Hospital San Antonio
•Tipología: hospital.
•Ubicación: calles Avda. Soberanía, Int. Parachú, D. Schiaffino y
calle s/nombre.
•Años de construcción: 1904
a 1920 (1).
•Autor del diseño: Arq. Juan A. Buschiazzo.
•Años de ampliaciones: en 1938, 1988 y otros.
•Autores de las ampliaciones: sin información.
RESEÑA HISTÓRICA
El
Hospital, obra de la filantrópica Sociedad de Beneficencia, fue fundado con el
nombre del santo patrono de la ciudad el 29 de junio de 1879 (2). Ocupaba, en
sus orígenes, el ángulo noreste de la intersección de Alfredo Palacios y
Federación (3).
Para
satisfacer las crecientes demandas del pueblo, la Comisión de la Sociedad de
Beneficencia encargó al Padre Juan Vilar y a los doctores Antonio Medina y
Joaquín Aguirrezabala las gestiones necesarias a los efectos de lograr un
terreno municipal (4). El 1∘ de septiembre de 1896 la Comuna hizo donación de 10.000 m2 del predio
denominado Plaza de Frutos o "Tablada" (5), al norte del radio
urbano. El 23 de abril se agregaron otros 13.282 m2 (6).
En
la Asamblea celebrada el 17 de septiembre del mismo año la benemérita
institución creyó oportuno el momento para concretar la decisión de construir
el nuevo edificio; para lo cual conformó una comisión especial a la que se le
dieron amplias facultades (7).
El
12 de octubre de 1898 se colocó la piedra fundamental, siendo padrinos de la
ceremonia Doña Micaela Moreno de Morán y Don Joaquín Bentos Alvarez (8).
A
instancias del Dr. Telémaco Susini, el Arquitecto Juan Buschiazzo realizó
gratuitamente el proyecto de la obra, que se inauguró finalmente el 9 de
septiembre de 1904 (9).
Cuando
el Padre Pedro D. Tibiletti, párroco de San Antonio, fue designado Obispo
Auxiliar de Corrientes, en sus palabras de despedida dejó como una aspiración
la idea de que la Sociedad de Beneficencia contara con Hermanas de Caridad en
el Hospital (10); sueño finalmente cumplido cuando arribaron las Hermanas
Misioneras Siervas del Espíritu Santo en el año 1939.
El
primer Director del Hospital fue el Dr. José María Pagola. En oportunidad de
cumplirse el 60∘
Aniversario de la Sociedad de Beneficencia en 1939, se descubrió un busto suyo
en los jardines que embellecían el frente del nosocomio (11). De allí fue
retirado hacia uno de los laterales por curiosos criterios estéticos en los
primeros años de la década de 1980, cuando aún no se habían construido las
nuevas dependencias que le quitaron la hermosa perspectiva que conservaba el
viejo edificio, pese a su deterioro.
COMENTARIO ARQUITECTÓNICO
El
edificio tiene orientación hacia las formas del neogótico, tan usado por
entonces en los lugares donde lo funcional debía predominar sobre las euforias
estilísticas. Los techos son de chapas de zinc, los muros de mampostería, los
pisos de mosaico calcáreo, los cielo rasos de loseta, datos que revelan un
planteo muy económico, a la vez que la amplitud de metros cubiertos muestra un
afán de servicio más que loable.
Esta
obra tiene, vista desde el exterior, un interesante juego de volúmenes y ha
sido realizada con las grandes dimensiones que son propias de la época, como
pensando en el futuro. Esto le ha permitido, con el agregado a través de su
historia de otros pabellones y los consultorios externos, seguir prestando
funciones a lo largo de casi cien años.
Tiene
un planteo que ha sido poco aprovechado para las ampliaciones subsiguientes.
Desde un eje transversal de circulación se generan, a ambos lados, las seis
salas de internación. En los lugares de cruce de dirección la construcción se
eleva en un piso. En esos lugares, desde el exterior se perciben como torres
rematadas en pirámides. Allí se aprovecha a disponer, en el piso superior, los
dormitorios y otras dependencias para uso del personal y para quienes en esa
época eran, aún hoy lo son, auxiliares indispensables del servicio de salud:
las órdenes religiosas consagradas a la asistencia de enfermos.
El
Hospital contó desde el primer momento con una capilla ubicada frente a la
entrada. Tiene planta de forma rectangular cubierta con una bóveda de cañón
corrido y cerrada por un ábside iluminado con ocho aberturas de arcos
apuntados. Hay un Cristo Crucificado en el centro del altar y debajo un
sagrario con puertas de bronce. En el exterior, sobre el comienzo del ábside,
tiene una espadaña con una campana (12).
En
la entrada del Hospital puede leerse una placa que expresa el reconocimiento al
Arq. Juan A. Buschiazzo (13), otras placas más pequeñas evocan los nombres de
quienes también hicieron posible aquel sueño nacido de las necesidades de un
pueblo (14).
La
ubicación de una construcción anexa por delante del antiguo edificio le ha
quitado, lamentablemente, toda vista posible a la perspectiva del conjunto. De
esta forma perdió parte de su identidad ya que la edificación nueva carece de
elementos emblemáticos suficientes.
NOTAS
1.
En 1924 se le agregó el pabellón de niños. Humberto P. Vico, Obra citada, 2a
Parte, p.166.
2.
Humberto P. Vico, Obra citada, 1a parte, p. 211.
3.
Ídem... p. 211.
4.
Ibídem... p. 262.
5.
Lugar donde se examinaba el ganado que se destinaba al matadero, lo confirma un
plano de Gualeguay de 1894.
6.
Humberto P. Vico, Obra citada, 1a parte, p. 253.
7.
Ídem... p. 262.
8.
Ibídem... p. 262 y 263.
9.
Ibídem... p. 263.
10.
Ibídem... 2a parte, p. 200.
11.
Diario "El Debate-Pregón", 16-04-2000. El autor de la escultura es J.
S. Lavare.
12.
En la puerta de la capilla una pequeña placa dice: "Donación de Micaela M.
de Morán".
13.
Juan A. Buschiazzo nació en Italia en 1840 y a los cuatro años llegó a la
Argentina. A los veintidós se graduó de arquitecto. Falleció en 1917, tres años
antes de que se terminara este Hospital. Fue propulsor y presidente de la
Sociedad Central de Arquitectos e integró numerosas comisiones asesoras de
obras públicas. Es uno de los de mayor relevancia de su período en Argentina y
su obra es de las más prolíficas. Corresponde mencionar, entre las numerosas
actividades que realizara en Buenos Aires, el trazado de la Avenida de Mayo, el
pórtico del Cementerio de la Recoleta, etc. A su muerte, su hijo Juan Carlos,
que también era arquitecto, continuó sus obras. Datos de Federico Ortiz y
otros. Obra citada, p.170.
14.
Donde se evoca la personalidad de Doña Carmen Ibarra de Míguez, Juan B. Mihura,
Fermina B. De Mihura, Telémaco Susini, Enriqueta L. de Susini, Isabel Millán,
Micaela M. de Morán y Andrés C. Piaggio, personas de las primeras comisiones de
la Sociedad de Beneficencia.
Fuente: Espacios Públicos con Historia, una obra de investigación histórica
realizada por Nidya Rampoldi, Claudio Marcelo Piaggio, Daniel A. Gabriel y
Patricia Miguez Iñarra.
Inauguración
Aquel 9 de septiembre de 1904, la ciudad dejó atrás las viejas estructuras de asistencia para fundar un "templo de la caridad" bajo los más modernos preceptos de la ciencia médica.
El ambiente que se respiraba
en las calles de Gualeguay el pasado viernes 9 de septiembre no era común. El
cronista de El Debate lo
resumió con precisión al día siguiente: el pueblo entero desbordaba una
"legítima satisfacción" al ver convertida en realidad una obra que
durante un cuarto de siglo pareció apenas una visión risueña o una vaga
esperanza. A las tres de la tarde, la inauguración del nuevo Hospital San
Antonio congregó a las autoridades, las familias tradicionales, la comunidad
médica y a los vecinos de a pie, unidos para bendecir lo que ya se denomina el
nuevo "templo de la humanidad doliente".
El artículo original:
No nos equivocábamos cuando en nuestro
anterior número decíamos que veríamos á todo un pueblo rebosando legítima
satisfacción al contemplar, traducida en hermosa realidad lo que hasta ayer,
—casi se puede decir,— fuera visión risueña, esperanza vaga, anhelo seductor!
No nos equivocábamos, nó.—Gualeguay entero pasó visita al nuevo templo de la Caridad, que magestuoso y soberbio se destaca, para que las vistas de sus bienhechores gozen con placer inefable admirando su planta de gigante benefactor de la humanidad doliente.
El acto de la inauguración de este precioso templo, levantado á impulsos de hidalgos y generosos sentimientos, en el que solo ha intervenido el desinterés del más sano cristianismo, marca á nuestro buen pueblo una fecha digna para su virtud, un recuerdo placentero que herirá la memoria de sus hijos de grata y suave manera.
Persista Gualeguay; no abandone jamás la ruta del bien por el bien mismo de que en esta ocasión dá fehaciente muestra, porque es timbre de honor que enlaza á su destino y enseñanza altamente productiva para las generaciones futuras.
A las trés de la tarde daba comienzo la ceremonia de su inauguración, con un elocuente discurso leído por el Dr. Martin Pagola, en el que después de hacer una relación circunstanciada de todos y cada uno de los innumerables inconvenientes con que se habia tropezado para la realización de la gran obra, como así también, de haber hecho resaltar los méritos adquiridos ante el concepto público por las personas que más han hecho en pró de su ejecución, dió fin á su discurso-memoria, rematando con parrafos impregnados de sentimientos nobles y filántropos que le valieron muchos y justicieros aplausos.
Le sucedió en el uso de la palabra la distinguida señorita Fanny A. Paredes, Secretaria de la Sociedad de Beneficencia, que leyó la memoria de los trabajos realizados por la Directiva, pronunciando á su nombre frases de agradecimientos por todo lo hecho en pró del menesteroso á quien se le brindaba con asilo tan delicado.
Siguió el Dr. Aguirrezabala con cuyo discurso engalanamos estas columnas y cuya lectura dirá más que nosotros, sobre la belleza de su forma y el mérito de su fondo.
Clausuró el acto el Canónigo señor Milone, actual párroco de nuestra feligresia, con una improvisación muy buena, acojida con agrado por la concurrencia.
Terminamos estas cortas líneas con el concienzudo discurso del Dr. Aguirrezabala á que en ellas hacemos mención.
SEÑORAS — SEÑORITAS — SEÑORES
Habiendo recibido encargo de la Sociedad de Beneficencia y vinculado á la obra y á la historia del Hospital hace muchos años tengo el honor de dirijiros la palabra y asociarme al entusiasmo público en este dia señalado, en que inauguramos este nuevo y hermoso Hospital.
Más que nadie los médicos celebramos y festejamos el notable progreso que representa este nuevo establecimiento, del que puede enorgullecerse ciertamente el pueblo de Gualeguay.
Vemos al fin, después de tantos años, realizadas las aspiraciones y los deseos de todo el pueblo, que deseaba una construcción especial, acababa, realizada, conforme á los preceptos de la Higiene y de la Ciencia.
Indudablemente, había absoluta necesidad de la nueva construcción, pues el viejo Hospital por su ubicación, por sus condiciones higiénicas deficientes, no llenaba ya los fines á que se destinaba.
¡Ah, Señores: ¡Cuántos esfuerzos, cuántos sacrificios, cuánta actividad para llegar á la hermosa realidad que hoy contemplamos, que hoy celebramos!
Cuán admirable, cuán digna de aplauso y de estímulo y de agradecimiento, la obra de las distinguidas damas y señoritas que forman la benemérita Sociedad de Beneficencia, que es la que ha realizado en primer término este esfuerzo.
Sí. La Sociedad de Beneficencia, es el mejor título, el mejor galardón de las damas de Gualeguay y es la Sociedad que representa el mayor, el más alto valor moral de este pueblo.
Cuando se recorre su historia, se remonta á su origen hace veinticinco años y se recuerdan los trabajos constantes, sus esfuerzos, su actividad, su lucha para despertar el entusiasmo público, los años tristes de pocos recursos y las dificultades en fin, que ha tenido que vencer, entonces, señores, y solamente entonces, se puede reconocer el mérito de la benemérita Sociedad y se admira y se agradece los trabajos, los verdaderos sacrificios de las distinguidas damas que han formado la Sociedad, desde las que tuvieron la feliz idea de constituirla, hasta las que la dirijen hoy día y que tienen el honor y la dicha de presidir esta inauguración y que, abandonando sus comodidades, sus quehaceres, el cuidado de los suyos, se han dedicado llenas de amor y abnegación á la asistencia, al alivio y á la curación de los desgraciados, de los infortunados enfermos.
Ninguna tarea seguramente más noble, más hermosa, más buena que ayudar al infortunio, al dolor, al enfermo y nadie más abonado para esa tarea sublime que la mujer, por su organización delicada, toda sensibilidad, toda abnegación, toda amor.
¡Ah señores! Cuando se vive la vida de hospital, cuando se le frecuenta, cuando se le observa de cerca, se conoce lo triste, lo horrible, lo espantoso del dolor, de la enfermedad y un sentimiento de piedad, de compasión se despierta vivo en nosotros y se aprecia y se estima lo bello, lo útil, lo bueno que es hacer todo lo posible en ayuda y beneficio de los que sufren, de los que padecen.
No hay lección más elocuente que una visita al Hospital y que más nos mejore y nos impulse en el camino del bien, porque viendo allí el cuadro real de la vida, las tristezas y dolores que padecemos, nos sentimos más buenos y prontos á ayudar con todas nuestras fuerzas á los que sufren y renegamos del mal, de la violencia y de la soberbia y de la mentira y de la vanidad y de todas las malas pasiones que nos dominan en el mundo.
Nada más triste, más desesperado que la enfermedad en la pobreza. ¡Qué espantosa situación la del que sintiéndose enfermo no tiene medios, no tiene recursos para curarse!
¿Podemos acaso, ni siquiera suponernos las torturas, las angustias del desgraciado Padre de familia ó de la infortunada madre cargada de hijos que desesperados por restablecerse pronto y poder trabajar y atender y llevar el sustento á sus queridos hijos no tienen, no disponen, de los medios necesarios para su curación y ven venir la ruina, la destrucción de su familia?
¿Quereis, madres cariñosas que me escuchais, espectáculo más triste, más penoso, que el de un niño desamparado y que muere por su pobreza, opr su misería?
¡Ah! Correr en auxilio, en ayuda de esos infortunios, de esas desgracias, es un deber imperioso y los Hospitales realizan esa hermosa misión, la mejor que puede realizarse en la vida.
Y en realidad ayudando á los pobres, á los desgraciados nos ayudamos todos, nos ayudamos á nosotros mismos. Los que hoy ayudan, mañana serán ayudados.
Los ricos de hoy son los pobres de mañana y vice versa y en este vaivén, en esta agitación de la vida diaria, en la lucha ardiente que sostenemos, nadie puede, nadie debe estar seguro de la posición que ocupa.
Al sentirnos hoy satisfechos por la inauguración de este nuevo templo del dolor y del infortunio que construido especialmente para este objeto con todas las comodidades, no con lujo como equivocadamente puede suponerse, con todas las amplitudes, con perfecta ubicación, con hermosas salas, aire y luz abundante y con todos los medios necesarios para que llene perfectamente su fin, que es el debido tratamiento de los enfermos, dediquemos un recuerdo y saludemos á la vieja casa que con todos sus inconvenientes y todas sus deficiencias llenó un gran vacío y por espacio de 25 años, ha mitigado muchos dolores, aliviado muchos infortunios y salvado muchas vidas.
Y al recordar y despedir la vieja casa se presenta necesariamente á nuestro recuerdo la memoria querida de aquellos ancianos los esposos Bentos Alvarez que donaron generosamente la casa é hicieron posible la vida de la Sociedad de Beneficencia que había proyectado la señora Carmen Iñarra de Miguez y la del benemérito, del querido amigo, de aquel filántropo inolvidable que se llamó Dn. José Mª. Pagola.
Y del viejo Hospital, que fué una necesidad aceptar tal como era, porque no había casa mejor, pasamos á este nuevo, construido especialmente para este objeto por hombres peritos del arte, llenando las exigencias de la Higiene.
Y justo es recordar en este momento y rendir el debido homenaje á nuestro distinguido amigo el Dr. Medina, primer Presidente de la Comisión de la obra, colaborador entusiasta y decidido; al distinguido Arquitecto de Buenos Aires Sr. Dn. Juan Buschiazzo que gratuita y generosamente ha prestado su concurso, proyectando la bella construcción y al Dr. Telemaco Susini que consiguió el concurso del Sr. Buschiazzo y que en todas ocasiones y momentos ha prestado su valioso, su decidido concurso á la obra por la cual tiene especial predilección.
Y olvido imperdonable sería, no mencionar especialmente á nuestros compañeros de Comisión Sres. Bentos Alvarez y Dn. Juan Petre que han trabajado constantemente con todo entusiasmo, desplegando toda su actividad, toda su competencia.
La nueva obra prestará grandes servicios y aunque no sea de grandes proporciones, bastará para las necesidades actuales de la población.
Es admirable, Señores, la trasformación que los Hospitales han sufrido en los modernos tiempos. La Ciencia en sus incesantes, maravillosos progresos ha realizado este cambio asombroso.
Los Hospitales que hasta hace poco tiempo eran establecimientos incómodos, peligrosos, temidos, donde imperaban las infecciones más violentas son hoy día, establecimientos cómodos, deseados, donde no hay la menor infección que afecte la vida del enfermo.
Antes, la infección purulenta, la septicemia, la fiebre puerperal, eran cortejo obligado del Hospital. Hoy día completamente han desaparecido.
Los grandes, los bellos Hospitales modernos, los grandes sanatorios que en todos los países cultos del mundo se construyen, con todas sus ventajas, son obra del progreso científico.
Hay que admirar y reconocer los progresos de la Ciencia en general, pero más especialmente de la ciencia de la vida, de la Medicina, que tiene la más noble, la más difícil de las misiones, prevenir y curar las enfermedades ó siquiera atenuarlas, aliviarlas. Y este progreso ha salido de los Hospitales que son centros de enseñanza. Allí los grandes clínicos á la cabecera del enfermo y los sabios, trabajando en los laboratorios con todos los medios de las Ciencias auxiliares de las Ciencias físico químicas, siguiendo el camino de la observación y de la experimentación han elaborado este magnífico, asombroso progreso.
Y el genio de Pasteur, ese gran bienhechor de la humanidad, penetrando en el mundo de lo infinitamente pequeño, ha descubierto la causa de la infección y del contagio y de muchas enfermedades antes incurables.
¿Quereis maravilla, milagro mayor, que sacar el remedio curador del mismo mal como lo hacen Pasteur y sus discípulos con sus famosos sueros? ¿Y suprimir el dolor con el cloroformo y otros anestésicos? ¿Y dar la vista al ciego extrayendo la catarata?
¿Y curar la rabia? ¿Y curar la difteria ese temor de las madres, como lo hacen Roux y Bering con su suero antidiftérico.
Y la curación de la pústula maligna por el suero Mendez, curación sencilla, segura, que hace alto honor á la escuela médica argentina, en la que tanto se trabaja, tanto se progresa?
Y las curas maravillosas de Finsen por la luz? Y los Rayos Roetghen y las maravillas del radio? Y las grandes audacias, los grandes éxitos de la cirujía moderna? Todo, todo, es obra de la Ciencia, que es el único bien, el mayor consuelo de la humanidad.
Hay que reconocer el influjo y los beneficios de la Ciencia y hay que esperar mucho más de ella.
La inteligencia humana, nutriendose de conocimientos, dilatandose, progresando, escudriñando los misterios y las leyes de la naturaleza y de la vida, arrancará nuevos secretos y producirá mayores beneficios que los conocidos.
Esperemos que este nuevo Hospital nos sirva de enseñanza, de estudio — vendrán á trabajar en él inteligencias, jóvenes robustas nutridas en el estudio, no faltarán hijos distinguidos de este pueblo y de otras partes y entonces podrá producir todos los beneficios que de él se esperan.
Impulsados por los sentimientos nobles y generosos que animan á la Sociedad de Beneficencia, sigamos adelante, no nos detengamos y se terminará el pabellón en construcción y se harán otros nuevos pabellones para tuberculosos, para contagiosos etc; que son absolutamente necesarios.
Habrá siempre mucho que trabajar, mucho que hacer, pues desgraciadamente el campo del dolor y de la enfermedad es amplio, extenso, inacabable.
La obra realizada por la Sociedad de Beneficencia es una gran enseñanza.
Hay que hacer como ella un esfuerzo que resulte, no perdido, estéril, sino útil, fecundo. No gastar las fuerzas en empresas quiméricas, ideales, perfectamente inútiles.
La vida la tenemos, para trabajar, para perfeccionarnos, para ocuparla en algo útil, no para disiparla en la inacción, en la contemplación estéril.
Trabajemos, asociemosnos, siguiendo los consejos de la Ciencia desinteresada, creadora y multipliquemos los centros de cultura y de ayuda al caído, al enfermo.
El valor de un pueblo lo da la importancia, el número de estos centros.
Dadme un pueblo con escuelas y hospitales y os diré que ese es un pueblo culto, progresista, moral, bueno.
Se ha hecho mucho, pero es necesario hacer más. Es necesario estimular á los ricos á que sigan los ejemplos que nos dan los grandes millonarios de Europa y América. No hay mejor empleo de la riqueza y del dinero, que haciendo obras de caridad y la mejor forma de la caridad está en estas asociaciones de beneficencia que levantan estos hermosos hospitales, sanatorios, Asilos para viejos aquí tan indispensables, tan necesarios.
Si cualquier asociación, por ejemplo ahora, la Auxiliar de la de Beneficencia compuesta de distinguidas señoritas, dedican unos cuantos pesos, muy pocos, para comprar periódicamente unos cuantos frascos de suero antidiftérico, no veríamos los médicos, como vemos muy frecuentemente el espectáculo tristísimo de una madre pobre, desesperada, corriendo á la Municipalidad, golpeando de puerta en puerta queriendo y no encontrando los medios, los recursos para comprar el remedio, el suero salvador, que libre de la muerte á su pobre niño enfermo.
Afortunadamente en este pueblo pródigo que siempre responde á los llamados de la caridad, hay existencias nobles, generosas que practican constantemente el bien, que son la Providencia de los pobres, cuyos nombres están en todos los labios y que yo no pronuncio por no ofender su modestia, su humildad.
Distinguidas damas y señoritas de la Sociedad de Beneficencia y de la Sociedad Auxiliar. — Saludo en vosotras á todas las señoras y señoritas que han formado desde su fundación la Sociedad de Beneficencia. Saludo á las respetables socias protectoras, las caritativas señoras Doña Micaela M. de Morán y Doña Isabel Millan y á todos los que, pobres y ricos han contribuido con su óbolo á esta construcción.
Sois acreedoras al aplauso y al
agradecimiento público. No desmayeis. Seguid adelante en vuestra obra de piedad,
de ayuda al pobre, al desvalido, al enfermo y os sentireis satisfechas y os
acompañarán las bendiciones y las lágrimas de los infortunados.
He dicho.


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