Un gran día para dos mujeres

Es cerca de la medianoche, un sábado de verano. El colectivo de larga distancia que parte desde la capital provincial se detiene, finalmente, en la modesta terminal de una ciudad del sur, a unos 250 kilómetros de origen. El vehículo suspira aire caliente y suelta un puñado de pasajeros adormilados, entre ellos dos mujeres de unos treinta años, de andar tranquilo y vestimenta discreta.

Parecen conocerse. Tal vez compartan algo más que este viaje. Caminan juntas, con ese sigilo de quienes saben que la noche será larga. Ambas están al tanto: deberán esperar allí, hasta que el sol asome, para encarar —cada una por su cuenta, pero hacia el mismo destino— una jornada distinta, casi íntima. La espera se extenderá por unas ocho horas, como una vigilia.

La terminal, aunque pequeña, ofrece sus rincones. Una de ellas recorre el lugar con pasos medidos, observando sin urgencia. La otra, vencida por el cansancio, se recuesta en uno de los bancos de madera e intenta dormir. Pero el sueño no llega. Sólo el insomnio tibio de las madrugadas ajenas. Charla. Se turnan. Hablan entre ellas, con los trabajadores de la estación, con el empleado del único drugstore que se mantiene abierto por la inercia de la noche. También hacen llamadas, breves, con amistades. Las horas se escurren lentas, como gotas de humedad.

En los últimos compases de la espera, algo cambia. El aire se torna eléctrico. Empiezan a prepararse. Una se acomoda el cabello frente a un vidrio opaco que hace de espejo, mientras la otra se pone un poco de perfume y cambia de ropa. Se acercan al drugstore con necesidades pequeñas, pero precisas: una banda para el pelo, un pote de pasta dental, un delineador. El encargado niega con una sonrisa resignada. No hay nada de eso. Pero a ellas no parece afectarles: están en otra sintonía, más liviana, expectante.

Lentamente, la oscuridad cede. El cielo comienza a clarear, el sol asoma tímido detrás de los galpones, y la ciudad se despereza. Las mujeres ya no parecen cansadas. Conversan con entusiasmo renovado, sonríen, se miran. Toman sus bolsos, se acomodan las carteras al hombro y se marchan, caminando decididas por una calle que empieza a llenarse de luz.

El destino está claro: se dirigen a la unidad penal de la ciudad. Allí las esperan sus novios, privados de la libertad, pero no del amor. Han cruzado kilómetros, han enfrentado la noche y el insomnio, sólo para compartir unas horas, un abrazo, tal vez una mirada que alivie la espera más larga: la de ellos, tras los muros del encierro.


 

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