Ecos de nuestro Carnaval en 1905: El esplendor del corso y la algarabía popular
Crónica de las festividades de Momo. La encomiable labor de la comisión vecinal, las rigurosas normativas de orden y las postales imborrables de una última noche de sana locura.
Muy lucida y concurrencial resultó la clausura de las fiestas de Carnaval, festividad que fue retratada por El Debate, en 1905, tanto en la víspera como en su culminación. El corso de esa última noche vino a servir de oportuna válvula de escape a los entusiasmos juveniles mal contenidos y a los anhelos expansivos tan ingratamente defraudados durante los días clásicos precedentes. Todos los asistentes llevaban preciosas cargas que dieron un aspecto sumamente vistoso a la celebración, cuya animación parecía ir en un constante crescendo a medida que se presentía cercana la hora de la dispersión final.
Bien pronto se empeñó vivamente un tiroteo general, a discreción de amables proyectiles, en una acción ofensiva y defensiva descomunal: desde los carruajes hacia los balcones, y de grupos estacionados a comitivas ambulantes y viceversa. Cruzaban el aire en profusión las ligeras y gentiles serpentinas multicolores, mientras jóvenes galantemente enardecidos en la lucha llevaban recios ataques a los carruajes de su predilección, arrojando sobre los bulliciosos grupos femeninos ricos bombones, papel picado y fragantes flores, en medio de un clamor generalizado. Así terminó, entre nosotros, el Carnaval de 1905.
Una semblanza de concordia y ensueño
Durante esas horas de infernal pero alegre estrépito que se viven en los corsos, todos los corazones latieron al unísono y los pensamientos parecieron trasladarse a un mundo de puras alegrías. Los concurrentes lograron apartarse de las mezquindades de la vida cotidiana para volar en alas de una quimera que, aunque viene a desvanecerse mucho más pronto de lo que se quisiera, nos deja recuerdos agradabilísimos e imborrables.
Los espíritus más tristes y los pensamientos más sombríos dejaron a un lado sus amarguras y pesares para dar rienda suelta a los goces. Allí, perdidos entre un mundo de gentes de todas las clases sociales —ricos y pobres, grandes y chicos, sabios e ignorantes—, se mezclaron todos en una casi completa armonía. El sordo rodar de los carruajes, el vibrante tintineo de las campanillas y el bullicio ensordecedor de la mascarada compusieron una sinfonía única junto a las bombas, cohetes y las bien afinadas bandas de música.
El constante desfile exhibió carruajes lujosamente adornados y máscaras ingeniosas vestidas de Moreyras, ingleses, pierrots, italianos y payasos. Todo era válido para sumarse a la fiesta: un saco, un pantalón y una careta bastaban para lanzarse a la calle. Los aires se veían hendidos tanto por el agudo sonido de una corneta como por las desentonadas notas de un acordeón o una guitarra; otros animaban con campanillas y más allá con matracas. Así seguían, en patotas sueltas, a caballo, en carruajes o en carros, cuánto Dios echó al mundo siempre gritando, siempre confundidos en esa batahola infernal que nos hace olvidar las penas. Y después, el Rey Momo se va como vino, siempre seguido de ilusiones y esperanzas, aunque a la partida lo despidamos con nostalgia hasta el próximo año.
Organización ejemplar y orden público
Este indiscutible éxito es el corolario directo de la previsión de los vecinos. Previamente al inicio del corso se realizó una reunión general en la cual se nombró formalmente a la Comisión del Corso, que quedó constituida bajo la presidencia del respetable vecino Joaquín B. Álvarez, secundado por José Caliani como vicepresidente, Bernardo Legna en la secretaría e Isidro Maiztegui en la tesorería. Como vocales desempeñaron sus funciones los señores Victorio Maddalena, Salvador Roig, F. W. Holdich, Luis A. Caccia y Rómulo Quintana. Esta comisión se puso inmediatamente en movimiento y logró recolectar una importante suma de fondos para sufragar los gastos de las noches festivas, informándosenos que llevan reunidos ya muchos pesos.
A fin de garantizar el brillo y la seguridad, la Comisión Organizadora estableció una rigurosa normativa para el circuito oficial sobre la calle San Antonio, abarcando las cuadras comprendidas entre las calles Gualeguaychú (9 de Julio) y Suipacha (Rocamora), con un horario fijado desde las 20:30 horas hasta la 1:00 de la madrugada. El reglamento dispuso los siguientes puntos:
1º La fiesta se realizará los días domingo, lunes y martes de Carnaval, y la octava del mismo.
2º El trayecto a recorrer será por la calle San Antonio, el comprendido entre las de Gualeguaychú y Suipacha.
3º El corso dará principio a las 8:30 p.m., clausurándose a la 1:00 a.m. Por la tarde, aquel será libre.
4º La entrada para vehículos será por las calles de San Lorenzo y Paraná (J.J. Parachú), tomando el costado derecho, y la salida podrá verificarse por cualquiera, siempre que sea por la derecha.
5º Con excepción de los carruajes, no se permitirá la entrada al corso de ningún vehículo que no se presente convenientemente adornado.
6º Los vehículos se mantendrán, uno de otro, a una distancia aproximada de cinco metros, no pudiendo en ningún caso sacar los caballos del paso natural de paseo.
7º Queda prohibida la entrada al corso de ómnibus y de jinetes que no sean los encargados de guardar el orden, siempre que no lleven traje carnavalesco.
8º Se fijaron contribuciones para el expendio de flores, serpentinas y papel picado en las bocacalles (cinco pesos por puesto de explotación temporal), así como el cobro de ochenta centavos por cada metro lineal de palco construido en el trayecto.
El mantenimiento de la paz y la concordia dentro de las filas estuvo celosamente atendido por la Comisión y por el señor José Caliani —quien ofició de comisario general—, en estrecha colaboración con los comisarios Félix Surracco, Luis A. Caccia y Santiago I. Pignasco, todos ellos distinguidos de sus funciones mediante una escarapela. Asimismo, cabe destacar el concurso de los vecinos residentes del radio, quienes iluminaron y adornaron los frentes de sus casas, contribuyendo a la animación general. Se destacó también la generosidad de los fondos recaudados.



Comments
Post a Comment