Puerto Ruiz: Nostalgias del rincón entrerriano que fue motor productivo de la zona

Apenas unos pocos kilómetros separan a la ciudad de Gualeguay de Puerto Ruiz, un paraje que hoy respira la tranquilidad típica del paisaje fluvial, pero que guarda en sus raíces las historias más vibrantes del origen entrerriano.

La aventura de este rincón litoraleño comenzó a promediar el siglo XVIII. Corría el año 1750 cuando dos hermanos de origen cordobés, Pedro y Domingo Ruiz, divisaron el potencial de la zona. Atraídos por las bondades de las pasturas y la notable abundancia de ganado cimarrón, no tardaron en asentarse e instalar un saladero que terminaría dándole nombre y destino al lugar.

El faro cultural: La cuna del mítico “Juanele”

Si el siglo XVIII le dio a Puerto Ruiz su perfil productivo y su carácter indómito, el siglo XIX le regalaría su mayor orgullo cultural. El 11 de junio de 1896 nació allí Juan Laurentino Ortiz, quien se convertiría en uno de los poetas más excelsos y singulares de la literatura argentina.

Aunque el pequeño "Juanele" inició sus estudios primarios en Villaguay, el imán de su tierra fue más fuerte: a los diez años regresó a Gualeguay para ingresar a la Escuela Normal Mixta de Maestros, las aulas donde precisamente comenzó a brotar su irrefrenable vocación por la poesía.

Saladeros, el puerto, el ferrocarril (1)

Previo a la aparición de los frigoríficos, los saladeros cumplían la función de recibir, faenar y aprovechar cada elemento de los vacunos para su mejor comercialización.

Para transportar el charqui y los fardos de cueros secados al sol había que seguir el curso del río, cuya bajante dificultaba a veces la tarea. Dicen que los Ruiz, que se daban maña para todo, mandaban coser varios cueros de vacas con tientos y usaban esas “grandes planchas”, tiradas por yuntas de caballos, para aumentar la profundidad de las aguas (como lo haría una pala de arrastre). Poco a poco se fueron alambrando otros campos y se construyeron nuevos saladeros. Hasta que en 1830 se inauguró formalmente el puerto, el tercero de cabotaje más importante de la pampa húmeda, donde llegaron a trabajar hasta dos mil personas. Por esos años, circa 1839, Giuseppe Garibaldi (que tuvo una breve pero intensa vida social en Gualeguay) aprendió a cabalgar en Puerto Ruiz.

Y en 1866 llegó el ferrocarril al pueblo: “El Primer Entrerriano”. La estación todavía existe y entre los yuyales y en el muelle adoquinado aún se dejan entrever las vías. En ese Puerto Ruiz pujante y a la vez agreste vivió hasta sus tres años Juanele, décimo hijo de una lavandera y un peón rural, que quizás evocó esa primera vivencia del paisaje fluvial en versos como “Misterios antiguos vagan en las orillas / Memorias fantásticas se anudan en los claros”. Sin embargo, cuando la baja profundidad del río desplazó a Puerto Ruiz y la mayoría de sus habitantes rumbearon hacia otros pagos en busca de conchabo, la familia Ortiz ya llevaba varios años radicada en Gualeguay.

(1) Fragmento de un artículo publicado por el diario La Nación.

Puerto Ruiz (2)
El mismo llegó a ser el tercer puerto en importancia de la Argentina, después del Puerto de Buenos Aires y el de Rosario, entre 1880 y 1890, cuando Entre Ríos comerciaba con el mundo de modo particular. Su funcionamiento significó una época de esplendor para la ciudad de Gualeguay y las localidades aledañas. Hasta 1930 se mantuvo activo pero la escasa profundidad del río Gualeguay (el dragado del río en la zona de Puerto Ruíz era un pedido que se repetía desde 1901 y que no se concretó) sumado a la transportación ferrocarril que abarataba costos y tiempo, firmaron el certificado de defunción del Puerto Ruiz; una pérdida que impactó profundamente en el pueblo erigido a su alrededor. Actualmente se conserva parte de la estructura original, ganada por la herrumbre, con parte de los techos caídos y las paredes enredadas en pastizales. Las únicas embarcaciones que visitan al viejo Puerto son barcazas con ganado desde las islas que están enfrente y el caserío yace olvidado, habitado por pescadores y changarines que solo conocen por relatos las viejas glorias pasadas; incluso le dan mínima importancia al hecho de que allí haya nacido el mejor poeta que tiene la literatura argentina del siglo XX.

Los datos que pueden recabarse respecto del Puerto Ruiz dan cuenta del floreciente comercio exterior que tenía la provincia en general y Gualeguay en particular. Por ejemplo, en octubre de 1890 el bergantín “Secundet” partió con rumbo a La Habana cargado de 213.390 kilos de carne de tasajo proveniente de los saladeros más importantes de la zona, el “San José” y el “San Bernardo”. Los saladeros eran una industria próspera, aun desde la primera mitad del siglo XIX, fomentada por una Ley provincial de 1835 (Saavedra, 2010). Tanto es así que en la zona de desembocadura del Río Gualeguay existían tres grandes saladeros: “Puerto Ruiz” (fue el primero, creado en 1840 por un grupo de vascos recién llegados al lugar: Mihura, Laurencena, Marcó) “San José” (Berisso) y “San Bernardo” (Parachú). Justo José de Urquiza no solo era general, gobernador entrerriano y, luego, presidente de la Confederación, era también uno de los empresarios saladeristas más importantes de la provincia a mediados del siglo XIX, si se tiene en cuenta el número de empleados con los que contaba su establecimiento Santa Cándida y la cantidad de reses que se faenaban diariamente, según consta en la documentación del Archivo Histórico que preserva documentación histórica de Urquiza y que se encuentra en el Palacio San José. Los establecimientos saladeriles transformaron las haciendas en productos transportables a los mercados de consumo, movilizando la riqueza estancada y dándole un valor que hasta entonces no tenía (Monzón, 1929: 7/15).

Vapor que llega a Puerto Ruiz en 1876

Además del puerto era vital el aporte de las vías férreas que desde fines de la década de 1880 aumentaban a un ritmo elevado: “Los ferrocarriles tenían en la Provincia una gran actividad, demostrada por los siguientes datos estadísticos de 1906 en que trasportaron: 202.320 pasajeros, 185.797 toneladas de cereales, 115.554 cabezas de ganado y 193.846 toneladas de carga general” (Gianello, 1951: 529)

En el año 1905 entraron a Puerto Ruiz 111 buques (92 a vapor + 19 a vela) con 40 mil Tn de carga y en 1911 salieron de Puerto Ruiz 166 buques (88 a vapor + 78 a vela) y entraron 167 buques (88 a vapor + 79 a vela). (Vico, 1972).

Hacia la década del cuarenta, el auge de la actividad ganadera y agrícola y el esplendor del Puerto fueron menguando hasta desaparecer. Situación coincidente con lo que ocurre en el escenario económico y político nacional, donde el poder de la oligarquía terrateniente se ve disminuido desde los últimos años del ´20 (aunque no desaparece nunca por completo) y, sobre todo, en la década del ’40, la cual marcará el ingreso de una nueva clase en el horizonte político, social y, por ende, económico del país (Romero, 1965: 90/96; Cattaruzza, 2001).

Hacía 1910, el Centenario de la Patria, la ganadería (de vacunos, ovinos y equinos) era la actividad más importante en Gualeguay, tanto por la cantidad de cabezas en pie como por el rédito que ésta dejaba, y se mantenía en franco crecimiento. La actividad agrícola, en tanto, no le perdía pisada y ascendían a más de 85 mil las hectáreas sembradas con lino, trigo, avena, cebada, entre otros cereales. Del Puerto Ruiz salían, por año, más de 160 buques cargados con productos de exportación. El valor de las exportaciones, calculadas en precio oro, fue durante el año posterior al Centenario de 5.047.763,92. “Es la furia del trigo, todos quieren sembrar trigo, dice mi padre. Los colonos son todos franceses o italianos”, le hace decir Emma Barrandéguy (1986) a un personaje en su autobiografía.

Saladero "San José".

La actividad ganadera era la principal actividad económica en Gualeguay ya desde mediados del siglo XIX. A fines del siglo, se sumó la agricultura, promovida por los inmigrantes que llegaban. Así, la ganadería, el establecimiento de colonias agrícolas y las nuevas industrias, hicieron de Gualeguay, hacia comienzos de 1890, un importante centro económico.

Los avisos publicitarios del diario “La Discusión” del año 1888 reflejan el desarrollo de la actividad agraria en los campos del Departamento, además se publicitan casas comerciales de Buenos Aires, lo cual habla de una plaza sustentable. Del mismo modo, desde los primeros años del siglo XX el diario El Debate presenta en sus pocas páginas gran cantidad de publicidad de empresas ganaderas, frigoríficos, consignatarias de hacienda, insumos para el agro en general. Gianello (1951: 521) expresa: “Durante el año 1899, trabajaron cinco saladeros que faenaron 158.086 cabeza de ganado. Las estadísticas de la producción dieron cifras alentadoras y era evidente que la provincia atravesaba por una próspera etapa de su vida económica”.

La poeta y novelista Emma Barrandéguy es, además, una narradora fundamental de los primeros años del siglo XX en Gualeguay. En dos libros suyos aparece descripta y relatada la sociedad, la cultura, las luchas políticas, las cuestiones económicas de la época: Crónicas de medio siglo y su novela autobiográfica Habitaciones. La escritora nos dejó material suficiente para explorar el pasado gualeyo, y los acontecimientos que interesan a la investigación por su íntima ligazón con la conformación de un campo cultural local. Acontecimientos vinculados a las actividades agrícolas ganaderas de Gualeguay y a las comunicaciones comerciales:

Los barcos unían Entre Ríos con la Capital y con Rosario en un constante trueque. Libre navegación de los ríos decían en la escuela. Las colonias, como llamaban los ganaderos tradicionales a los campos cultivados por los gringos, eran extensas e importantes; el tránsito de la primera trilladora por el pueblo de mi infancia era permitido con orden municipal y sellos. Chicos y grandes aplaudían el ruido de esas ruedas sobre el empedrado…” (Barrandéguy, 2002: 22).

(2) Fragmento de la tesis Gualeguay: la conformación de un campo cultural en las primeras décadas del siglo XX (1925 – 1935).

Saladero San José 1876 - 1920 (3)

Los saladeros estaban ubicados necesariamente sobre los puertos, pues sus productos iban a ultramar. El Riachuelo, Ensenada, Berisso y otros lugares de Capital Federal eran asientos de la industria que se encontró a la puerta de Buenos Aires. En Entre Ríos y la región de la Mesopotamia, en las márgenes del río Gualeguay, más precisamente en Puerto Ruiz, se encontraban los saladeros que exportaban tasajo, cuero, grasa y demás productos derivados. Contaban con corrales, brete, mangas y balanza, sección estaqueaderos para cueros e instalación de cocinas, fábrica conserva, para enlatar al vacío.

El saladero “San José”, en Puerto Ruiz, Entre Ríos, constituía una fábrica de las más avanzadas en su género. Se movía a vapor y poseía una planta de conservas para la exportación del extracto de carne en latas. Funcionó regularmente hasta el año 1905. Era un establecimiento zafrero, que tomaba la producción de novillos de verano básicamente del Litoral Sur. Luego trabajó dos o tres temporadas más para cesar definitivamente sus actividades alrededor de 1920. Sus edificios se mantuvieron hasta los años 70, los cuales fueron desarmados en su totalidad; hoy sólo queda la chimenea.

Puerto Ruiz, merced a la actividad de los saladeros, llegó a ser uno de los puertos de exportación más grandes del país, funcionando allí durante varios años. Fue la segunda aduana en importancia del país. Cuando el vacuno parecía marchar al ocaso irremediablemente, buenas noticias socavan la opinión pública, pues se formaba una campaña francesa dispuesta a explotar el Tellier consistente en conservar las carnes frescas dentro de cámaras mantenidos 0° centígrados por una corriente de aire seco, enfriados por vaporización de éteres.

Hermanos Berisso.

“El Frigorifique”, el buque equipado para la prueba llegó a Buenos Aires para la Navidad con carne fresca de reses muertas tres meses antes. Se ofreció un banquete a bordo con esa carne, y aunque su gusto no fuera muy recomendado se habló entusiasmadamente de la misma.

En Puerto Ruiz la industria saladeril se desarrolló entre los años 1871 y 1920. Existieron más de ocho saladeros en la década del 70' siglo XlX, donde se faenaron 150.000 cabezas en un año.

Los productos de los Saladeros "Puerto Ruiz", de Laurencena; "San José", de Berisso; "San Bernardo", de Parachú; Saladero "Alsúa" y Saladero Santa Adelina eran trasladados en el tren Primer Entrerriano y a vapor a distintos países europeos.

(3) Fuente: Puerto Ruiz Saladero “San José”, Hnos Berisso - Facebook.

Donde la carne se volvía tiempo 

En Puerto Ruiz, la mañana no empezaba con el canto de los pájaros, sino con el rumor de los corrales. Un murmullo espeso, animal, que crecía con la luz. Las tropas habían llegado durante la noche, arreadas desde las estancias del interior de Gualeguay, y ahora esperaban, apretadas contra los palos, sintiendo —quizás— lo que venía.

Los hombres también llegaban temprano. Nadie hablaba demasiado. Cada uno sabía su lugar. El matarife afilaba el cuchillo con una piedra húmeda. El desollador revisaba las sogas. El capataz, con las manos en la espalda, miraba sin mirar. El día iba a ser largo.

Cuando el primer animal cayó, el silencio se rompió de golpe. El degüello era rápido. Había que hacerlo así. La sangre corría hacia las zanjas abiertas en la tierra, donde otros hombres la recogían o la dejaban perderse, según el destino. Todo era útil, pero no todo alcanzaba.

Después venía el cuero. Los desolladores trabajaban con una precisión que parecía coreografía: un corte, otro, la piel que se abre como una puerta. El cuerpo quedaba expuesto, tibio todavía, mientras el vapor de la carne se mezclaba con el aire fresco de la mañana.

Más allá, los cortadores ya estaban en lo suyo. Las reses se desarmaban en partes reconocibles, pero fugaces. Nada permanecía entero demasiado tiempo. El tasajo exigía velocidad. Las tiras de carne se extendían largas, rojas, listas para la sal.

Ahí entraban los saladores. Con movimientos repetidos, casi rituales, cubrían la carne con capas gruesas de sal. Una encima de otra, las piezas iban formando pilas que pronto perderían su color vivo. La sal no solo conservaba: transformaba. Lo que había sido carne fresca se volvía otra cosa, algo capaz de cruzar el mar sin pudrirse, de alimentar esclavos en Brasil o peones en el Caribe.

El sol ya estaba alto cuando comenzaba el secado. Las tiras colgaban en estructuras de madera, alineadas como banderas inmóviles. El viento del río hacía el resto. En pocas horas, el paisaje se llenaba de ese olor inconfundible: una mezcla de carne, sal y tiempo detenido.

Pero el trabajo no terminaba ahí. En los galpones, otros hombres hervían grasa en grandes calderas. El sebo se espesaba, burbujeaba, tomaba forma. Serviría para velas, para jabón, para lo que hiciera falta. Nada se desperdiciaba. Ni los huesos, que se trituraban o se quemaban. Ni las vísceras, que encontraban su destino en otros circuitos.

El saladero era una máquina sin pausa

A un costado, los toneleros golpeaban la madera, ajustaban aros, preparaban barriles. Más cerca del río, los estibadores cargaban los fardos y las barricas rumbo al muelle. Allí, el agua marrón del Gualeguay esperaba, lenta, como si supiera que todo terminaba en ella.

Al caer la tarde, el ritmo no disminuía, pero el cuerpo empezaba a pesar. Los hombres estaban cubiertos de sal, de grasa, de cansancio. Algunos se lavaban en el río. Otros se sentaban en silencio, mirando el movimiento de las últimas cargas. Nadie hablaba del día. No hacía falta.

El saladero seguía, incluso cuando ellos se iban. Porque al día siguiente, antes del amanecer, todo volvería a empezar. Y así, jornada tras jornada, estación tras estación, en aquel rincón del litoral, la carne se volvía mercancía, la sangre paisaje, y el trabajo —duro, invisible— sostenía un mundo que, con el tiempo, también habría de desaparecer.


 

 

 

 


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