Sodería Fernández, "La Industrial"
Don Joaquín Fernández, a finales del siglo XIX, llegó a la ciudad de Gualeguay con sus ojos llenos de ilusiones en busca de un porvenir mejor, dejando atrás a su amada España, que lo viera dar sus primeros pasos en la vida. Su asentamiento en esta tierra sería para la vida de Don Joaquín un camino lleno de esperanzas, lleno de emociones. Esas esperanzas se convirtieron en sueños, que dejaron marcada la historia comercial e industrial de esta ciudad, y sus emociones vinieron de la mano de su amor a un Gualeguay en crecimiento, que lo vio hacerse una persona de bien, ganándose el respeto de todos con hombría.
Su arribo al puerto de Buenos Aires se dio en los últimos años del siglo XIX; la Argentina, gobernada entonces por Julio Argentino Roca, tendría en esos años una reestructuración ferroviaria, retomando y fomentando algunas producciones que habían dejado de desarrollarse, frenando la expansión de las grandes empresas privadas.
Ya arraigado en estas tierras gualeyas, Joaquín dedicó su vida al comercio, dando paso a la fundación de “La Industrial” alrededor de 1897, comenzando en 1903 la producción de soda. “La Industrial” comenzó su funcionamiento en las intersecciones de las actuales calles J. J. Castares y D. Schiaffino.
En 1897, Don Joaquín registró en la dependencia de Bromatología de la provincia de Entre Ríos la fabricación de galletitas. En este comercio no solo se fabricaban galletitas; se hacían también alfajores muy conocidos en la ciudad, que eran el deleite de los paladares gualeyos y que dejaron de fabricarse tras jubilarse el maestro panaderil que los elaboraba, de apellido Flores, único conocedor de la receta original.
La fábrica incrementó más tarde a su producción un nuevo producto: la fabricación de caramelos, que fueron motivo de tardes de dulzura para los niños y todos los clientes que comenzaron a implementarlos como un gustoso recreo a la rutina de sus vidas. Se encargaban de empaquetarlos las finas y delicadas manos femeninas de las llamadas “envolvedoras”, mujeres encargadas de esa etapa de fabricación.
La Industrial. En el fondo al centro don Joaquín. En el balcón las envolvedoras de caramelos. Debajo, al centro, la máquina fabricadora de hielo (gentileza Constanza F. Larraburu). |
Llegada la mitad del siglo XX, años vestidos de gloria para el desarrollo comercial e industrial de Gualeguay, nuestra ciudad fue testigo del progreso tanto comercial como industrial y laboral. “La Industrial” cerraba esta etapa con un número aproximado de cuarenta y cinco empleados que dedicaban con compromiso y lealtad la prestación de sus servicios a Don Joaquín Fernández.
Los cimientos de esta renombrada empresa fueron también la morada familiar de Don Fernández, propiedad que se terminara de construir en el año 1915; diez años después Joaquín adquiriría la propiedad. La misma era rica en amplitudes, con grandes extensiones, donde funcionaba la fábrica y hacía las veces de casa familiar de los Fernández. Sobre las actuales calles Schiaffino y Coronel González se encontraba el lugar de acopio de las mercaderías y materias primas.
Entre Ríos, que concentraba en lo más profundo de su seno colectividades extranjeras de distintas nacionalidades, estaba gobernada por esos años por el doctor Enrique Carbó, un abogado nacido en Paraná, representante del Partido Autonomista Nacional (PAN), que asumió la gobernación en los primeros días del año 1903. Esta gobernación fue una de las más progresistas, fomentando y promocionando el desarrollo de la actividad comercial.
Otra característica de “La Industrial” fue la venta de bebidas como la tradicional naranjina, que era el placer de los clientes. Se almacenaba en toneles de doscientos litros y posteriormente era rebajada con agua y envasada para la venta. También se comercializaban vinos como Arizu, Toro y cerveza Palermo. La familia Fernández era para la época propietaria de una distribuidora mayorista de diversos productos.
(Izq.) Máquina saturadora utilizada en la actualidad
en la sodería Fernández. (Der.) Máquina llenadora de seis picos utilizada en la
actualidad en sodería Fernández. |
Nuevamente Don Joaquín haría a la ciudad un importantísimo aporte al comercio local. Hacia los primeros años del 1900 incorpora Fernández a “La Industrial” una nueva actividad: la sodería. En esta provincia envuelta de ríos, caracterizada por ser una de las más progresistas y rica en tierras que permiten el cultivo, la ganadería y el desarrollo de distintos tipos de emprendimientos, esta iniciativa fue sensación de progreso.
Esta actividad es realizada en la actualidad por sus descendientes. En el año de su inicio, la sodería contaba con una máquina saturadora de origen italiano, que saturaba el gas con el agua, y además con una máquina de llenado de sifones que en sus comienzos realizaba un llenado a la vez. A medida que el rubro crecía, se incorporaron dos máquinas de llenado más, hasta que en 1955 se adquirió una máquina rotativa de seis picos.
Otra de las tantas actividades realizadas por esta familia emprendedora fue la fabricación de hielo, que comenzó en la década de 1940 con una máquina de gran volumen, de la que se cree que existían dos en la ciudad, una de ellas en manos de los Fernández.
| Envases antiguos y actual de soda y naranjina. |
La distribución de la mercadería en los primeros años de “La Industrial” se realizaba en carro, recorriendo las calles empedradas de la ciudad. Todavía los vecinos recuerdan con agrado el golpetear de las ruedas contra las piedras del “carro del sodero Fernández”.
Con la expansión de la distribución de las mercaderías, el reparto se extendió a las villas cercanas. Aquel recorrido abarcaba desde la estancia “Las Colas”, pasando por General Galarza, Mansilla, Clé y Rosario del Tala.
Recuerda Darío, uno de los nietos de Joaquín, aquellos repartos:
“[…] En los inicios, los repartos eran en carro y todo se movía por medio del ferrocarril. Primero fueron los repartos en las zonas más cercanas; ya con la distribución de las golosinas y galletitas se comenzó a hacer el camino del ferrocarril, que era Galarza, Mansilla, Tala, Echagüe hasta llegar a Concordia. Desde acá se mandaba la mercadería en el tren hasta la estación de Galarza; ese era el reparto de Domingo Fernández, que era quien siempre realizaba ese recorrido. Luego mi padre lo hacía en el camión Internacional que compra el abuelo Joaquín […]”.
Primero Joaquín compró el carro y años más tarde lo reemplazó por tres camiones. Uno de estos fue desarmado para utilizar sus partes como repuestos de los otros, debido a la Segunda Guerra Mundial que se desarrollaba en Europa, lo que complicaba la llegada de repuestos.
Cuando el carro llegaba a Galarza, en la estación de tren lo esperaba la mercadería enviada desde Gualeguay y se regresaban por el mismo transporte los envases vacíos. Así se continuaba por los pueblos con el reparto. Hasta Concordia se estimaba un mes de viaje aproximadamente. Saliendo de mañana temprano, había unos dos días hasta Tala en carro.
Lo mejor de la llegada a esta ciudad era para Domingo Fernández (hijo de Joaquín) el baño de agua caliente que disfrutaba en un hospedaje del pueblo. Luego proseguía por el camino de la costa; cuando llegaba a destino ya tenía caballos de su propiedad, los cuales usaba para el reparto en esa zona.
Don Joaquín en la estación del ferrocarril durante la llegada de un cargamento de Fernet Branca (gentileza Constanza F. Larraburu). |
En esa época la competencia comercial de “La Industrial” era la de Armelín en el rubro de la fabricación de hielo. Este se vendía en barra, entera o fraccionada, de acuerdo al gusto del cliente.
En el rubro sodería, la competencia era la de Manuel Herrero, ubicado en la actual calle Coronel Correa entre San Antonio y San Martín. En cuanto a los caramelos y golosinas, las de Cherskasky eran rivales directos de los fabricados por los Fernández, y funcionaban en las actuales calles Corrientes y Primero de Mayo.
La renombrada “Sodería Fernández”, nombre con el que se reconoce actualmente a “La Industrial”, es un ejemplo de progreso para nuestra ciudad. Cuenta con más de cien años y aún sigue presente en las mesas de los vecinos con su clásico sifón de cabeza amarilla. Con su indiscutida calidad en aguas de mesa y soda, supo ganarse el corazón de sus clientes.
Sin embargo, hacia 1978, y debido a problemas financieros, la firma tuvo que salir a remate porque las ganancias no bastaban para todos. La sociedad llegó a contar con veintidós socios y no se justificaba ese gran número para los ingresos que poseía.
Eduardo Antonio Fernández, conocido como “Nenucho”, y Darío Fernández, su hermano, fueron quienes se quedaron con la sociedad. Ambos eran nietos de Don Joaquín.
Hasta el año 1992 fue una sociedad de hermanos. Luego Darío decidió vender su parte a “Nenucho” y la sodería se trasladó a su domicilio actual, situado en Carmen Gadea y Coronel González.
Casas comerciales con historia de Gualeguay.
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