Especialistas advierten sobre los riesgos de vivir pendientes de la mirada ajena y destacan la importancia de la libertad, la conciencia y la valentía para alcanzar la autenticidad.
En una sociedad cada vez más condicionada por la necesidad de agradar, surge una pregunta inevitable: ¿cuánto de lo que hacemos responde a nuestros deseos y cuánto a la aprobación de los demás?
De acuerdo con reflexiones en torno al comportamiento humano, cuando creemos que caemos bien a todos es, en realidad, porque nos hemos esforzado por encajar, dejando de lado lo que realmente pensamos o sentimos. Ese sometimiento, muchas veces inconsciente, tiene su raíz en la infancia, cuando la cultura y la educación van imponiendo normas que terminan aprisionando la autenticidad del ser.
El temor a perder la aceptación social paraliza, genera dependencia de la opinión ajena y empuja a las personas a vivir bajo la constante mirada de los otros. Sin embargo, los especialistas aclaran que “ser uno mismo” no implica actuar de manera arbitraria o sin medir consecuencias, ni mucho menos abusar de las atribuciones personales. Tampoco significa provocar rechazo deliberado.
“Ser auténtico es un camino que se recorre a lo largo de la vida. Implica reconocer debilidades, limitaciones e imperfecciones, al tiempo que se potencian virtudes conocidas y nuevas”, señalan. En este sentido, la libertad, la conciencia y la responsabilidad aparecen como cualidades esenciales para vivir en sintonía con la verdadera esencia.
A ellas se suman dos condiciones ineludibles: la valentía para enfrentar prejuicios y la constancia para observarse día a día, corrigiendo actitudes heredadas de la antigua forma de ser. Solo de esa manera, concluyen, es posible mantener el estado genuino que define la identidad de cada individuo.
Comentarios
Publicar un comentario