La rosarina que le devolvió el vino a Entre Ríos y desafió una prohibición de casi un siglo
Verónica Irazoqui plantó
Corría el año 1934 en
Argentina cuando el gobierno del presidente Agustín Pedro Justo, tomó una
decisión que marcaría el fin de una era productiva: prohibió la vitivinicultura
con fines comerciales en toda la Argentina, exceptuando a la región de Cuyo. Hasta
ese momento, Entre Ríos era una potencia vitivinícola en pleno crecimiento que
contaba con cerca de
Pero, además, el gobierno mandó a quemar, romper y destruir todo lo relacionado con la industria, borrando casi por completo su historia y toda una tradición que recién, casi un siglo después, una rosarina se propuso recuperar. Fue en el 2014 cuando Verónica Irazoqui trazó un ambicioso plan para devolverle a la región el brillo violeta que supo tener en su pasado, a partir de la decisión de abrir su propio viñedo y bodega bajo el sello BordeRío. El espacio hoy emplea a más de 30 personas de forma directa y otras 30 más que se mueven para estar presentes los viernes, sábados, domingos y feriados, cuando abre su restaurante.
“Ya venía haciendo viajes
personales y descubriendo el mundo del vino en distintos lugares, hasta que en
2009 conocí la Bodega Colomé, sobre la Ruta 40. Fue un proyecto que me inspiró
profundamente y cinco años después, en 2014, durante una escapada a la ciudad
entrerriana de Victoria, encontré de manera casual un folleto del INTA que
contaba la historia de la vitivinicultura en la región y la prohibición que
sufrió la actividad. Ahí comenzó este camino que nos llevó a crear nuestro
propio viñedo”, contó Irazoqui, en diálogo con Negocios de La Capital.
Demostrar que se puede
La emprendedora no estuvo sola, sino que contó con el respaldo de su marido, Guillermo Tornatore, con quien comparte no solo la familia y la crianza de sus dos hijas, sino una exitosa trayectoria como socios que se remonta al año 2002, al frente de la empresa tecnológica DonWeb. “Empezamos a trabajar juntos y ahí comenzó mi recorrido en un sector que en ese momento era muy innovador. Tenía 22 años y visitaba empresas tratando de convencerlas de que dejaran de usar el fax y se pasaran al correo electrónico. Esa experiencia me hizo descubrir cuánto disfrutaba el contacto con los clientes, algo que con el tiempo empecé a extrañar en mi trabajo dentro de la empresa”, recordó Irazoqui.
Antes de arrancar el proyecto de BordeRío, Verónica se recibió en 2012 de licenciada en Administración de Empresas, carrera que había arrancado en el 2009 cuando sus hijas eran pequeñas. Si bien volvió a DonWeb un tiempo más, se dio cuenta de que le faltaba pasión por lo que hacía y ahí empezó a ver en el vino una salida personal a todo lo que anhelaba de un trabajo. Fue entonces cuando la idea de una bodega comenzó a tomar forma.
Para demostrar que el litoral podía competir con las zonas tradicionales, se apoyó en estudios de suelo y clima que confirmaron que Victoria comparte latitud y características calcáreas con el Médoc francés, una célebre región vinícola al norte de Burdeos. Así fue como inició camino, teniendo en claro que la apuesta era arriesgada. De hecho, reconoció que se realizó sabiendo que la inversión inicial probablemente no la recuperaría en su vida, pero con el objetivo firme de que el proyecto sea sustentable y devuelva a la provincia una industria que nunca debió perder.
“Había mucho mito en la
idea de que el buen vino tiene que estar en altas alturas o en regiones secas.
El objetivo era lograr vinos de alta calidad y un turismo ‘world class’, en
donde vos venís y podés vivir tu visita como si estuvieses en la mejor bodega
del mundo, por eso ofrecemos distintas experiencias de primer nivel para que la
gente disfrute”, aseguró Irazoqui.
(Fragmento: Diario La Capital, de Rosario).

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