Un gran día para dos mujeres
Es cerca de la medianoche, un sábado de verano. El colectivo de larga distancia que parte desde la capital provincial se detiene, finalmente, en la modesta terminal de una ciudad del sur, a unos 250 kilómetros de origen. El vehículo suspira aire caliente y suelta un puñado de pasajeros adormilados, entre ellos dos mujeres de unos treinta años, de andar tranquilo y vestimenta discreta. Parecen conocerse. Tal vez compartan algo más que este viaje. Caminan juntas, con ese sigilo de quienes saben que la noche será larga. Ambas están al tanto: deberán esperar allí, hasta que el sol asome, para encarar —cada una por su cuenta, pero hacia el mismo destino— una jornada distinta, casi íntima. La espera se extenderá por unas ocho horas, como una vigilia. La terminal, aunque pequeña, ofrece sus rincones. Una de ellas recorre el lugar con pasos medidos, observando sin urgencia. La otra, vencida por el cansancio, se recuesta en uno de los bancos de madera e intenta dormir. Pero el sueño no llega....