De las "trifulcas de agua" al esplendor del corso: La revolución elegante del Carnaval de Gualeguay en 1884
El carnaval de la ciudad de
Gualeguay ha vivido una transformación sin precedentes. Según las crónicas de
la época publicadas por el periódico local El Liberal, las festividades de 1884 han sido
catalogadas unánimemente como las más risueñas, alegres y animadas que la
memoria local conserve, marcando un punto de inflexión en la historia de las
costumbres de la comunidad.
Para comprender la magnitud
del cambio, el cronista de finales del siglo XIX evoca la fisonomía de los
festejos de antaño. Hasta hace muy poco, el inicio de las fiestas se anunciaba
a las dos de la tarde con el repique general de las campanas de la iglesia, que
funcionaba casi como una señal de combate. Lo que seguía era una auténtica
guerra urbana de agua y algarabía: las ventanas se transformaban en fortalezas
y las azoteas en castillos inexpugnables. Desde allí, los vecinos arrojaban
proyectiles que parecían inagotables, valiéndose de bombuchas de papel,
cáscaras de huevo rellenas de agua, jeringazos, baldes y tinas enteras que se
reabastecían constantemente de los aljibes domésticos. El diario retrataba
aquel panorama primitivo con una expresión colorida: aquello era «el diluvio de
Pigmalión» o «la mar en calzoncillos».
Sin embargo, el elemento
central de la crónica de 1884 es el triunfo definitivo de un nuevo paradigma
festivo asociado a la "cultura social". Aquellas batallas campales y
un tanto brutales con baldes y tinas han emigrado de las calles céntricas de la
ciudad para refugiarse en los suburbios. En el centro, el juego se ha vuelto
refinado: las cáscaras de huevo han sido reemplazadas por delicados ramitos de
flores, los baldes de agua por pomos perfumados y las bombas de papel por
cartuchos de dulces.
Este cambio estético tuvo su
máxima expresión en la consolidación del corso. Las principales calles de
Gualeguay se presentaron adornadas con un gusto exquisito, cubiertas de
banderas, arcos, trofeos, gallardetes y coronas de flores. Ante una multitud
fervorosa que colmaba las veredas, los balcones y los techos, desfiló una
imponente línea de lujosos carruajes entrelazados con el bullicio rítmico de
las comparsas.
A pesar del refinamiento, el
espíritu de combate no desapareció, sino que se canalizó de una forma más
caballerosa. Las crónicas destacan los feroces combates con flores y confites.
Entre las agrupaciones más notorias se encontró la comparsa Hijos de Satán, conformada por
una docena de jóvenes de la alta sociedad (high life), quienes se destacaron por la vehemencia
de sus ataques sorpresa contra los carruajes rivales, aunque terminaron
batiéndose en retirada ante el persistente contraataque de comparsas como Las Japonesas, Las Pastoras, Las Infernales y Las Colonas de la Palma.
Asimismo, la comparsa de Los
Monos, integrada por distinguidos muchachos locales, causó sensación
gracias a la espectacular agilidad de sus integrantes, quienes trepaban por
todos lados desafiando las leyes del equilibrio.
Al caer la tarde, cerca de
las siete, la intensidad de las calles disminuía y la multitud se retiraba a
sus hogares, no por cansancio definitivo, sino para prepararse para el segundo
acto de la jornada: los grandes bailes nocturnos. Los salones del Club del
Progreso y del Club Artes y Recreo se vieron desbordados por concurrentes
ansiosos y una infinidad de ingeniosas "mascaritas" que animaban la
noche ocultas tras sus antifaces.
El Club del Progreso
deslumbró con una iluminación radiante y salones perfumados con flores frescas,
convirtiendo su espacioso patio en un elegante «salón verde» alfombrado y
provisto de mullidos sofás. Aunque la crónica no escatima en críticas hacia la
orquesta dirigida por el Maestro Jacobo —cuyo repertorio traído de la localidad
de El Tala fue tildado de "pobre, vulgar y lleno de antiguallas
insoportables"—, el entusiasmo de la juventud local superó cualquier
deficiencia musical, bailando con gracia y frenesí.
El Carnaval de 1884 en
Gualeguay cierra así sus páginas con un balance brillante, habiendo demostrado
que la comunidad supo reemplazar la rudeza del agua por el encanto de las
flores y los disfraces, dejando recuerdos que perdurarán por mucho tiempo en la
memoria colectiva de la provincia.

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