escritura reside su originalidad, que lo convierte en el gran poeta del siglo XX argentino. El carácter contemplativo y universal de su poesía difiere de cualquier estética o posibilidad de filiación. Aunque escrita desde su provincia natal, con los elementos que lo rodean en su cotidianeidad –el río, el sauce, los niños costeros, el pueblo– su poesía trasciende todo regionalismo mimético. Un fragmento de “Pueblo costero” es claro ejemplo:
Ved ese niño oscuro que mira como desde otro mundo,
el blanco de los ojos más blanco, medio amarillo,
mejor.
Oh, la niñita ya de anteojos que lo guía o lo alza,
barro leve ella misma sobre palillos aún más leves.
Ved aquella en un carrito, tan frágil,
con esa flor monstruosa de las rodillas casi
terminales,
conducida por los suyos, más pequeños, hacia la orilla
de qué estrella?
Ved esa cabeza pálida, de diez años, de pescado imposible,
que por poco os fijará desde los mismos oídos.
Ved esa rama vieja, sobreviviente de las canteras,
doblada sobre otra rama corta que se hinca
con una cadencia cada vez más seguida:
sobre ella y sus iguales, anónima ceniza, allá,
más bien que sobre las piedras,
se elevaron algunas casas aladas y algunas pilas de
billetes.
y con su sangre, ay, tan roja, alquimia misteriosa,
se azularon algunos apellidos que luego dieron chapas
por ahí.
Ved ese fantasma seco, seco, salido de una noche de
vidrios, larga.
sin sexo, sí, a pesar de la falda
y de la lana fluida sobre el filo de los hombros.
oh, su voz venida de la caverna de la edad, profunda,
desde aquellos desafíos, quizás, a la intemperie y al
hambre. (Ortiz, 1996:451).
Juan L. Ortiz falleció el 2 de septiembre de 1978 en Paraná, capital de Entre Ríos, lugar donde se afincó a mediados de la década del cuarenta y residió en una casa en el Parque Urquiza de esa ciudad. Nunca quiso dejar la provincia, tal como expresó su gran amigo Carlos Mastronardi (2010: 341).
En el último capítulo de esta
tesis observaremos las derivas de su poética y las nuevas voces que fueron
creciendo al amparo de su palabra y de sus versos, que como los 2630 que
conforman su más extenso poema, “El Gualeguay”, son fuente de inagotables
lecturas y análisis:
Era para mirarse, verdes, verdes,
en un distinto tiempo?
Y vino el del ceibo, y el del sauce, y el del aliso…
Y luego el del curupí y el de las lianas
y el del arrayán y los laureles
y el del ibapoí y del timbó,
y el del guacú y del viraró y del amarillo…
y el del espinillo, al final…
ciñendo misteriosamente, unos cielos de arias… (Ortiz, 1996: 663).
III.1.2. El provinciano universal 52: Carlos Mastronardi
“Provinciano universal” lo llamó Conrado Nalé Roxlo a Carlos Mastronardi, poeta y ensayista, nacido en Gualeguay el 7 de octubre de 1901, hijo de inmigrantes italianos. De adolescente conoce a Juan L. Ortiz y con él comparten caminatas y charlas junto al río así como el comentario de los libros que llegaban a la ciudad y a los que ellos tenían acceso (Mastronardi, 2010: 865). En Memorias de un provinciano, libro publicado en 1967, le dedica extensas páginas que describen con amorosa precisión a Juanele. A los 15 años se traslada a la vecina Concepción del Uruguay, allí ingresa al Colegio Histórico, como quedó dicho en el primer capítulo de la presente tesis. No es menor su paso por La Frater, asociación estudiantil, pues allí compartió y se hizo íntimo amigo de los poetas Córdova Iturburu, Jorge Martí y Arnaldo Calveyra. Mastronardi tiene apenas 19 años cuando migra a Capital con el propósito de estudiar abogacía, corría el año 1920. No concluyó esos estudios ni otros proyectos que tenía de joven. Se dedicó, en cambio, a escribir y a hacer una vida nocturna, desgarrada (coinciden en esto varios críticos: Tedesco, 1999; Rosa, 2010; Greco, 2014) entre su provincia natal, con recuerdos que eran imposibles de asir, y la cosmopolita ciudad porteña, cuyo ruido no le permitía desandar en calma.
52 Calificativo que le da Conrado Nalé Roxlo en el prólogo a Memorias de un provinciano, del año 1967.
En 1926, publicó su primer libro con el nombre de Tierra Amanecida, gracias a un préstamo familiar. Dos años después debió regresar a Gualeguay, y, aunque viaja asiduamente a Buenos Aires a ver a sus amigos, comienza su larga estadía en la provincia que perdurará hasta 1937, momento de su retorno a Buenos Aires. De su obra se ha dicho que fue y es poco leída, la crítica (Prieto, 2003b; Rosa, 2010; 2013b) lo describe como un poeta singular 53, desapegado de las modas y obsesionado por el método:
“No se puede leer su prosa buscando una propuesta, o sugerencia, de doctrina literaria o política relacionada con los intereses de un grupo, una generación, o como la voz que se asume portadora del gusto o las necesidades de la época.” (Tedesco, 1999: 3).
Su mítica vida clandestina, solitaria y nocturna lo acompaño hasta su muerte, ocurrida en un geriátrico de Buenos Aires en 1976.
53 María Teresa Gramuglio afirma que Mastronardi es poeta antes que ensayista y periodista, aunque éstas sean las facetas más reconocidas de él.
III.1.3. La amistad Mastronardi – Ortiz
La amistad que unió a Mastronardi y Ortiz merecería un capítulo aparte, según recuerda el primero se conocieron en la Biblioteca popular, pero simplemente nos limitamos a sostener que dicho vínculo fue un impulso fundamental para el desarrollo del campo cultural gualeyo, en el afecto común se sintieron respaldados, además, todos los demás creadores tanto de su misma generación como de la siguiente. Quien impulsó a Juanele a publicar su primer libro fue Mastronardi, que ya contaba con uno en su haber y tenía relaciones cercanas que lo ayudaban a moverse en la arena literaria profesional; es así que en 1933 Juan L. Ortiz publica El agua y la noche y al homenaje que le realizan en la ciudad de Gualeguay no solo asiste su amigo sino que también se lee una carta del escritor Cesar Tiempo (conocido de Mastronardi de la etapa porteña) en la cual felicitaba tanto a Ortiz por su flamante libro como al autor de “Luz de provincia” por sus escritos ya editados. Los amigos escribían una columna en un diario local que firmaban como “Fray Soviet”; así lo afirma en sus Memorias de un provinciano:
Si bien me veía ante un futuro borroso, la amable cercanía de Ortiz me agració aquel tiempo y, además, encontraba eventual expansión en las alternativas de una campaña a la cual me sumé y que se vinculaba con el gobierno de la biblioteca, entidad a cuyo dominio aspiraban los feligreses del cura párroco. Esa curiosa pugna, en la que intervinieron los periódicos locales, no careció de matices humorísticos. Ya dije cómo se originó y cuál fue su desenlace. Sólo quiero agregar que uno de nosotros daba la réplica en versos octosilábicos a cuyo pie se leía Fray Soviet. (Mastronardi, 2010: 467).
Mastronardi le dedicó varias reseñas y artículos ensayísticos: “Juan L. Ortiz (1896). Juicio”, “El ángel inclinado de Juan L. Ortiz”, “Juan L. Ortiz y su poesía”, “Juan L. Ortiz: el mito y el poeta”. Prieto afirma sobre el vínculo entre ambos escritores:
Mastronardi fue uno de los difusores más importantes y perseverantes de la poesía de Juan L. Ortiz, al punto que la publicación de El agua y la noche, como lo recordó insistentemente el mismo Ortiz, fue producto de la “inducción y diligencia” del propio Mastronardi quien, además “influyó en mi desarrollo espiritual (…) y me hacía don de sus más delicadas experiencias poéticas”.
Es decir que Mastronardi no estuvo sólo en la base editorial de la obra orticiana como promotor de la publicación de su primer libro, sino en la base estética y poética de por lo menos los dos primeros libros de Ortiz. (Prieto, 2010:49).
Es en Memorias de un provinciano (2010: 335/341) donde Mastronardi recuerda su amistad con Ortiz, las tardes pasadas en mutua compañía, las charlas y las actividades juntos:
Durante nuestros largos paseos por el parque, entre espinillos y eucaliptos, junto a las barrancas del Gualeguay, Ortiz se avenía a decirme sus versos.
Antes, claro está, debía esforzarme por vencer su
reserva pudorosa. Le pagaba ese don muy malamente, puesto que le hacía conocer
mis vacilantes alejandrinos, donde sucesivamente aprecian Nervo, Herrera y
Reissig, Carriego y otros menores. Ese intercambio, cumplido a media voz, tenía
los caracteres de un fraterno rito secreto. Con el cielo ya oscuro, dejábamos
aquel lugar apacible donde la apariencia y la esencia de Entre Ríos son una
misma cosa perdurable. (Mastronardi,
2010: 339).
Tras largos años de frecuente y profundo vínculo, justo después de haber compartido la Comisión de la Biblioteca Popular, la vida los separó: Mastronardi regresó a Buenos Aires y Juanele se recluyó en Paraná, donde otro círculo de poetas jóvenes fue cimentando a su alrededor.
III.1.4. Emma Barrandéguy, narradora y anarquista
Hija de padres ganaderos, Barrandéguy integraba una familia “acomodada” de Gualeguay; desde muy pequeña su madre la inició en lecturas poco comunes para su edad. Luego hará ella misma su camino de lectora en las siestas de la Biblioteca Popular, tal como deja asentado en sus diferentes textos autobiográficos. Por sus lecturas, sus ideas, sus acciones, Emma siempre fue una rebelde; en Crónicas de medio siglo, Irma (alter ego de Emma) narra cómo la echan del Colegio Hijas de María por conductas impropias y cómo esa noticia sale publicada en el “Eco Parroquial”, órgano de difusión de la Parroquia San Antonio de Gualeguay. En ese apartado Irma relata su confesión al cura en la que le dice que ella aprende más leyendo libros de la Biblioteca de Sociedad de Fomento Educacional (Barrandéguy, 1986: 109/133).
Era muy joven cuando se acercó a poetas como Ortiz, Mastronardi y Villanueva; junto al primero formó parte de la Agrupación “Claridad” y luchó por la dirección de la Biblioteca Popular de la Sociedad de Fomento Educacional, con los tres compartió la lucha estética y política en las primeras décadas del siglo XX (Franzot, 2016: XIII-XXXII). Para Emma, Mastronardi fue su primer protector, su abogado menos esperado: a los 18 años habiendo publicado sus primeros poemas la joven sufrió las mordaces críticas de diversas voces de la sociedad gualeya, Mastronardi la defendió a viva voz argumentando su derecho a expresarse. Los lazos afectivos entre los poetas mayores y las nuevas generaciones eran un hecho y una constante en la Gualeguay de las décadas del ’20 y del ’30. Barrandéguy recuerda ese gesto del autor de “Luz de provincia” y lo recuerda como “un hombre lúcido y dedicado a pensar”, un “solitario y un tenaz buscador de la belleza” (Barrandéguy, 2016: 9).
Sus primeros escritos, publicados gracias a la colaboración del librero y editor Hartkopf, tienen un marcado tinte comunista, ideas que defendía aunque más bien se sentía anarquista como ella misma declaró en alguna entrevista (Moreno, 2003). De ese tiempo se destaca “Visión de campo argentino”, poema que rescata del olvido Franzot (2016) en Cronosíntesis, libro dedicado a la tarea periodística de Barrandéguy. La propia Emma repitió en muchas ocasiones que escribía no para publicar sino por necesidad. Ante la pregunta que le realiza Moreno (2012: 3) “¿Cómo te hiciste comunista?”, Emma responde:
“Yo pertenecí a una asociación de ayuda a España que se llamaba Aiape (Asociación Intelectual Artistas, Periodistas y Escritores), en la que estaba González Tuñón, que vino porque aquí estaba la Gualeguay Agrupación Cultural. Por medio de Juan Ortiz me vinculo con todos ellos. El librero Néstor Cuk me escribió el primer libro de poemas, y digo que lo escribió porque lo hizo con mimeógrafo, sobre papel canson. Era un libro virulento en donde decía que íbamos a repartir la tierra a los peones y todas esas cosas. Se llamaba Poemas (por ahí debe andar algún ejemplar). Y con ese libro me gané el odio de todo el catolicismo: fue terrible, perdí amistades, me atacaron de todos lados.”
Emma fue reconocida muchos años por ser la secretaria de Salvadora Medina Onrubia de Botana. Injustamente marginada por la crítica literaria tuvo su revancha en el 2002, cuando se publicó su novela escrita casi cincuenta años atrás: Habitaciones. La escritora y crítica María Moreno leyó el manuscrito y entendió que se trataba de un libro excepcional, no solo por la historia sino por el halo de misterio que rodeaba a su autora. Cuenta Moreno al respecto:
“Comencé a entrevistarla un día de
verano en que Emma Barrandéguy me invita un whisky en el Club Social de
Gualeguay en donde vive. Bajo una manola pintada por Quiroz, me alarga una
carpeta en cuya tapa hay dos gatitos, o más bien gatitas –imagino– porque
llevan moños rojos. Esa tapa puede ser casualidad o un guiño. La carpeta oculta
la novela inédita Habitaciones, escrita alrededor de los años ’60 y que es un
secreto a máquina y en cursiva sobre un amor lésbico. (Moreno, 2002: 6)”.
Ya fallecidos Ortiz, Mastronardi, Villanueva, Veiravé y Antonio Castro, se encargó de homenajearlos en sus crónicas de diarios y al mismo tiempo no descuidó los vínculos con los artistas que aún seguían produciendo en la ciudad; su generosidad era evidente. Falleció el 19 de diciembre de 2006, en la casa familiar, en su ciudad natal.
III.1.5. Amaro Villanueva y el lunfardo
Amaro Villanueva nació en Gualeguay el 13 de septiembre de 1900 y vivió allí su infancia y juventud, disfrutó del ámbito rural cercano en el cual observó los matices del lenguaje popular. Desde joven se cimentó su amistad con Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, con quienes discutía de historia y política. Éste último dice de él que los unió “una vecindad que duró toda la vida”. Villanueva se recibió de maestro en 1920, empezó estudios de medicina en Rosario pero pronto los abandonó e ingresó a trabajar en
Vialidad
Nacional. En 1927 se radicó en Paraná, lugar en el que dio rienda suelta a su
pasión por el periodismo, escribió en diferentes diarios entre los que se
destaca su colaboración con El Diario de Paraná en una sección que nombra
“Versos gauchipolíticos”, dirigió, después, la página literaria de ese
matutino. En los treinta años que vive en Paraná, Villanueva participó en
proyectos periodísticos independientes -semanario Comarca en 1937-, de la
fundación del Círculo de Periodistas de Paraná y del grupo cultural “Vértice”,
publicó su primer libro Versos para la oreja, cuyos sonetos hablan de las
sirvientas, los panaderos, los peones rurales, todos aquellos personajes
socialmente marginados. “Terrón de carne” es un poema en que evidencia un
lirismo de marcada preocupación social:
Manos de fértil terrón,
de humilde terrón figura:
héroe de la agricultura,
de nuestra riqueza peón.
Siembras lino de ilusión,
siembras trigo de tristura:
siembras tu vida en la dura
tierra de nuestra nación.
Y como si no bastaran
tus sufrimientos prolijos
para que todos se hartaran,
ni muerto tienes revés
pues, como tu puño de mies,
te desparramas en hijos.
Su principal fuente de trabajo es el periodismo y colabora en El litoral (diario de Santa Fe) y en periódicos de tirada nacional como Crítica, La Nación, Nosotros y Columna, la revista que se publicó hasta 1942 y que dirigía el periodista y escritor César Tiempo (Carraud, 2010). Se muda a Buenos Aires en 1957. En esa ciudad, junto a José Gobello y Nicolás Olivari, entre otros, funda en 1962 la Academia Porteña de Lunfardo en cuyo Boletín publicó un diccionario lunfardo.
Tildado
por la crítica como escritor realista, Amaro Villanueva supo revitalizar las
emergencias populares a las que la academia no le otorgaba relevancia.
Según
escribió Carlos Mastronardi:
En la obra de Amaro Villanueva coexisten de manera armónica las certeras conclusiones del indagador consciente y el sabor de lo autóctono, de las expresiones y formas que más arraigo tienen en el alma de nuestro pueblo, en el contexto social argentino. Preciso es recordar que el estudioso que esclarece y eslabona con justeza los hechos se aliaba en él a una intensa pasión que lo llevó a identificarse con el ámbito nacional y con las costumbres verbales de sus gentes. Innecesario es destacar que esa pasión, ese fuerte y abarcante sentimiento, engendró al erudito, y no al revés, como corresponde a toda rica naturaleza estética. El hombre versado y experto en todo lo que concierne a nuestra tierra fue la consecuencia natural de una sensibilidad vibrante y compleja, la que se acuña en libros que sin duda el porvenir recogerá con veneración. (Mastronardi, 2010: 547)
Villanueva fallece en Buenos Aires, su lugar de residencia final, el 5 de agosto de 1969.
III.1.6. Juan José Manauta, el escritor del realismo comprometido
Cortázar lo incluyó en Rayuela como el narrador aquél que Oliveira –el protagonista de la novela– menciona a su regreso a Buenos Aires. Abelardo Castillo dijo de él –allá por los años sesenta– que "es el único escritor argentino vivo que ha escrito un libro clásico”, y aunque su nombre pertenece a la mayor tradición de la literatura argentina y a la memoria de sus lectores, ni la academia ni el mercado editorial lo tiene entre sus favoritos. Nació en diciembre de 1919, en pleno gobierno de Irigoyen, en un año de luchas sindicales y semanas trágicas. Desde muy joven estuvo conectado a los poetas señeros –Mastronardi y Ortiz, amigos de sus padres–, a las lecturas de los realistas rusos y a las ideas comunistas marxistas, que defendió fehacientemente durante toda su vida aún desilusionado con la práctica stalinista. El propio escritor mencionó que a los 15 años leyó La madre, de Máximo Gorki, por sugerencia de un tío anarquista, textoque descubrió en la Biblioteca Popular de su ciudad natal, y destacó que en ese entonces él ya era comunista.
Después
de recibirse de maestro en la Escuela Normal de Gualeguay, en 1938 Manauta
viajó a La Plata para estudiar la carrera de Letras. Él cuenta que fue Juan L.
quien intervino a su favor –“Déjelo ir que es la mejor facultad del mundo”–
pues sus padres no estaban convencidos de dejarlo ir (Friera, 2008). Durante
sus años de estudiante se afilió al Partido Comunista, fue un militante
comprometido pero nunca desde la clandestinidad, firmaba manifiestos y hacía
declaraciones en defensa de sus ideas marxistas de igualdad y comunidad. Esa
militancia le valió la cárcel una vez que la Revolución del ’43 mediante un
golpe de Estado llega al poder. Estuvo varios meses detenido en Paraná y al salir
regresó a Buenos Aires donde trabajó en el diario La Hora y como vendedor de
libros para la editorial Signos. Eran tiempos de profusas charlas con Carlos
Mastronardi, Jorge Calvetti, Enrique Wernike, Raúl González Tuñón y José
Portogalo.
Su
texto fundamental es Las tierras blancas, publicado en 1956, de profundo realismo
poético54–“Sí, la prosa, a mi entender, tiene que ser obligatoriamente poética.
No puede ser una prosa chata, sin relieve, aunque tampoco hay que pasarse de
rosca”, decía el narrador (Friera, 2008: 4)–, relata en una doble voz narrativa
el éxodo de los campesinos entrerrianos y el desarraigo de su tierra, corridos
por el latifundio y la miseria. Así, la novela ofrece una mirada precisa de las
olvidadas y deterioradas (por la explotación) tierras gualeyas, de los
campesinos y su vida miserable en los lugares que alguna vez fueron fértiles. A
su clara visión política, en consonancia con su ideario comunista, Manauta liga
lo más selecto de la tradición poética occidental: elige como protagonista
principal a un niño llamado Odiseo, sinónimo de inteligencia y aventura,
rodeado de personajes
54 Los novelistas rusos del siglo XIX, incluido Gorki admirado por Manauta, entendieron a la literatura como una herramienta de combate. En sus cuentos y novelas narraron minuciosamente la escandalosa situación social dejada por el zarismo, previa a la revolución bolchevique.
…que luchan por sobrevivir; la narración se estructura en un magistral contrapunto poético entre Odiseo y La Madre durante un domingo de elecciones, en una perfecta amalgama entre el deseo aventurero del niño y el drama sociológico de la pobreza y el hambre. Aprendió de su amigo y mentor Juanele e indaga más allá de la simple protesta social; la contemplación logra nuevas formas narrativas. De ese modo, Las tierras… retrata a un sector excluido, de donde emerge la militancia y la lucha ante a un orden desigual y establecido, pero no en sentido chato y lineal sino humanizado tal como sus lecturas de juventud le habían enseñado.
En
una entrevista realizada en el año 200455, Manauta explica que construyó su
universo literario en base a los recuerdos de su infancia:
Nací en una escuela de alfabetización. Mi madre era la directora, y el gobierno de la provincia de Entre Ríos les daba merienda en la propia escuela a los chicos que venían a aprender a leer y a escribir. Yo tenía decenas de amigos, chicas y chicos. De ese modo, conocí desde mi infancia algunos perfiles de mi condición social. Vivíamos con el barrio pobre. Las tierras blancas son tierras erosionadas por las inundaciones. El agua se llevaba la parte fértil del suelo, lo que quedaba era la greda, esa tierra degradada, sucia. La casa escuela caló muy hondo, por eso es tan importante la memoria. La memoria afina las cosas, las estiliza y las valoriza. Es mucho más eficaz que la confrontación inmediata.
Y tanto los recuerdos de infancia como las novelas de Manauta eran realidades que la burguesía pretendía borrar (Barrandéguy, 2016: 200). El narrador, que no abandonó jamás su compromiso estético y humanista, falleció a los 93 años, el 24 de abril de 2013; su último pedido fue que sus cenizas sean esparcidas en el río Gualeguay.
55 Entrevista, en Archivo de la Audiovideoteca de Escritores
https://www.youtube.com/watch?v=ngAvRa9m9no
III.1.7. Alfredo Veiravé, del Gualeguay al monte chaqueño
Ríos y montes verdes vieron nacer el 29 de marzo de 1928 al poeta más joven de los creadores que abordamos en la presente investigación. Alfredo Veiravé nació y se crió en Gualeguay, Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi orientaron sus primeras lecturas hacia el simbolismo y el romanticismo –las lecciones de los padres poéticos serán decisivas en su vida y obra– y a sus primeros poemas los escribió en esta tierra. En 1951 se publicó su primer libro El alba, el río y tu presencia, poco tiempo después partió a Buenos Aires donde se instaló provisoriamente por un par de años, hasta que decidió su destino final cerca del monte norteño: Resistencia, la capital chaqueña, que a mediados de la década del ’50 era un territorio provincial apenas organizado 56.
Escribió
Emma sobre Veiravé: “De todos los poetas
de Gualeguay, es quizás el más viajero, el más sabio en sabiduría vital, (…) el
que nos dice más cosas estrafalarias e inquietantes, y el menos lírico,
felizmente.” El poeta, además, ejerció como profesor durante muchos años en
la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), allí
su palabra es autoridad. Falleció joven, mucho más que el resto, el 22 de
noviembre de 1992.
En
sus primeros libros Veiravéaún se encontraba bajo la esfera de la poesía de
Juanele y sus pregnancias de Gualeguay, y luego, ya en los 70, encuentra en el
Chaco un territorio más cerca de Latinoamérica. Como bien explicó Madariaga57,
América Latina comienza en Corrientes, así que el salto de Gualeguay a la
patria grande era natural casi.Podemos afirmar que tres libros y una déca da le
lleva a Veiravé superar la angustia de la influencia juaneliana, y otra década
y tres libros más, lanzarse hacia las fertilidades de un nuevo territorio
expandido. Se desplaza dos veces, entonces: una, de las retóricas simbolistas
francesas y otra, de las hispanoamericanistas (Rosa, 2018: mimeo).
56 El 8 de agosto de 1951, por Ley del Congreso Nacional, se creó una nueva provincia en la jurisdicción que hasta ese momento era el territorio nacional del Chaco; quedó constituida en 1952 y su primer nombre fue "Presidente Perón".
57 Poeta argentino, nacido el 9 de
septiembre de 1927, en Paraje Estancia Caimán, Departamento de Concepción en la
Provincia de Corrientes.
Según Elisa Calabrese (2002: 141/165), la instancia de la construcción autoral de Veiravé sucede en los ‘60 y se da entre el género poético y el crítico, lo que se observa, por ejemplo, en la predilección manifiesta en sus textos para la enseñanza de la literatura latinoamericana, de ahondar en ciertos momentos de la cultura de nuestro subcontinente; algunos de estos temas aparecen también en clave poética en El imperio milenario, poemario de 1973. Encasillado como perteneciente al neorromanticismo del ‘40 y coetáneo del surrealismo, del invencionismo y la antipoesía, Veiravé se para en las antípodas del objetivismo, el nacionalismo y la poesía social comprometida. Él sabe que para encontrar voz propia debe alejarse del ruido y junto con su amiga Amelia Biagioni hacen de su estancia provincial un lugar de contención contras las tendencias poéticas dominantes de su época a favor del desarrollo de una poesía que, atendiendo especialmente a la polisemia del término, podríamos calificar como alterna, tanto por su corrimiento de los ejes establecidos, como por su condición cambiante y nómade, la cual determina su singularidad y originalidad (Rosa, 2018, mimeo)
III.1.8. Cesáreo Bernaldo de Quirós y el arte gauchesco
Quirós no estuvo en el campo gualeyo en el período que nos atañe, aunque sí emergió de la misma dinámica político, social y económica que habilitaba un ámbito propicio para la cultura. Nació el 27 de mayo de 1879 en Gualeguay, era muy pequeño cuando se inició en el arte y apenas adolescente cuando se mudó a Buenos Aires; allí ingresó a la Sociedad Estímulo de Bellas Artes en 1897. Salvo esporádicas ocasiones en las que asistió a eventos no volvió a residir en su ciudad natal; diversas ciudades europeas –viajó por primera vez en 1900 cuando ganó una beca para perfeccionarse en Roma– y Buenos Aires lo cobijaron a lo largo de su vida, salvo un período entre 1916 y 1926 en el que se retiró al interior de Entre Ríos, no a Gualeguay, a estudiar la materia prima que luego conformaría su serie más famosa: Los gauchos. Durante su carrera profesional, que se inicia con fuerza tras su regreso del primer viaje a Italia, obtuvo gran cantidad de menciones y premios (gran diferencia con el resto de los artistas gualeyos que, en términos generales, vivieron al margen de las distinciones): primera mención en la Bienal de Venecia de 1901, su cuadro Los segadores fue adquirido por el Museo de Arte Moderno de Barcelona en 1907, Gran
Premio
y medalla de oro otorgados en la Exposición Internacional del
Centenario
–donde se le dedicó una sala especial–. Durante las décadas del
’20
y el ’30 expuso en España, Estados Unidos, Canadá, París y Gran Bretaña. Sus
obras abordan el paisaje, la naturaleza muerta y se destacan las pinturas de
gauchos y otros personajes de la vida rural.
La
crítica le ha otorgado mucha relevancia al trabajo de Quirós, el artista que
supo pincelar tan bien su aldea y hacerla universal, sobre todo el interés se
posa en la mencionada serie Los gauchos, obra sin precedentes en las artes
visuales de la Argentina. Lugones lo llamó el pintor de la Patria, en un
discurso que pronunció durante un homenaje realizado al artista, en septiembre
de 1928 en el Teatro Cervantes, y al que concurrieron políticos e intelectuales
(Foglia, 1959: 29). Aunque falleció en 1968, actualmente es considerado el
pintor nacional más importante, tanto que el precio promedio
de
un cuadro suyo no baja de 20 mil dólares y algunas obras han superado los 100
mil dólares.
III.1.9. Antonio Castro, el pintor del pueblo 58
“El
Antonio”, como lo llamaban los que lo frecuentaban y se contaban entre sus
amigos, nació el 25 de agosto de 1931 en el barrio gualeyo conocido como del
Corralón, en una familia de condición humilde que no podía
58 Así lo definió su amigo, que reside en Gualeguay, el músico y cantor José Antonio Ibarra, a quien entrevistamos en diciembre de 2016 y nos entregó un manuscrito donde relata vivencias de Castro. Escaneo en Anexo a esta tesis: págs. 213 - 221.
…costearle estudios. En 1943 ingresó al Hogar Escuela San Juan Bosco fundado por Roberto Epele, de quien hablaremos más adelante en la presente tesis, donde descubrió su vocación de pintor y artista. Tuvo diversos trabajos durante su juventud pero nunca abandonaba su amor por la pintura, un día –“de repente”, consigna Ibarra (2016)– se fue a Buenos Aires, donde residió un largo tiempo, aunque sin alejarse del todo de su ciudad natal, pues regresaba seguido. Una anécdota que le relató Castro a Rampoldi pinta su personalidad:
Una vez, cuando vivía en Buenos Aires,
conocí a un gitano que me compró mil dólares en trabajos. Yo vivía con Juan
Luis Morabes, el poeta, que soñaba con tener una máquina de escribir Lettera,
así que se la compré.
Me costó 30 pesos, me acuerdo. Pobre
Juan Luis, murió hace poco, necesitaba compañía porque era esquizofrénico. Pero
volviendo al gitano, resulta que él vendía mis cuadros en Europa, pero como si
fueran suyos. Y en Italia conoció a un marchante que se le puso a analizar mi
pintura.
Decía desde acá para acá, la separación
que vos hacés con el color habla de un expresionismo no sé cuánto. El gitano no
entendía nada y no pudo mentir, así que le dijo que las pinturas eran mías. Al
tiempo me mandó una carta contándome que ese marchante me pagaría la estadía en
Italia durante un año y que las ganancias las compartiría con él; con el
gitano.
Yo saqué el pasaporte, pero me dije si
me voy no vuelvo más, y no me animé. Yo llevaba una vida muy disipada, y en
Italia podía terminar en una canaleta. O me podría haber ido bien. (Gabriel, 2004: 69).
En 1963 conoció a Juan Carlos Castagnino, un personaje sumamente importante para su desarrollo artístico y al año siguiente ganó el concurso del Fondo Nacional de las Artes. El premio consistía en elegir un maestro y recibir una beca por tres meses, Castro quiso iniciar estudios con Castagnino pero éste estaba en Italia, y se decidió entonces por Rubén Dalton. Según consigna Rampoldi en su libro sobre el pintor “fue autor de poesías escritas en cuadernos de apuntes (…) Juan L. Ortiz fue su amigo, pues conocía a su familia desde antes del nacimiento de Antonio, y lo ayudó en curiosas circunstancias en Paraná”, una vez más el poeta-maestro-guíaamigo que da la mano a un artista que recién inicia su camino.
“El Antonio” ilustró libros de José Luis Morabes, Oliverio Girondo y Macedonio Fernández, además de exponer en galerías de Buenos Aires. Según Ibarra existen dos etapas muy marcadas en la estética del pintor gualeyo: en sus comienzos sus pinturas eran gris y negro; luego, en un segundo momento, todos los colores llenaron su paleta. Ibarra (2016) lanza una hipótesis al respecto y es que Castro padeció una enfermedad grave, estando en Buenos Aires, que lo dejó postrado en un Hospital por un tiempo, además de dejarle secuelas en un brazo, fue luego de reponerse de esa enfermedad que dio un giro la perspectiva artística: “fue a todo color, como que recién lo descubrió”. Ibarra lo describe como un pintor del pueblo –y lo diferencia de Roberto González: “Cachete era elitista… o la élite lo tomó a él como referente”–, se preocupa por resaltar los temas populares que aborda: el río, la costa, los árboles, y cuenta una anécdota en la que se cuela la ideología política de Castro:
En oportunidad de realizarse una exposición de sus obras en el Club Social (de Gualeguay) nos mandó una invitación a Omar y a mí. Al llegar al Club, lo cargué diciéndole ‘quién te ha visto y quién te ve, antes te daba dolor de estómago el solo hecho de pasar por el social y ahora exponés en sus salones’, y me responde ‘sí, pero ya vas a ver’, y al rato apareció con una chalina roja, pañuelo al cuello rojo, guantes y boinas rojas, y riéndose me dijo: ‘sabés cómo están puteando los viejos’. Claro, estaba vestido de comunista y los disfrutaba, no podían echarlo porque era el artista. (Ibarra, 2016).
El pintor ribereño, pintor del pueblo, que se describía como un autodidacta, vivió siempre muy humildemente, sus amigos se encargaban de llevarle provistas de alimentos para su subsistencia, afirmaba que mientras estuviese vivo su obra no sería puesta en valor (Ibarra, 2016). Dividió su tiempo vital entre Buenos Aires y Gualeguay, sin embargo, regresó a su costa y a su río y el 16 de diciembre de 2002 murió en la ciudad que lo vio nacer. Emma Barrandéguy (2016: 201) escribió, en El Debate Pregón, una nota muy amorosa y llena de admiración por la obra y la vida del artista, pocos días después de ocurrida su muerte; allí rememora una visita a la “humildísima casita” de Castro, despojada de casi todo lo material, afirma que vivió una “perra vida” que regaló sus pinturas y ni siquiera tuvo un reconocimiento económico de la provincia para vivir dignamente pero, entre tanta penuria –material y de salud– Emma celebra la ideología de izquierda del pintor: “¡Y siempre en la zurda, gracias a Dios!”
III.1.10. La belleza del dolor: “Cachete” González pintor y dibujante
“Me
entra una desazón pensando que mi pintura pueda no servir para nada…” dicen que
expresó alguna vez Roberto González, conocido por todos como Cachete, quien
nació en Gualeguay el 9 de febrero de 1928 y vivió una infancia muy pobre,
prácticamente sin escuela y dedicándose a diversas tareas para ayudar a su
familia. Era casi un adolescente cuando entró al Hogar Escuela San Juan Bosco y
conoció al maestro Roberto Epele. Gracias a él, Cachete dejó de lado el fútbol
junto con la posibilidad de irse al club de sus amores y se decidió por el
arte. A principios de la década del ’50 viajó a Buenos Aires donde no consiguió
trabajo y vivió en duras condiciones pero decidió quedarse. Pocos meses después
obtuvo una beca de la provincia de Entre Ríos para asistir al taller del
reconocido pintor Juan Carlos Castagnino; su primer encuentro con la formalidad
del arte.
González
expuso por primera vez en su ciudad natal en 1955, la librería de Ernesto
Hartkopf y su Rincón del arte le dieron la bienvenida, en una muestra más de
esa especie de mecenazgo que ofrecía el librero gualeyo, de lo cual se dará
cuenta más adelante en este capítulo. En Buenos Aires, Cachete frecuentó
estudios y clases diversos con celebridades como Emilio Petorutti, la escultora
Cecilia Marcovich, Julio Payró (Míguez Iñarra, 2004: 63).
Sin
embargo, Noé en la carta de despedida que le escribe al pintor gualeyo afirma
que González consideraba su gran maestro a Juan L. Ortiz, a quien frecuentaba
en Gualeguay en su juventud y “tanto quería”. Volvía frecuentemente a Gualeguay
a visitar su familia y la ciudad en la que ya no vivían sus entrañables amigos
Antonio Castro y Alfredo Veiravé:
Cuenta su hermana Aurora y su sobrina
Cristina Etulain que cuando venía de visita, solían salir a caminar por la
costa del río Gualeguay con el mate, y en algunas ocasiones él se sentaba a
pintar. En sus viajes gustaba de asados en compañía de la familia. Fue una
persona totalmente generosa, que daba más de lo que tenía. Incluso con sus
obras fue muy dadivoso.
Alguna vez un crítico de arte dijo que
su pintura no se cotizaría lo que realmente merecía, hasta que él dejara de
regalar cuadros. Fue un ser desinteresado completamente por los bienes
materiales, fue generoso con todos.
(Míguez Iñarra, 2004:63).
Sus dibujos y pinturas fueron señalados por su hondura, dolor, lucidez y tragedia. La búsqueda de lo profundamente humano lo llevaba a bucear en los márgenes de la ciudad, en los sórdidos basurales en los que la destrucción y el fracaso son el paisaje de lo sublime (Ibídem). “Cachete” González falleció el 26 enero de 1998 en Buenos Aires, entre sus amigos especiales se contaban sus coterráneos Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, los músicos Cuchi Leguizamón, Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese, Hamlet Lima Quintana, Horacio Guaraní, Armando Tejada Gómez, y el pintor Luis Felipe Noé.
III.1.11. Otros creadores
Nacidos a fines del siglo XIX, a principios o apenas transcurridas unas décadas, del siglo XX, Isidro Maiztegui, Leoncio Gianello, Roberto Beracochea, Antonio Gamboa Igarzábaly, Adolfo Cosso, son nombres de artistas de Gualeguay que también pertenecen al universo creador configurado en las primeras décadas del siglo pasado. Dedicados a las artes visuales, al periodismo, a la literatura o a la música como Isidro Maiztegui, estos intelectuales rodearon y convivieron con los mencionados antes y, aunque con menos reconocimiento aún de parte de la crítica y del público masivo, comparten un lugar en la galería del campo cultural precario de la pequeña ciudad de provincia.
Mientras
Gianello se ocupó de hacer una historia de Entre Ríos que diera cuenta de los
acontecimientos relevantes que ubican a la provincia en un lugar destacado a
nivel nacional, Beracochea estuvo a la cabeza de la dirección de la Biblioteca
Popular en la década del ´30 y fue una ficha fundamental en el engranaje
montado por Ortiz, Mastronardi y compañía, gracias al cual Gualeguay se
enriqueció con el intercambio de artistas y artes provenientes de Buenos Aires
y el exterior. Por su parte, Maiztegui ocupó un lugar relevante en la escena de
la música de tono clásico, sus primeros estudios los cursó en el Conservatorio
Mozart de la ciudad gualeya y tempranamente partió a Buenos Aires. A partir de
1933 se avocó a la composición de música para películas y dejó allí uno de sus
mayores aportes. Según la crítica sus obras se nutren de giros provenientes del
ámbito popular argentino. También ejerció la docencia. De
Los
intelectuales de Gualeguay estaban conmovidos por los sucesos que habían
generado la primera guerra mundial, a lo que se le sumaba la crisis económica y
social de los años treinta, provocada por la caída de la Bolsa de 1929. Las
consecuencias fueron considerables: los años treinta fueron la década en que
los jóvenes escritores se politizaron y la política de esta generación fue casi
exclusivamente de izquierda. La izquierdización de los intelectuales fue
general en la mayoría de los países de Europa, y como vemos en este trabajo, en
Gualeguay se hizo sentir tempranamente con la creación de un movimiento de
posguerra como ellos mismos se denominaban. Se realizaban reuniones, por
ejemplo en la casa de Emma Barrandéguy, en las que participaban además de los
escritores, comerciantes, obreros e interesados en las ideas que allí
circulaban.
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UNIVERSIDAD NACIONAL DE ROSARIO CENTRO DE ESTUDIOS
INTERDISCIPLINARIOS MAESTRÍA EN ESTUDIOS CULTURALES
Maestranda: Lic. Daniela María Godoy
Directora de tesis: Dra. Claudia Rosa
Co directora de tesis: Dra. Julia Miranda
Rosario, marzo 2018.
(Publicación en curso).

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