Los pioneros del lienzo: Secundino Salinas y José María Hidalgo , la génesis de la pintura en Entre Ríos

Obra de Salinas.

«En una provincia montaraz y lejana a los grandes centros académicos, el genio autodidacta de los primeros pintores locales logró inmortalizar la vida, la épica y el rostro del litoral del siglo XIX.»

Hablar de los orígenes de las artes plásticas en la provincia de Entre Ríos exige remontarse a la segunda mitad del siglo XIX, un tiempo convulso y fundacional donde la creación artística no surgía de refinados talleres académicos, sino del impulso intuitivo de creadores únicos. En ese territorio de bañados, montes y batallas, la historiografía rescatada por investigadores locales sitúa a dos figuras imprescindibles nacidas en suelo gualeyo: Secundino Salinas y José María Hidalgo.

Ambos son considerados los auténticos «primitivos» y precursores de la pintura entrerriana, hombres que lograron plasmar las primeras manifestaciones visuales con sello propio en una región que hasta entonces permanecía al margen de las grandes corrientes pictóricas porteñas y europeas.

Secundino Salinas: Del monte de Urquiza a la consagración nacional (1840–1912)

La trayectoria de Secundino Salinas —el gran pionero decimonónico— parece extraída de una novela de época. Nacido en Gualeguay en 1840 en el seno de un hogar de extrema modestia, Salinas conoció desde muy niño el rigor de la tierra litoraleña: fue chasque (mensajero a caballo), hombre de campo y, más tarde, soldado en las filas del general Justo José de Urquiza.

Dotado de una capacidad de observación formidable, Salinas transitó de la vida militar y campesina hacia el dibujo, la pintura y la fotografía, trasladándose a Buenos Aires, donde instaló su estudio. Su consagración pública llegó en la célebre Exposición Continental de 1882, donde presentó la aclamada obra El domador argentino, pieza que le valió el aplauso unánime de la crítica y el reconocimiento de la prensa de la época (como los diarios La Nación, La Tribuna Nacional y La Razón).

Su catálogo incluye composiciones costumbristas y patrióticas memorables como: Soldado de Caseros, evocación épica de las luchas federales, y Las Palmas y Vapor el Indio, escenas costumbristas y paisajísticas que registraron el paisaje ribereño y el progreso de la navegación.

La maestría del realismo fotográfico

Sobresalió con singular maestría como retratista de las grandes personalidades políticas y militares de su tiempo. Dominó el dibujo a lápiz, la levedad del pastel y la densidad del óleo sobre lienzo, inmortalizando los rostros de figuras de la talla de Bernardino Rivadavia, Bartolomé Mitre, el coronel Plácido Martínez (en su obra El Triunfo de Corrientes), el general Lorenzo Vintter y el mayor Rawson.

Perteneciente a la corriente del realismo fotográfico del siglo XIX, Salinas no se limitó a la copia fiel del rostro: tuvo la destreza de recrear la atmósfera, dotar de movimiento a la escena y entregar una visión del mundo impregnada del temple gaucho y federal. Falleció en Buenos Aires en 1912, dejando un legado que une las armas, el campo y la alta pintura costumbrista.

José María Hidalgo: La pincelada silenciosa del bañado (1845–Fallecido en Gualeguay)

Obra de Hidalgo en 1875.

Poco se conserva en los registros oficiales sobre la cotidianeidad de José María Hidalgo, lo que envuelve a su figura en un halo de reverencia histórica. Nacido en Gualeguay en 1845, desarrolló gran parte de su labor a orillas de la cuenca del río Gualeguay y en la vecina Gualeguaychú, donde permanecía radicado hacia 1875.

Hidalgo encarna al artista nativo primigenio: sin la estructura de los salones ni el mecenazgo aristocrático, su obra representó uno de los primeros esfuerzos por volcar en el lienzo la identidad, la calma y el entorno humano del interior entrerriano. Vivió y falleció en su Gualeguay natal, dejando un testimonio imprescindible sobre los cimientos de la plástica provincial.

El origen de una mirada propia

Tanto Hidalgo como Salinas demostraron que la sensibilidad artística en Entre Ríos no fue un elemento importado, sino un brote genuino del propio suelo. Su trabajo sirvió de puente entre los primeros trazados del siglo XIX y la eclosión de maestros que, décadas más tarde, terminarían situando a Gualeguay en el mapa cultural del país.

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