Aplausos, moda y filantropía: Los últimos años de esplendor del Teatro Nacional de Gualeguay

Imagen realizada con IA que retrata una posible forma del sector de la cabecera y escenario del teatro.

Las crónicas de la Belle Époque entrerriana guardan un magnetismo único. Al revisar las páginas del antiguo diario gualeguayense El Debate, específicamente su edición del 15 de junio de 1904 ("15 de junio de 1904 diario El Debate.PNG"), es posible viajar en el tiempo hacia una de las instituciones culturales más deslumbrantes pero trágicas de la región: el Teatro Nacional de Gualeguay.

Ubicado en la calle San Antonio Sur Nº 172 (actual comercio de zapatillería), aquel coliseo era una joya arquitectónica construida enteramente en maderas nobles como roble, nogal y cerezo. Con una capacidad que oscilaba entre los 560 y 700 espectadores, se convirtió en el epicentro de la alta sociedad local desde su inauguración en 1891. Sin embargo, su destino estaba marcado: el 3 de marzo de 1910, un voraz incendio lo reduciría a cenizas en apenas dos horas y media, transformando estas crónicas en testimonios arqueológicos de un mundo extinto.

Una "lucha sin sangre" sobre las tablas

El recorte de El Debate nos detalla la efervescencia artística de mediados de 1904. La renombrada Compañía Falconer se encontraba ofreciendo sus últimas funciones antes de partir hacia su gira por Uruguay. El sábado previo a la nota, el teatro se vistió de gala para la puesta en escena de «Las hijas de Eva», una zarzuela dramática que permitía el lucimiento técnico de sopranos, tiples, tenores y barítonos.

El cronista de la época define los aplausos del público como el veredicto final de una "lucha sin sangre pero ardiente", donde los artistas lo dieron todo en el escenario. Destacan figuras como el barítono Capmaní, poseedor de una "acariciadora voz", y el célebre tenor Requeni, acompañados de piezas cómicas populares como «Los políticos», donde actores simulando ser "canillitas" o vendedores de diarios hicieron las delicias de la audiencia.

El "Quién es Quién" de la sociedad gualeguayense

Fiel a las costumbres de la prensa de principios del siglo XX, la sección de espectáculos funcionaba también como una crónica social de asistencia obligatoria. Asistir al Teatro Nacional era sinónimo de estatus, y aparecer en la lista de "Señores, Señoras y Señoritas" del periódico consolidaba la posición de las familias en la comunidad.

El listado provisto por El Debate es un documento genealógico invaluable para Gualeguay. En este sentido, se publicó: ¡Anotamos la presencia de las señoras!

Rosa A. de Gonzales Calderon, Juana P. de Pagola, María C. de Solanas, Margarita C. de Chichizola, Dorila P. de Lazo, Amelia M. de Canedo, Beatriz B. de Muzio, Zoraida C. de Antola, Juana A. de Béhéran, Eusebia S. de Santiago, María B. de Mendiburu, María C. de Burgo, María B. de Costa, María de Zavalla, Clotilde N. de Mastronardi, Manuela de Cardeza, Julia O. de Despuy, Corina M. de Roig, Elisa de Lopetegui, Maria N. de Di Massi.

Señoritas: Rosa Gonzales Calderon, Gabriela Lazo, Carmen Barroetaveña, Dominga y María Lucrecia Béhéran, Ignacia Belderrain, Ana Chapital, María Sartorio, Maria y Lola Etcheverry, Francisca Recobiche, Angela y Olivia Longhi, Emma y Amelia Canedo, Mercedes Lazo, Eugenia Cassaffouth, Juana, Clotilde y Maria Zoraida Coudannes, Elvira y Sara Costa, Juana Busquet, Aurora, Angélica y Pura Muragas, Argentina Roman, Elisa, Ignacia y Hortencia Elizalde, Valentina Belascaín, Alida Costa, Maria, Aurora y Teresa Antola, Pura, Delia y Emilia Perez, Angela y Paula Zavalla, Juana Ruso, Maria Luisa Spalla, Lola Gonzalez, Luisa Barroetaveña, Carlota y Clara Quiroz, Paula Ferreyra, Isolina Biré, Maria Angelica Salaberri, Antonia Epele, Zulema Quintana, Adela Negri, Asunción y Teresa Cardeza y Celestina Varela.

El fin de una era

La nota concluye deseándole a la Compañía Falconer "la misma suerte que aquí" en su desembarco en Montevideo. Para Gualeguay, estas veladas de ópera, zarzuela y comedia representaban una conexión directa con las corrientes artísticas del Atlántico.

Apenas seis años después de publicarse esta crónica, las llamas se llevarían para siempre el imponente edificio de madera de la calle San Antonio Sur. Aunque el fuego borró la estructura física, la digitalización y el rescate de archivos como los de El Debate impiden que el eco de aquellos aplausos y la memoria de nuestra identidad cultural se pierdan en el olvido.

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