Juan L. Ortiz: El rumor del río hecho poesía

El hombre que convirtió el paisaje entrerriano en un lenguaje universal. A casi medio siglo de su partida, recordamos a "Juanele", el místico de la palabra al que Juan José Saer consagró como el poeta definitivo del siglo XX argentino.

Hay hombres que no solo habitan un paisaje, sino que permiten que el paisaje los habite a ellos. Juan Laurentino Ortiz —"Juanele" para los amigos y para la historia de nuestra literatura— fue el sutil intérprete del agua, del sauce y de la brisa. Nacido en Puerto Ruiz el 11 de junio de 1896, su figura flaca, su andar pausado y su cigarrillo eterno se convirtieron en el símbolo de una poesía tan profunda como el Paraná. Su muerte, ocurrida en la capital provincial el 2 de septiembre de 1978, no hizo más que agigantar una leyenda que sigue deslumbrando a las nuevas generaciones.

Los años dorados en Gualeguay y el salto a Paraná

La vida de Ortiz estuvo marcada por una hermosa sencillez. Residió en la ciudad de Gualeguay hasta 1942, año en el que se jubiló de su empleo cotidiano en el Registro Civil local. Lejos de retirarse al aislamiento, decidió mudarse a Paraná para instalarse definitivamente.

¿Los motivos de aquel traslado? Él mismo se lo confiaría a la escritora Alicia Dujovne Ortiz en una emblemática entrevista realizada meses antes de su fallecimiento en 1978: lo hizo «para estar más cerca del movimiento, de la gente». Juanele no era un ermitaño ajeno al mundo; era un observador sensible de la condición humana.

Tanto compromiso tenía con su tiempo que, en 1957, realizó su único viaje al exterior. Formó parte de una comisión de intelectuales argentinos que recorrió China y la Unión Soviética, tras una invitación del gobierno chino, una experiencia que contrastó fuertemente con su pacífica vida litoraleña.

El arte de la paciencia: De mano en mano a las librerías

Los inicios de Juanele en el mundo editorial tuvieron una impronta casi artesanal. Sus primeros textos fueron impresos y distribuidos por él mismo, entregados mano a mano entre amigos y lectores conocidos. Esta particular forma de difusión hizo que su obra fuera, al principio, un secreto bien guardado.

No fue sino hasta 1933 que editó su primer poemario formal en Buenos Aires: El agua y la noche, un compendio de versos escritos entre 1924 y 1932 donde ya se adivinaba su obsesión por la fluidez de la naturaleza.

A partir de allí, la publicación de sus libros adquirió una estructura más organizada, permitiendo que su voz cruzara las fronteras provinciales y ganara la difusión que merecía. En las décadas siguientes, regaló a la literatura una seguidilla de obras fundamentales:

El ángel inclinado (1938) y La rama hacia el este (1940).

El álamo y el viento (1948) y El aire conmovido (1949).

La mano infinita (1951) y La brisa profunda (1954).

El alma y las colinas (1956) junto a De las raíces y del cielo (1958).

"El más grande poeta argentino del siglo XX".

— Juan José Saer, sobre el legado de Juanele.

Un eco infinito

A menudo se cae en el error de encasillar a Juan L. Ortiz como un mero "poeta paisajista". Sin embargo, quienes se sumergen en sus versos descubren una filosofía oriental, una profunda dimensión política y una sensibilidad extrema hacia el dolor del otro.

Traductor incansable y creador de una música propia en el verso libre, Juanele demostró que para ser universal solo hace falta mirar con suficiente amor el propio jardín. A casi cincuenta años de su viaje definitivo, cada vez que el viento mueve las hojas de los álamos entrerrianos, parece escucharse de fondo su poesía.

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