El gualeyo que compartió banco con Picasso y conquistó Europa con la luz de Mallorca

Nació en Entre Ríos, se formó en el modernismo catalán y sus paisajes conmovieron a los grandes maestros de su tiempo. Un recorrido por la fascinante vida de Francisco Bernareggi, el pintor que unió Gualeguay, España y Venecia en una misma paleta.

Hay vidas que parecen escritas por el guionista de una película de aventuras y arte. La de Francisco Bernareggi González Calderón es, sin dudas, una de ellas. Nacido en Gualeguay, Entre Ríos, un 20 de abril de 1878, este hijo de padre español y madre entrerriana sintió el llamado del dibujo y la pintura desde muy temprano. Tras cruzar el Atlántico tres veces junto a su familia, el destino lo depositó en Barcelona en 1895, cuando apenas tenía 17 años. Allí comenzaría una de las odiseas artísticas más brillantes y menos recordadas de nuestra historia.

Compartir banco con un genio: Los años catalanes

En la prestigiosa Escuela Oficial de Bellas Artes de Barcelona, Bernareggi se sumergió en el estudio de la escultura, el grabado y la pintura, llegando a trabajar en el taller del reconocido Lluís Graner. Fue en esas aulas donde el entrerriano compartió banco de estudios con Pallarés Grau y con un joven que revolucionaría el arte mundial: Pablo Picasso.

Con Picasso entabló una sólida amistad en 1897 y juntos se sumaron a la efervescencia del modernismo catalán. Luego, un viaje a Madrid lo puso cara a cara con las obras de Velázquez, El Greco y Goya en el Museo del Prado, antes de dar el salto a París. En la Ciudad Luz, absorbió la revolución del impresionismo tomando cursos en la Academia Fontaine de Lefèvre y estudiando de primera mano a maestros como Renoir, Degas, Monet y Manet.

El "ruidoso triunfo" mallorquín y la gloria en Venecia

En 1903, Bernareggi eligió la isla de Mallorca como su hogar y taller creativo. Durante años se dedicó a pintar la geografía isleña sin prisa, completamente obsesionado por capturar la esquiva luz del valle de Sóller.

La consagración masiva llegó en 1920 con una exposición de doce paisajes mallorquines en Madrid. La crítica especializada no escatimó en elogios: La prensa de la época habló de un "ruidoso triunfo artístico". El célebre Anglada Camarasa afirmó que aquellas telas eran "lo mejor que he visto en este género". Santiago Rusiñol lo catalogó de "sencillamente extraordinario".

Los doce cuadros se vendieron por fortunas de entre 20.000 y 30.000 pesetas cada uno, ganándose un homenaje de la Municipalidad de Palma.

El espaldarazo internacional definitivo ocurrió en la XIII Exposición Internacional de Arte de Venecia, donde Bernareggi compartió sala con grandes de la pintura argentina como Fernando Fader, Tito Cittadini y Antonio Alice. En 1923, la Bienal de Venecia le otorgó el primer premio por su obra "Sol de Abril", consolidando su estatus en la élite europea.

La Bienal de Venecia de 1923 consagró al entrerriano Francisco Bernareggi con el primer premio gracias a su icónica obra "Sol de Abril".

El regreso forzado y el reconocimiento del Presidente

El estallido de la Guerra Civil Española en 1936 obligó al artista a emprender el regreso a su patria. En diciembre de ese año desembarcó en Buenos Aires con un nombre ya consagrado. En el país trabajó como escenógrafo en el Teatro Cervantes y obtuvo una beca para plasmar en sus lienzos la belleza de los lagos del sur argentino.

Su prestigio lo llevó en 1946 a Mendoza, contratado por la Universidad Nacional de Cuyo como profesor de dibujo y pintura en la Facultad de Artes y Diseño, espacio donde formó a prolíficas camadas de artistas cuyanos. El punto más alto de su carrera en suelo argentino llegó en 1947, durante el XXXVII Salón Nacional de Artes Plásticas (Salón de Primavera): su obra "Tarde en la Quinta", inspirada en los paisajes mendocinos, fue galardonada con el prestigioso Gran Premio Adquisición Presidente de la Nación.

El misterio de su último adiós

Casado con una mujer mallorquina, dueño de propiedades en la isla y profundamente vinculado a los círculos liberales, Bernareggi decidió volver a Mallorca en 1949, tras vivir los que consideró años difíciles bajo el peronismo.

Su muerte, ocurrida un 8 de abril de 1959 a los 81 años, esconde una pequeña contradicción histórica: mientras la memoria familiar difundida en Argentina sostiene que falleció en Roma, las biografías baleares y la prensa española de la época documentan de manera precisa que su deceso se produjo en Palma de Mallorca.

Más allá del debate geográfico sobre su último suspiro, lo cierto es que la huella de este entrerriano universal sigue viva en las retinas de quienes admiran sus cuadros. Francisco Bernareggi demostró que la sensibilidad nacida a la vera del río Gualeguay era capaz de dialogar, de igual a igual, con las mentes más brillantes del siglo XX.

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