Del carnaval del ramito al fenómeno nacional: La historia de los corsos de Gualeguay

Gualeguay es, por definición, sinónimo de carnaval. Su fiesta actual, que convoca a miles de personas de todo el país en su cosmódromo, no nació de la noche a la mañana. Detrás de las plumas, la música y el brillo contemporáneo se esconde una rica historia que se remonta a casi dos siglos atrás, alimentada por decretos coloniales, inmigrantes nostálgicos y personajes entrañables de nuestra cultura.

Los primeros trajes de fiesta y los corsos de la alameda

Si bien el origen exacto de los festejos locales se diluye en el tiempo —atribuido principalmente a las tradiciones alegres que las corrientes inmigratorias españolas e italianas trajeron consigo—, el documento más antiguo que certifica su existencia es un decreto del Gobierno Provincial fechado el 18 de enero de 1843. En este texto histórico, las autoridades daban luz verde formal a las celebraciones en Gualeguay, autorizando el uso de los entonces llamados "trajes de fiesta".

Hacia finales del siglo XIX, la celebración adoptó una estructura más definida bajo el nombre de los Corsos de la Alameda. Aquellas fiestas veraniegas diferían mucho de las actuales: los desfiles tenían un marcado estilo militar, eran protagonizados exclusivamente por hombres y estaban dirigidos a un sector específico de la población.

Para organizar el evento, las comisiones de vecinos se autoconvocaban mediante avisos en los periódicos locales. En una de aquellas comisiones de principios del siglo XX, un joven gualeyo que más tarde conmovería al mundo con sus pinceles ofreció su talento: Cesáreo Bernaldo de Quirós, quien se encargó de pintar los grandes carteles carnavalescos. El marco musical lo ponía "La Estudiantina", una orquesta de jóvenes apasionados armada con flautas, violines, guitarras y bandolines.

El juego de los nardos y la comparsa gaucha

Con la llegada del nuevo siglo, aquellos desfiles derivaron en el romántico "Carnaval del Ramito". El circuito céntrico se llenaba de carruajes y los vecinos jugaban arrojándose ramitos de nardos, papel picado, serpentinas y pomos de agua florida que obligaban a detener la marcha de los "mateos" (los carruajes conducidos por los antiguos carroceros). Las carrozas de la época reflejaban el asombro por el progreso, mostrando figuras alegóricas al ferrocarril o imponentes esculturas de animales, mechadas con jinetes a caballo, carros decorados y máscaras sueltas.

Ya en la década de 1930, el corso popular dio un giro de identidad crucial con la irrupción de "La Comparsa Gaucha" de Geroma Moreyra, un verdadero hito familiar y comunitario en 1939. Esta agrupación hacía desfilar a paisanos y chinas que bailaban el pericón nacional a lo largo de la vieja calle ancha (la actual calle San Antonio).

El origen del corso barrial: Tal como lo rescató el profesor Daniel González Rebolledo en su investigación "¿Quién es la Vaca 'el Corso'?" para la revista La Loca de al Lado, la mística de Geroma Moreyra encendió la mecha de los corsos populares. Una posta barrial que luego continuarían las queridas agrupaciones de Nichea y de Bety Córdoba.

Aquel espíritu participativo y barrial fue el verdadero cimiento de la fiesta. Lo que comenzó con ramitos de nardos y pericones en calles de tierra fue transformándose, década tras década, hasta moldear la fisonomía de una de las capitales del carnaval más importantes de la Argentina. Una fiesta que late en la sangre gualeya desde hace casi 200 años.

Tapa de la Revista La Loca de al Lado, año 1986.


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