A más de un siglo de las duras críticas del
diario El Debate, revisitamos
la tensa relación entre la gestión municipal, el presupuesto urbano y el diseño
de nuestras plazas.
El 13 de enero de 1908, las páginas del periódico
gualeguayense El Debate
publicaron un mordaz y lúcido editorial titulado "Nuestras Plazas". Aquel texto, cargado de una profunda indignación
ciudadana, desnudaba el abandono y la alarmante improvisación con la que las
autoridades locales de la época gestionaban el patrimonio verde de la ciudad. Hoy, a más de un siglo de aquella publicación, sus
reflexiones resuenan con una vigencia asombrosa, planteando un espejo en el
cual la administración pública moderna debe, obligatoriamente, mirarse.
Para el cronista de 1908, el estado de las plazas no
era un simple asunto de estética ornamental; representaba la carta de
presentación de la comunidad y la medida exacta de su nivel civilizatorio. "Es
fuera de duda que lo primero que llama la atención de un viagero al llegar á
una ciudad cualquiera, es el estado en que se encuentran sus plazas", comenzaba señalando el editorial, argumentando que la
disposición artística y la conservación de estos paseos públicos permitían "formar un juicio sobre la
cultura de esa ciudad".
La Plaza Principal y el
"Aspecto de Criadero"
Uno de los puntos más álgidos de la crítica apuntaba a
las reformas sin planificación de la plaza principal (Plaza Constitución). El diario denunciaba el derroche sistemático de
fondos en la adquisición anual de flores que se marchitaban rápidamente, calificando
la iniciativa de gasto desmedido hecho "sin método, arte ni gusto".
"Se ha creido hacer obra de embellecimiento en la
plaza principal, dotándola de jardines de flores que se remuevan de año en año
gastándose un dineral [...] rodeándolos, para resguardarlos de los avances de
los animales invasores, de fuertes cercados de alambre tejido, consiguiendo con
esto dar á las plazas un aspecto de criadero de gallinas ú otros animales de
pelo y pluma."
La llamativa metáfora del "criadero"
ilustraba a la perfección el choque entre las urgencias de una villa en
crecimiento, aún asediada por animales sueltos, y la torpeza de los
funcionarios para ofrecer soluciones que no destruyeran la armonía visual del
espacio común.
Plaza Colón: El Olvido
Sistemático como "Beneficio"
El cronista de El Debate reservaba también un espacio de ácida
ironía para referirse a la Plaza
Colón. Mientras otras plazas sufrían intervenciones
desastrosas y costosas que las desfiguraban, esta plaza en particular padecía
una total indiferencia por parte de la administración municipal.
Con notable sarcasmo, el
editorial afirmaba: "La Plaza Colón no merece
los honores de que los directores de las cosas públicas se ocupen de ella:
quizá en un beneficio."
Esta breve pero fulminante frase ponía en evidencia
una paradoja del Gualeguay de principios de siglo: la inoperancia municipal era
tan destructiva que, para los vecinos, el olvido institucional y la falta de
reformas en la Plaza Colón terminaban siendo, curiosamente, un
"beneficio" que la salvaba de un destino peor.
Plaza Rocamora: Un Potrero
para la "Mulada Municipal"
El ensañamiento con la Plaza Rocamora resultaba aún
más severo. El texto describía una penosa calesita de recursos
despilfarrados: plantaciones constantes de árboles que terminaban secándose,
destruidos por animales o sencillamente reemplazados sin ton ni son. Pero el verdadero escándalo de la época radicaba en
la sustitución de un fino cerco perimetral de postes de ñandubay labrados por
un alambrado precario de postes apolillados, convirtiendo la plaza en una
"chacra pobre".
El editorial no dudaba en denunciar que el interior
del paseo público se había transformado "en un perfecto potrero donde pasta la mulada
municipal". La incompatibilidad entre un parque destinado al
recreo social y un establo para las bestias de tiro de la propia comuna ponía
de manifiesto una desorganización administrativa que rozaba el absurdo.
Materiales a la Intemperie
y Proyectos Truncos
El artículo original también rescata un conflicto que
nos resulta dolorosamente familiar en la historia de la obra pública: los
proyectos paralizados por disputas políticas internas. En particular, relata cómo el ambicioso proyecto
para dotar de aguas corrientes a la Plaza Constitución —que ya contaba con los
materiales comprados por el tesoro municipal— quedó suspendido debido a feroces
"interpelaciones,
explicaciones y desistimientos" entre los poderes de la comuna. Los insumos, señala el cronista con amargura,
terminaron "amontonados
en un rincon del patio de la Municipalidad, expuestos á la intemperie".
Lecciones de un Siglo Atrás
para el Gualeguay de Hoy
Releer a El Debate en pleno siglo XXI
nos invita a una profunda reflexión sobre la planificación urbana. El reclamo de 1908 no era un llamado a la austeridad
ciega, sino una exigencia de método,
orden y profesionalismo. El autor concluía reclamando planes modernos y
artísticos diseñados por mentores idóneos, evitando la "intromisión oficiosa de
ciertos mentores que no dejan nada bien parado con sus ideas".
Hoy en día, el
desafío de preservar las plazas de Gualeguay como espacios de integración
social, libres de vandalismo, con forestación planificada y con transparencia
en el gasto de mantenimiento sigue estando en el centro de la agenda vecinal. La crónica de 1908 nos demuestra que el anhelo de
una ciudad bella, ordenada y transparente es un hilo conductor que une a los
gualeguayenses a través de las generaciones.
*Este artículo de
análisis periodístico toma como fuente directa el editorial "Nuestras
Plazas", publicado en el diario El Debate de Gualeguay, Entre Ríos, el 13 de enero
de 1908.
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