Los troperos
A mediados del siglo pasado, los troperos o
sea los compradores de novillos para los saladeros, eran personas que gozaban
de mucha consideración en la campaña de Entre Ríos. Se les miraba como árbitros
en estos negocios, y los precios y condiciones fijados por ellos, eran
aceptados casi siempre sin objeción alguna.
Estos se acercaban a los establecimientos
saladeriles (fundados en esa época en Gualeguaychú y Gualeguay) y convenían el
precio por los novillos puestos en el saladero. Como la edad, tamaño y gordura,
y este precio con una pequeña utilidad, servía de base para las operaciones con
los estancieros.
Con esta plataforma recorrían las estancias,
conviniendo las operaciones y anticipando muchas veces dinero, bajo la buena fe
de la palabra, que era sagrada y se cumplía con más exactitud que hoy los
compromisos escritos.
En aquella época no había aquí, más que
moneda metálica. Había onzas de oro españolas y algunas argentinas, y monedas
de oro chilenas, peruanas y de otros países del Pacífico. Pero la moneda que
más circulaba, era el cuatro boliviano, equivalente a medio peso boliviano.
Los troperos salían a realizar sus
operaciones, con un carguero de plata, dos o tres tropillas de caballos y
algunos peones, que se aumentaban a medida que crecía el número de novillos
apartados.
Una vez en el establecimiento donde eran
esperados con la hacienda en el rodeo, se procedía al aparte. Los apartadores
se dividían en parejas de dos o tres hombres, peritos no sólo en la sacada de
los novillos del rodeo, compuesta por lo general de hacienda arisca y bravía,
sino también en su complicada clasificación.
Se apartaba de tres años arriba, y de carne
gorda. Y cuando los novillos eran muy grandes y zoquetudos, se admitían de
carne buena y hasta de carne blanca, que se utilizaban también en el tasajo,
que era lo que principalmente se elaboraba en aquellos establecimientos.
Pronto el señuelo, que se componía de las
lecheras y los bueyes, se empezaba el aparte.
Los apartadores iban con grandes espuelas de
fierro, y para alivianar el caballo montaban sólo en un jergón o un cojinillo,
pues en esta tarea no se hacía uso del lazo. Prontos ya, tendían la vista sobre
el grupo más cercano y elegían el novillo que llenaba las condiciones
recomendadas por el patrón, haciéndolo orillar y atropellándolo con ruidos y
gritos para hacerlo disparar. Siempre salía con otros animales que se iban
quedando en la corrida, hasta que el novillo quedaba solo y se entreveraba en
el señuelo.
El dueño de la hacienda y el tropero,
ocupaban un punto adecuado para contar los novillos que se apartaban. Por lo
regular, cada diez o cada veinte o más, se señalaban con una raya en la sotera
del rebenque o en una tirita de cuero que se llevaba con ese fin.
El aparte seguía hasta las doce o la una, que
se suspendía para ir a churrasquear. Aquella comida era muy sencilla aunque
suculenta. Se trataba de grandes asados, muchas veces con cuero, de alguna
vaquillona regalada por el dueño de la hacienda. Terminada esta grata e
indispensable faena que duraba muy poco, se reanudaba el trabajo en el mismo
orden hasta su terminación.
En esta tarea, rodeada de peligros y
dificultades, había -como es natural- sus accidentes de más o menos
importancia.
La mayoría de los novillos salían fácilmente
y se metían si trabajo en el señuelo que estaba enfrente y a conveniente
distancia. Pero había algunos mañeros que no se desprendían de la hacienda,
volviéndose con la cuadrilla que se les hacía orillar, y otros, que al ser
acosados, se embravecían y trataban de cornear los caballos.
En estos casos se apelaba a los medios
aconsejados por la experiencia. Se acompañaban tres apartadores y se hacían
orillar los mañeros, con poco ruido y hasta el momento propicio, en que se
atropellaban, poniéndose uno atrás del novillo y los otros dos al costado. Y
así, bien encajonados, con gritos, ruidos y sendos arreadorazos, se les
obligaba disparar y a meterse en el señuelo.
Terminado el aparte, el comprador con el
vendedor, confrontaban los apuntes tomados en lonjitas o en la sotera del
rebenque, procediéndose al pago en moneda boliviana metálica, de valor de
cuatro reales cada pieza. Esta operación se realizaba comúnmente en el mismo
rodeo, recibiendo el importe en el poncho o en una jerga, formando una ponchada
cuando los novillos eran muchos, no obstante valer sólo tres o cuatro pesos de
dicha moneda.
Hecha esta operación final, que nunca ofrecía
dificultades ni siquiera dudas, se procedía a la marcha de la novillada.
Cuando el primer aparte se hacía en hacienda
arisca, la sacada de la querencia ofrecía algunas dificultades, que se
prevenían con el tiempo. No se dejaba salir la hacienda del rodeo antes de la
marcha. Pues su movimiento y sus balidos al salir y desparramarse, pondrían en
gran agitación a la novillada. Y, en fin, se adoptaban otras medidas que se
consideraban convenientes, como la de situar el señuelo en un punto por donde
la marcha fuera en dirección opuesta al rodeo, para evitar todo contacto o
aproximación con el ganado.
Prontos ya, se emprendía la marcha con toda
precaución, encallejonando la novillada en la dirección correspondiente.
Era éste un momento grave. Los novillos
recién apartados y en la querencia, trataban de escaparse, ya disparando al
frente o ya forcejeando por salirse por los costados. Sin embargo, nada
sucedía. Aquellos hombres experimentados en estas lidias, todo lo preveían y lo
impedían. Así seguían hasta salir de la querencia a una o dos leguas, dejando
en el camino el señuelo y consiguiendo dominar y apaciguar la novillada.
En este estado, la novillada tranquila y sin
ofrecer resistencia, marchaba hasta llegar a otro establecimiento, donde los
esperaban con la hacienda en el rodeo. Una vez allí, situaban la tropa a corta
distancia del rodeo y procedían al aparte, en las mismas condiciones fijadas y
con las alternativas propias de estas tareas.
En el mismo orden seguían operando en otros
establecimientos, hasta que reunían un número de mil o dos mil cabezas y
suspendían la compra.
Cuando la hacienda era para los saladeros de
Gualeguaychú, se atravesaba el río Gualeguay por el paso del “Sauce”, cuyo
pasaje era muy laborioso cuando el río estaba crecido, lo que era muy
frecuente.
Para estos casos, un estanciero de “San
Antonio”, departamento de Gualeguaychú, de apellido Cristaldo, tenía una guía,
compuesta de una cuadrilla como de cincuenta vacunos, que había acostumbrado a
atravesar el río, lanzándose al agua al grito impulsivo de Cristaldo y ruido
del rejón con que los hostigaba, coloreándoles las ancas a los remisos.
La operación se hacía en varios lances cuando
la novillada era mucha. Se allegaba al paso por grupos que se unían a la guía,
donde Cristaldo daba la señal de lanzarse al río con gritos y ruidos del rejón.
La guía se precipitaba al agua y la novillada empujada por los troperos, se
lanzaba también echándose a nadar hasta la otra orilla. Junto con la hacienda
iba también la peonada, que se enfilaba al margen para evitar el desbande.
Muchos novillos pugnaban por salirse de la
línea, pero se les encaminaba por distintos medios, como allegándoles el
caballo y calzándolos con el pie, o echándoseles al costado y agarrándolos de
las guampas, y en fin, apelándose a otros recursos según las circunstancias,
por difíciles y peligrosas que fueran.
¡Había que ver aquellos centauros criollos en
sus soberbios pingos, desnudos y con su larga y espesa melena mecida por el
viento, en medio de esas profundas y correntosas aguas, luchando a brazo
partido con aquellos brutos de largos y agudos cuernos!
Muchos casos más se ofrecían en tan largas y
complicadas labores, en que se ponía a prueba el ánimo de aquellos hombres,
como las disparadas de los novillos en las rondas de noche, o en el corral
mismo, echando abajo algún lienzo y quedando tendidos algunos novillos, ya
muertos o quebrados. En tales circunstancias, que siempre tenían lugar a altas
horas de la noche, el patrón y la peonada, medio desnudos, en camisa y
calzoncillos, montaban en su caballo en pelo y algunos con bozal solamente,
lidiando con denuedo hasta el día, por contener el desbande y evitar el mayor
perjuicio. Para aquellos hombres de hierro, no había hora ni obstáculo, cuando
sus esfuerzos eran requeridos.
Con el pasaje del río, podía darse por
terminada la jornada. Pues el trayecto a recorrer hasta el saladero era corto y
no ofrecía obstáculos.
(Saladeros)
Incorporados algunos novillos escapados en el
pasaje y aprontando todo para la marcha, se emprendía ésta hasta el saladero,
donde se ponía término a la operación con la entrega de la hacienda.
Voy a cerrar esta narración, con el nombre de
los primeros “pioneers” de nuestros progresos: Don Juan Oxandaburu, don Agustín
Gianello, don Juan Mousca (a) Juan Grande, don Domingo Garbino y don Jacobo
Spangemberg en Gualeguaychú. Don Bernardo Parachú, don Pedro Marcó y don Martín
G. Etcheverry en Gualeguay. Los que, entre otras empresas, fundaron en sus
respectivas localidades los establecimientos saladeriles, que transformaron
nuestras haciendas en productos transportables a los mercados de consumo,
movilizando aquella riqueza estancada y dándole un valor que hasta entonces no
tenía. Con lo que se han hecho dignos de que se recuerden sus nombres, como un
justo y merecido homenaje a su memoria.
FIN DEL CAPITULO 7 - digitalizado para
"La Voz de Sola" feb 2004
BIBLIOGRAFIA: Vida y Costumbres de Entre Ríos
en los tiempos viejos, Buenos Aires, Rosso, 1929.

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