Crónica sobre el origen de los Tribunales de Gualeguay


Frente a la Plaza Constitución, en la esquina de Monte Caseros y Rocamora, existe un edificio que desde hace más de un siglo observa el movimiento cotidiano de Gualeguay con una solemnidad casi intacta. Sus paredes han visto desfilar generaciones enteras: jueces, abogados, policías, presos, familias, empleados judiciales y vecinos comunes que alguna vez cruzaron aquellas puertas buscando respuestas, reparación o justicia.

El Palacio de Tribunales no es solamente un edificio público. Es una de las construcciones institucionales más emblemáticas de la ciudad y, probablemente, una de las que mejor expresa aquella aspiración de progreso y modernidad que atravesó a la Argentina de comienzos del siglo XX.

Las reseñas históricas difundidas por el Poder Judicial de Entre Ríos y por investigadores locales coinciden en que el edificio terminó consolidándose como “Palacio de Tribunales” en el año 1908, aunque sus orígenes se remontan a los primeros tiempos urbanos de Gualeguay. La ciudad crecía entonces empujada por el comercio, la producción ganadera y la consolidación de sus instituciones públicas. En ese contexto, la justicia necesitaba una sede acorde a la importancia que comenzaba a adquirir el departamento dentro del mapa entrerriano.

A principios del siglo pasado, los edificios públicos no eran concebidos únicamente como espacios funcionales. Debían transmitir autoridad, estabilidad y permanencia. La arquitectura institucional era también una forma de lenguaje político. Municipios, bancos, escuelas y tribunales se levantaban con fachadas monumentales porque el Estado buscaba expresar, a través de la piedra y la ornamentación, la idea de orden republicano.

El Palacio de Justicia de Gualeguay nació bajo esa lógica


Su presencia urbana todavía conserva aquella intención original. Aun hoy, quien se detiene frente al edificio percibe una estética de inspiración clásica, marcada por la simetría y la elegancia sobria de comienzos del siglo XX.

El arquitecto Fabio Perlín, investigador de la obra de Juan Buschiazzo, dedicó parte de sus estudios a reconstruir la posible autoría del edificio. “Primeramente, vale aclarar que, de los registros consultados, la mayoría muy escuetos sobre la obra de Juan Buschiazzo, todos concuerdan en que proyectó el Palacio de Justicia de Gualeguay, pero sin documentación alguna, ni mayores datos”, señala Perlín.

La figura de Juan Buschiazzo aparece asociada a numerosas obras fundamentales de la arquitectura argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. Nacido en Italia y radicado en Buenos Aires, Buschiazzo fue responsable de edificios emblemáticos en la capital del país y en distintas provincias, participando activamente en la transformación urbana de la Argentina moderna.

Sin embargo, en el caso de Gualeguay, la documentación histórica resulta fragmentaria.

“Buscando por cuenta propia encontré que dicho palacio existe aún y lo testimonio con fotos del ayer y hoy del mismo edificio, lo que no puedo asegurar es la autoría del arquitecto”, explica Fabio Perlín. Aun así, el investigador arriesga una hipótesis arquitectónica: “Hago mi descripción de lo que veo. En 1908 Buschiazzo diseñó, probablemente con su hijo Juan Carlos, el Palacio de Justicia o Tribunales de la ciudad de Gualeguay”.

La descripción realizada por Perlín permite imaginar el espíritu original de la construcción. El edificio fue proyectado en dos plantas y rematado por un cornisamiento longitudinal. Su frente principal presenta una puerta central de dos hojas, coronada por un balcón de balaustres y un frontis semicircular que jerarquiza el acceso principal. A ambos lados se distribuyen ventanas apareadas que aportan equilibrio visual y refuerzan la simetría de la fachada.

En el piso superior continúan las dependencias administrativas y judiciales, organizadas mediante una sucesión de ventanas alineadas. La esquina presenta una ochava ciega —recurso arquitectónico frecuente en la época— mientras que sobre la calle lateral aparece una puerta auxiliar de menores dimensiones, adaptada a la estrechez del terreno.

“No presenta modificaciones”, concluye Perlín con cierta admiración implícita. Y acaso allí resida uno de los mayores valores patrimoniales del edificio: haber sobrevivido más de un siglo sin perder su identidad arquitectónica esencial.

Esa permanencia no es un detalle menor


Muchos edificios históricos argentinos desaparecieron bajo demoliciones, remodelaciones improvisadas o la presión inmobiliaria. El Palacio de Tribunales de Gualeguay, en cambio, continúa ocupando el mismo sitio frente a la Plaza Constitución, como una pieza intacta de la memoria urbana.

Pero además de su valor arquitectónico, el edificio guarda otro patrimonio menos visible y más profundo: el de las historias humanas.

Entre sus paredes se tramitaron herencias familiares, conflictos rurales, disputas comerciales, crímenes, absoluciones y tragedias íntimas. Por sus escaleras pasaron generaciones enteras de magistrados y abogados. Allí llegaron también inmigrantes, estancieros, trabajadores rurales y vecinos anónimos cuyas vidas quedaron, por un instante, suspendidas dentro de un expediente judicial.

Cada ciudad tiene edificios que funcionan como testigos silenciosos de su tiempo. En Gualeguay, el Palacio de Justicia es uno de ellos.

Y quizá por eso, cuando cae la tarde sobre la Plaza Constitución y la vieja fachada comienza a teñirse con la luz dorada del atardecer entrerriano, el edificio conserva todavía aquella misma solemnidad con la que fue concebido en 1908: la idea de que la justicia debía tener no sólo autoridad, sino también una arquitectura capaz de atravesar los siglos.

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