Corso de 1905: del rigor del reglamento al esplendor de la batalla campal

Imagen ilustrativa.

Los archivos históricos de nuestro centenario periódico El Debate nos permiten reconstruir una de las tradiciones más arraigadas en el alma de Gualeguay: sus corsos de carnaval. A través de las páginas publicadas en marzo de 1905, es posible viajar en el tiempo para descubrir cómo una fiesta que comenzó bajo el amparo de un estricto reglamento civil terminó convertida en una explosión de algarabía colectiva que marcó a toda una generación. 

Las reglas para el esplendor

A inicios del mes de marzo, la Comisión Organizadora del Carnaval estableció una rigurosa normativa para asegurar que las festividades mantuvieran tanto el orden público como el brillo estético. El circuito oficial quedó delimitado sobre la calle San Antonio, abarcando las cuadras comprendidas entre Gualeguaychú y Suipacha, con un horario fijado desde las 20:30 horas hasta la 1:00 de la madrugada.  

Para evitar cualquier atisbo de desorganización, el ingreso de carruajes se limitó estrictamente a las calles San Lorenzo y Paraná, con la obligación de transitar por la mano derecha y guardando una distancia prudencial de cinco metros entre cada vehículo. La Comisión prohibió la circulación de vehículos sin adornar y vedó el acceso a ómnibus o jinetes ajenos a la organización.  

La financiación de la infraestructura se solventó mediante el cobro de palcos (ochenta centavos por metro lineal) y la habilitación de cuatro puestos comerciales por bocacalle para la venta de flores y serpentinas, tasados en cinco pesos por la temporada. Para velar por el cumplimiento de estas pautas, se nombró a un selecto cuerpo de vecinos notables que portaban escarapelas distintivas: José Caliani, con el cargo de Comisario General.  Félix Surracco, Luis A. Caccia y Santiago I. Pignasco, con los cargos de Comisarios adjuntos. 

El desenlace y la explosión del entusiasmo

A pesar de la rigidez inicial, las crónicas de la edición del 15 de marzo de 1905 revelan que el cierre de los festejos superó cualquier expectativa, sirviendo como una oportuna "válvula de escape" para contener los deseos expansivos y juveniles de la sociedad, los cuales habían sido defraudados por las inclemencias o contratiempos de los días previos.  

El domingo de clausura ofreció una estampa inolvidable sobre la calle San Antonio. Los concurrentes acudieron provistos de "preciosas cargas" decorativas y de juego, provocando que la animación del corso fuera en un constante crescendo a medida que se aproximaba la madrugada y la hora de la desconexión final.  

De pronto, el estricto orden dio paso a un vivaz e inofensivo "tiroteo general". Una descomunal acción ofensiva y defensiva se desató entre los carruajes en movimiento y los vecinos apostados en los balcones, así como entre los grupos que permanecían fijos en las aceras y los paseantes ambulantes.  

Las crónicas de la época describen con lirismo cómo las ligeras serpentinas multicolores cruzaban el aire en profusión. En medio de un clamor generalizado, los jóvenes de la ciudad, galantemente enardecidos en aquella batalla campal, dirigían sus "recios ataques" hacia los carruajes de su predilección, arrojando sobre los bulliciosos grupos de señoritas una lluvia de ricos bombones, papel picado y flores frescas.

Fue bajo este escenario de sana provocación, risas y profusión de colores que concluyó de manera sumamente lucida el Carnaval de Gualeguay de 1905, consolidando una mística comunitaria que, cruzando los límites del tiempo, aún resuena en las calles de nuestra ciudad.  

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