Emma Barrendéguy o cómo se construye una autora
Por Silvia Jurovietzky*
*IIEGE, ILH, Instituto de Literatura Argentina
(UBA)
"Emma Barrandéguy
fue una autora secreta que deambuló por las zonas fronterizas del canon"
dice el copete de la nota de un diario, retomando la frase que Diana Bellessi
le había dedicado en 2002, con la aparición de Habitaciones, novela,
autobiografía y crónica social. La frase de Bellessi es exactamente:
"Bienvenida al fuera del canon, a la línea fronteriza de la gran escritura
argentina". La distancia que media entre una y otra frase es, al menos,
llamativa: la primera define un pasado, una trayectoria que no encontró su
sitio, mientras la segunda la recibe en presente, a partir de la lectura de su
libro, a una gran tradición de escritura. Entre una y otra queda flotando el
sintagma autora secreta. ¿Existe ese concepto acaso?
Michel Foucault (1969) se pregunta: "Si un
individuo no fuera un autor, ¿podría decirse que lo que escribió, o dijo, lo
que dejó en sus papeles, lo que se pudo restituir de sus palabras, podría ser
llamado una 'obra'? Mientras Sade no fue un autor, ¿qué eran entonces sus
papeles? Rollos de papel sobre los cuales, hasta el infinito, durante sus días
de prisión, desenrollaba sus fantasmas".
Mientras Emma Barrandéguy (1914-2006) no fue
tomada en cuenta como autora -o sea, hasta que tuvo ochenta y ocho años-, no
solo escribió papeles. Veamos: en 1936, aparecen escritos en mimeógrafo sus
primeros poemas vinculados a la militancia política. En 1964, aparece su primer
libro de poesías, Las Puertas. El primer libro en prosa se
llamó El Andamio, otro libro fue Techos. En 1970, la
Dirección de Cultura de Entre Ríos le otorga la máxima distinción a su obra
teatral Amor saca amor: el Premio Fray Mocho. De los
últimos años son: el ensayo No digo que mi país es poderoso (1982),
el relato Los Pobladores (1983), las poesías
"Refracciones" (1986) y "Camino hecho"(1991), y
luego, Salvadora, una mujer de Crítica (1997), que es una
biografía.
Podría pensarse, entonces, que eligió una zona de
retiro público -un poco al estilo de Silvina Ocampo- pero su actividad pública
lo desmiente: se recibió de maestra en Gualeguay, su ciudad natal, y se
trasladó a Buenos Aires. Integró la Asociación de Intelectuales, Artistas,
Periodistas y Escritores, que dieron su apoyo a los republicanos en la Guerra
Civil Española, y única mujer en el grupo de escritores nucleados en Claridad.
Fue la secretaria privada de Salvadora Medina Onrubia de Botana durante
veintidós años. A los cincuenta años cursó en la facultad de Filosofía y
Letras. A los ochenta regresó a Gualeguay.
Una autora con un recorrido que se toca por
momentos con su coetáneo y coterráneo Juan L. Ortiz y, sin embargo, el secreto
que se tejió alrededor del autor de El Gualeguay es un secreto
a voces que, a su vez, teje un mito: el maestro retirado, silencioso, en
contacto con la naturaleza, y a veces rodeado por sus ávidos discípulos. La
figura de autora prestigiosa, el mito para Emma Barrandéguy empieza ya de bien
vieja, cuatro años antes de su muerte. Tres años después termina de cobrar
forma con Poesías completas, publicado en 2009 por Ediciones del
Copista, una editorial cordobesa. Un libro que, con sus 438 páginas, no pasa
inadvertido. Una obra que toma por sorpresa a los poetas o críticos que
pensamos que la red amorosa que había tramado María Moreno, que impulsó la aparición
de Habitaciones (escrito a finales de los 50), era una joya
separada.
Es la propia Barrandéguy (sabiendo que su obra
reunida sería, en breve, obra completa) la que empieza a trabajar junto con
Irene Weiss en este libro. Y es Irene Weiss, junto con Cristina Barrandéguy (la
sobrina de la autora), la que va a dar forma al proyecto, acompañándolo con un
minucioso trabajo crítico que encontró apoyo en Ediciones del Copista. Lo que
adquiere calidad de completud gracias a la muerte, no admite secretos.
"Me
moriré sin haber sentado cabeza"
Antes de que la
teoría posestructuralista lo formulase, Emma titulaba un poema "Posición
de mujer":
Cantar con la segura independencia con que lo
hacen los hombres
sería la gran alegría.
No puedo lograrlo desde este encastillado corazón de siglos.
[...]
Puedo hablar del amor...
[...]
Puedo hablar de la sangre, de las calles sacudidas de ruidos,
del agua y las estrellas,
pero me falta la totalidad lograda por el hombre.
[...]
No es incapacidad de adueñarse de las cosas y traducirlas.
Es incapacidad de saber erguirse
definitivamente.
[...]
y situarse en la sencilla historia de cada día que pasa.
Hasta lograr un alma saturada de equilibrio.
Tierno y terrible equilibrio del átomo y del infinito. (Poesías completas,
2009: 245)
Casi
un arte poética de las dificultades -o beneficios, según se entienda- que
encontramos las mujeres lectoras y escritoras en el momento de tomar posición
frente al mundo y los libros. Esa totalidad que el hombre parece haber logrado
al principio del texto se contrapone a la relación complejísima entre el átomo
y lo infinito. Allí, en ese juego, la totalidad es imposible; sin embargo la
pretendemos, y ahí están las Poesías completas en cuyo prólogo
Irene Weiss comenta que el libro
[...]
se propone ser un aporte para el conocimiento y la valoración de la obra de
Emma Barrendéguy, en la convicción de que la lectura o el estudio cabal de un
poeta solo se puede llevar a cabo disponiendo del arco completo de su
producción. Esta es la razón por la que he desechado la variante antológica
[...] la poesía completa en un volumen le dará al lector la posibilidad de
ejercer la libertad de su propio juicio y al estudioso un material que le
permita profundizar surcos temáticos o investigar la semantización de los espacios.
Posiciones de lectura y de
escritura diversas para la propia Irene Weiss, cuando en la revista-libro Hablar
de poesía, de diciembre del 2009, cuenta cómo llegó a conocerla:
[...] le puso nombre propio al
receptor que había elegido como confidente. Y este nombre resultó, por extrañas
casualidades que tuvieron lugar en enero de
Aquí, fuera de la letra
erudita, se puede hablar de amor.
Esta escisión entre la escritura académica y
autobiográfica es la misma que atraviesa nuestra lectura. Políticas, críticas
literarias, feministas, poetas, humanas sexuadas y humanas viejas recorremos
las páginas de Poesías completas con diferentes archivos. El
libro comienza con sus poemas militantes en prosa, algo enfáticos probablemente
"porque todos sabemos la misma áspera canción de nuestras voluntades,
tendida sobre el mundo como el viento que aúlla, se retuerce y rompe" (Poesías
completas, 2009: 49), pero que despiertan cierta simpatía y, por qué no,
también nostalgia por la fe en los cambios revolucionarios que expresan.
El mundo del trabajo que aparece en Poesías
Inéditas sorprende por la referencia directa a la opacidad que infiere
la oficina sobre el yo. Ese mundo que aparece en Cuentos de la oficina de
Roberto Mariani (1925) y en La isla desierta de Roberto Arlt
parecía desplegarse en un territorio masculino y narrativo. En estos poemas
aparece la marca del género femenino. Lejos quedó la ambigüedad de los primeros
poemas donde todos éramos camaradas, hombres -los obreros, campesinos y
militantes-, incluido el yo, "puños frente a la cara de los
burgueses". En Las puertas, de 1964, Barrendéguy escribe:
'La medicina es el trabajo':
oigo decir, en cambio, a mi derecha,
y a mi izquierda. ("Cotidiana", Poesías Completas, 2009:
110).
Y estoy atada, atada.
No sé escribir más nada,
ni contar lo que pienso
y tengo las muñecas rotas por la máquina de escribir,
[...]
La oficina me ha implantado en los días
su sordidez opaca. ("Tarde", Poesías Completas, 2009:
257)
El
cuerpo joven desaparece, sobrevive un cuerpo cansado, unas manos que teclean
interminablemente para Salvadora. Quizás esto explique por qué este poemario
que había escrito entre 1937 y 1943 quedó inédito. A la distancia, podemos
fantasear sobre la experiencia maravillosa que debió ser la de acompañar a la
gente que hacía el diario Crítica, pero el texto nos hace presente
que la participación en ese círculo se paga, porque más acá de las redes que se
tienden entre las mujeres hay cuestiones de clase:
Esta es la cuadra del reloj
colgado
con dos caras severas y amarillas.
Cada mañana grita que voy tarde,
cinco minutos son para él, la vida.
[...]
reloj con cinta de firmar que espera
y si queda vacía de mi nombre
a dar las ocho y treinta,
hay ásperas palabras que me llegan
desde un ancho sillón de cueros rojos. ("Tres cuadras", Ciudad:
253).
Son los textos que refieren al
cuerpo y al erotismo donde la poesía crece de la mano de una posición de mujer
activa:
Llueve
y el ruido del agua es como una caricia
que me arañara toda.
Tengo el cuerpo tenso
en un erizamiento de deseo,
y estoy esperando
el minuto de tocarte
con mis dedos enloquecidos.
No quieras saber si te quiero
[...] (Poesías completas, 2009: 236).
De la suavidad de la caricia al
goce del arañazo que ejerce la lluvia y, siguiendo el curso del agua/deseo,
desde el propio cuerpo hacia el amigo que pronto las manos convertirán en
amante.
Hay un estar siempre atenta al cuerpo, el yo
lírico hace un esfuerzo por no dejarse acunar por las palabras y las poses
remanidas del amor y del sexo. En su libro, los ojos, los espejos son la
garantía para no dejarse llevar por los estereotipos. "Esa soy yo"
comienza el poema titulado "Foto" (pág. 142), y así la voz que enuncia
se despliega, por momentos feroz en la voluntad de no falsear las imágenes. Y
es aquí donde el acorde mayor de su escritura se muestra, donde Emma
Barrendéguy dice -donde nadie dijo- sobre la pasión de los cuerpos viejos de
mujer, sin pudor, a veces con melancolía y otras con rabia: "Soy la vieja
perra callejera" (pág. 377). Desde sus textos más tempranos, la que
enuncia se preparaba para la vejez -una supone, cuando lee cronológicamente-
para estar más cerca de alguna forma de sabiduría cercana a la muerte. Y en
realidad, se trata de una experiencia de vida sorprendente:
Huelo mis dedos
como si hubieran estado
dentro tuyo
procurando el placer.
Pero esta noche el placer
fue solamente mío
y solo si vos los olieras,
yo habría hecho bien mi faena,
solo entonces
con tu olor y tu goce
tu jadear me devolvería
dicha y orgullo
que mis años no merecen
ni evitan. (Poesías completas, 2009: 391)
Los ojos, tan presentes en su
obra, cuando por fin llega a estar próxima a la muerte, dejan su lugar a las
manos que tocan el cuerpo y a los olores del sexo propio y de una amada joven.
Si
más arriba decíamos que adoptábamos posiciones de mujer diversas frente al
mundo y los libros, esa pretensión se disuelve frente a la poesía. La lectura
ya no atiende, es fagocitada por el esplendor de la escritura. Quizás ese es el
momento de re-unir, de religar con los seres amados, de
penetrarlos. Completar es un verbo tanático, se sostiene en lo
dicho pero nunca en lo deseado.
Silvia
Jurovietzky*
*IIEGE, ILH, Instituto de Literatura Argentina
(UBA)
"Emma Barrandéguy
fue una autora secreta que deambuló por las zonas fronterizas del canon"
dice el copete de la nota de un diario, retomando la frase que Diana Bellessi
le había dedicado en 2002, con la aparición de Habitaciones, novela,
autobiografía y crónica social. La frase de Bellessi es exactamente:
"Bienvenida al fuera del canon, a la línea fronteriza de la gran escritura
argentina". La distancia que media entre una y otra frase es, al menos,
llamativa: la primera define un pasado, una trayectoria que no encontró su
sitio, mientras la segunda la recibe en presente, a partir de la lectura de su
libro, a una gran tradición de escritura. Entre una y otra queda flotando el
sintagma autora secreta. ¿Existe ese concepto acaso?
Michel Foucault (1969) se pregunta: "Si un
individuo no fuera un autor, ¿podría decirse que lo que escribió, o dijo, lo
que dejó en sus papeles, lo que se pudo restituir de sus palabras, podría ser
llamado una 'obra'? Mientras Sade no fue un autor, ¿qué eran entonces sus
papeles? Rollos de papel sobre los cuales, hasta el infinito, durante sus días
de prisión, desenrollaba sus fantasmas".
Mientras Emma Barrandéguy (1914-2006) no fue
tomada en cuenta como autora -o sea, hasta que tuvo ochenta y ocho años-, no
solo escribió papeles. Veamos: en 1936, aparecen escritos en mimeógrafo sus
primeros poemas vinculados a la militancia política. En 1964, aparece su primer
libro de poesías, Las Puertas. El primer libro en prosa se
llamó El Andamio, otro libro fue Techos. En 1970, la
Dirección de Cultura de Entre Ríos le otorga la máxima distinción a su obra
teatral Amor saca amor: el Premio Fray Mocho. De los
últimos años son: el ensayo No digo que mi país es poderoso (1982),
el relato Los Pobladores (1983), las poesías
"Refracciones" (1986) y "Camino hecho"(1991), y
luego, Salvadora, una mujer de Crítica (1997), que es una
biografía.
Podría pensarse, entonces, que eligió una zona de
retiro público -un poco al estilo de Silvina Ocampo- pero su actividad pública
lo desmiente: se recibió de maestra en Gualeguay, su ciudad natal, y se
trasladó a Buenos Aires. Integró la Asociación de Intelectuales, Artistas,
Periodistas y Escritores, que dieron su apoyo a los republicanos en la Guerra
Civil Española, y única mujer en el grupo de escritores nucleados en Claridad.
Fue la secretaria privada de Salvadora Medina Onrubia de Botana durante
veintidós años. A los cincuenta años cursó en la facultad de Filosofía y
Letras. A los ochenta regresó a Gualeguay.
Una autora con un recorrido que se toca por
momentos con su coetáneo y coterráneo Juan L. Ortiz y, sin embargo, el secreto
que se tejió alrededor del autor de El Gualeguay es un secreto
a voces que, a su vez, teje un mito: el maestro retirado, silencioso, en
contacto con la naturaleza, y a veces rodeado por sus ávidos discípulos. La
figura de autora prestigiosa, el mito para Emma Barrandéguy empieza ya de bien
vieja, cuatro años antes de su muerte. Tres años después termina de cobrar
forma con Poesías completas, publicado en 2009 por Ediciones del
Copista, una editorial cordobesa. Un libro que, con sus 438 páginas, no pasa
inadvertido. Una obra que toma por sorpresa a los poetas o críticos que
pensamos que la red amorosa que había tramado María Moreno, que impulsó la aparición
de Habitaciones (escrito a finales de los 50), era una joya
separada.
Es la propia Barrandéguy (sabiendo que su obra
reunida sería, en breve, obra completa) la que empieza a trabajar junto con
Irene Weiss en este libro. Y es Irene Weiss, junto con Cristina Barrandéguy (la
sobrina de la autora), la que va a dar forma al proyecto, acompañándolo con un
minucioso trabajo crítico que encontró apoyo en Ediciones del Copista. Lo que
adquiere calidad de completud gracias a la muerte, no admite secretos.
"Me
moriré sin haber sentado cabeza"
Antes de que la
teoría posestructuralista lo formulase, Emma titulaba un poema "Posición
de mujer":
Cantar con la segura independencia con que lo
hacen los hombres
sería la gran alegría.
No puedo lograrlo desde este encastillado corazón de siglos.
[...]
Puedo hablar del amor...
[...]
Puedo hablar de la sangre, de las calles sacudidas de ruidos,
del agua y las estrellas,
pero me falta la totalidad lograda por el hombre.
[...]
No es incapacidad de adueñarse de las cosas y traducirlas.
Es incapacidad de saber erguirse
definitivamente.
[...]
y situarse en la sencilla historia de cada día que pasa.
Hasta lograr un alma saturada de equilibrio.
Tierno y terrible equilibrio del átomo y del infinito. (Poesías completas,
2009: 245)
Casi
un arte poética de las dificultades -o beneficios, según se entienda- que
encontramos las mujeres lectoras y escritoras en el momento de tomar posición
frente al mundo y los libros. Esa totalidad que el hombre parece haber logrado
al principio del texto se contrapone a la relación complejísima entre el átomo
y lo infinito. Allí, en ese juego, la totalidad es imposible; sin embargo la
pretendemos, y ahí están las Poesías completas en cuyo prólogo
Irene Weiss comenta que el libro
[...]
se propone ser un aporte para el conocimiento y la valoración de la obra de
Emma Barrendéguy, en la convicción de que la lectura o el estudio cabal de un
poeta solo se puede llevar a cabo disponiendo del arco completo de su
producción. Esta es la razón por la que he desechado la variante antológica
[...] la poesía completa en un volumen le dará al lector la posibilidad de
ejercer la libertad de su propio juicio y al estudioso un material que le
permita profundizar surcos temáticos o investigar la semantización de los espacios.
Posiciones de lectura y de
escritura diversas para la propia Irene Weiss, cuando en la revista-libro Hablar
de poesía, de diciembre del 2009, cuenta cómo llegó a conocerla:
[...] le puso nombre propio al
receptor que había elegido como confidente. Y este nombre resultó, por extrañas
casualidades que tuvieron lugar en enero de
Aquí, fuera de la letra
erudita, se puede hablar de amor.
Esta escisión entre la escritura académica y
autobiográfica es la misma que atraviesa nuestra lectura. Políticas, críticas
literarias, feministas, poetas, humanas sexuadas y humanas viejas recorremos
las páginas de Poesías completas con diferentes archivos. El
libro comienza con sus poemas militantes en prosa, algo enfáticos probablemente
"porque todos sabemos la misma áspera canción de nuestras voluntades,
tendida sobre el mundo como el viento que aúlla, se retuerce y rompe" (Poesías
completas, 2009: 49), pero que despiertan cierta simpatía y, por qué no,
también nostalgia por la fe en los cambios revolucionarios que expresan.
El mundo del trabajo que aparece en Poesías
Inéditas sorprende por la referencia directa a la opacidad que infiere
la oficina sobre el yo. Ese mundo que aparece en Cuentos de la oficina de
Roberto Mariani (1925) y en La isla desierta de Roberto Arlt
parecía desplegarse en un territorio masculino y narrativo. En estos poemas
aparece la marca del género femenino. Lejos quedó la ambigüedad de los primeros
poemas donde todos éramos camaradas, hombres -los obreros, campesinos y
militantes-, incluido el yo, "puños frente a la cara de los
burgueses". En Las puertas, de 1964, Barrendéguy escribe:
'La medicina es el trabajo':
oigo decir, en cambio, a mi derecha,
y a mi izquierda. ("Cotidiana", Poesías Completas, 2009:
110).
Y estoy atada, atada.
No sé escribir más nada,
ni contar lo que pienso
y tengo las muñecas rotas por la máquina de escribir,
[...]
La oficina me ha implantado en los días
su sordidez opaca. ("Tarde", Poesías Completas, 2009:
257)
El
cuerpo joven desaparece, sobrevive un cuerpo cansado, unas manos que teclean
interminablemente para Salvadora. Quizás esto explique por qué este poemario
que había escrito entre 1937 y 1943 quedó inédito. A la distancia, podemos
fantasear sobre la experiencia maravillosa que debió ser la de acompañar a la
gente que hacía el diario Crítica, pero el texto nos hace presente
que la participación en ese círculo se paga, porque más acá de las redes que se
tienden entre las mujeres hay cuestiones de clase:
Esta es la cuadra del reloj
colgado
con dos caras severas y amarillas.
Cada mañana grita que voy tarde,
cinco minutos son para él, la vida.
[...]
reloj con cinta de firmar que espera
y si queda vacía de mi nombre
a dar las ocho y treinta,
hay ásperas palabras que me llegan
desde un ancho sillón de cueros rojos. ("Tres cuadras", Ciudad:
253).
Son los textos que refieren al
cuerpo y al erotismo donde la poesía crece de la mano de una posición de mujer
activa:
Llueve
y el ruido del agua es como una caricia
que me arañara toda.
Tengo el cuerpo tenso
en un erizamiento de deseo,
y estoy esperando
el minuto de tocarte
con mis dedos enloquecidos.
No quieras saber si te quiero
[...] (Poesías completas, 2009: 236).
De la suavidad de la caricia al
goce del arañazo que ejerce la lluvia y, siguiendo el curso del agua/deseo,
desde el propio cuerpo hacia el amigo que pronto las manos convertirán en
amante.
Hay un estar siempre atenta al cuerpo, el yo
lírico hace un esfuerzo por no dejarse acunar por las palabras y las poses
remanidas del amor y del sexo. En su libro, los ojos, los espejos son la
garantía para no dejarse llevar por los estereotipos. "Esa soy yo"
comienza el poema titulado "Foto" (pág. 142), y así la voz que enuncia
se despliega, por momentos feroz en la voluntad de no falsear las imágenes. Y
es aquí donde el acorde mayor de su escritura se muestra, donde Emma
Barrendéguy dice -donde nadie dijo- sobre la pasión de los cuerpos viejos de
mujer, sin pudor, a veces con melancolía y otras con rabia: "Soy la vieja
perra callejera" (pág. 377). Desde sus textos más tempranos, la que
enuncia se preparaba para la vejez -una supone, cuando lee cronológicamente-
para estar más cerca de alguna forma de sabiduría cercana a la muerte. Y en
realidad, se trata de una experiencia de vida sorprendente:
Huelo mis dedos
como si hubieran estado
dentro tuyo
procurando el placer.
Pero esta noche el placer
fue solamente mío
y solo si vos los olieras,
yo habría hecho bien mi faena,
solo entonces
con tu olor y tu goce
tu jadear me devolvería
dicha y orgullo
que mis años no merecen
ni evitan. (Poesías completas, 2009: 391)
Los ojos, tan presentes en su
obra, cuando por fin llega a estar próxima a la muerte, dejan su lugar a las
manos que tocan el cuerpo y a los olores del sexo propio y de una amada joven.
Si
más arriba decíamos que adoptábamos posiciones de mujer diversas frente al
mundo y los libros, esa pretensión se disuelve frente a la poesía. La lectura
ya no atiende, es fagocitada por el esplendor de la escritura. Quizás ese es el
momento de re-unir, de religar con los seres amados, de
penetrarlos. Completar es un verbo tanático, se sostiene en lo
dicho pero nunca en lo deseado.

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