Una reflexión sobre el suicidio y sobre una visión ampliada de la vida

Desde mi perspectiva el tema del suicidio tiene una connotación cultural y antropológica profunda y tiene que ver desde dónde o cómo se lo aborda profesionalmente al ser (no me gusta decir paciente porque es sinónimo de pasividad y la recuperación del enfermo depende casi exclusivamente de él mismo).

La persona suicida, como cualquier otra, adquiere a través de la cultura donde vive distintos estereotipos, convencionalismos y creencias falsas sobre distintas cuestiones. Un ejemplo de ello podría ser que para ser amado y respetado en la vida, tengo que ser exitoso, popular, adinerado, bello, buscar continuamente la aprobación de los demás como si fuéramos infantes -aunque esto es absolutamente natural en ellos, no así en edad adulta-, y que todo el valor de la vida debe buscarse por fuera. Y esto es una completa falacia o error pensar o vivir así.

En este sentido, lo primero que hay que decirle a una persona es lo siguiente: “Usted es alguien que vale”. Vale por su don de gente, sus valores, dones, virtudes; es decir por todo un potencial intrínseco que todos llevamos dentro. Y además hay que remarcarle que siempre debe confiar en sí misma y para ello hay que cultivar un hábito de autoconocimiento constante. Lamentablemente, las instituciones del sistema no procuran explotar lo mejor de nosotros mismos por el simple hecho de que no conviene. Lo que conviene es que seamos sumisos, no cuestionemos, no pensemos por nosotros mismos y estemos preparados casi exclusivamente para trabajar y ganar dinero, casi como una meta sagrada. Y de esta manera, la autoestima del ser humano se esfuma o se trastoca creyendo que, como dije anteriormente, tiene buscarse fuera de sí. Tampoco el valor depende de otras personas: ya sean seres queridos o individuos en general.

En el caso que debamos enfrentarnos a una situación grave, dolorosa o crucial lo primero que tenemos que hacer es aceptar lo que nos sucede. Esto, que es obvio, no nos parece eso cuando estamos desbordados emocionalmente. Tendemos a resistirnos, a no admitir lo que estamos atravesando, a negar nuestra realidad. Y tenemos que comprender que con ello hay cuestiones personales que revisar, ya sea como autoexamen o reflexión, y a dicernir sobre el sobre el "por qué y para qué", como así también para tomar nota sobre los recursos psicológicos o espirituales con los que cuento o carezco para enfrentar esos momentos. Y evitar hacer esto o tomar la ruta corta o fácil no es la solución definitiva; es necesario empoderarse en el proceso, actuar coherentemente y sanar rápidamente para salir airoso o con un aprendizaje profundo de la experiencia.

Debemos también cultivar la tolerancia al fracaso y no tomarlo como algo lúgubre o terrible sino que justamente es la simiente del crecimiento o del éxito. Toda experiencia de la vida, por más breve o insignificante que pueda parecernos nos deja una enseñanza, una clave, una información para aprovechar e invertir en mi cambio personal. 

En definitiva, debemos reeducar a la población o fomentar ideales para que se cuente con otra visión de la vida, del mundo, de las cosas. También es importante bajar las excesivas expectativas sobre proyectos o ideales de vida. Otros factores que atentan con nuestro bienestar psíquico y mental es caer en la tentación de alcanzar estándares de supuestos ideales que diseña un sistema opresor; en este sentido, muchas veces nos muestran o nos bombardean con anuncios comerciales, películas, series, frases, sobre que lo que es disfrutar la vida y ser feliz, que puede resumirse en que lograrlo es a través de obtener mucho dinero, lujos, popularidad, reconocimiento permanente. Esto es una utopía. 

Es evidente que vivimos en una cultura dañina para el alma y nuestros valores, y se promueve constantemente la competitividad y una lucha constante –y a veces destructiva- con el prójimo, no solo entre equipos, sino en lo común de las relaciones humanas. Es decir no se fomentan sanas costumbres de convivencia. Se justifica la venganza, el odio, la suspicacia, el miedo, la duda. Y en este punto pueden explicarse tantas rupturas y distanciamiento entre las personas.

Quiero hacer hincapié en algo que abordé anteriormente sobre cuestiones de índoles internos o espirituales, sobre conocerse todos los días un poco más, avanzar en corregir conductas, manías, hábitos para transformarlos en saludables. Vivir la vida en una expansión de conciencia, utilizando nuestro hemisferio derecho, que refiere a nuestras capacidades o dones de tipo intuitivo, psíquico, metafísico. Predisponernos todos los días ante la vida con entusiasmo, alegría, alejándonos de las distracciones ordinarias y haciendo foco en pequeños o grandes desafíos, programar distintas metas, intentar mil cosas y aprender de la prueba y error, hacer al menos una vez al día algo distinto, que nos haga crecer, superarnos y amarnos, y amar la vida un poco más.


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