Escuchar: una virtud para educar y aprender

Los adultos tenemos el compromiso de educar a los niños, pero también el deber de aprender de ellos. Ser padres no es una tarea sencilla ni se aprende de un día para otro. Como cualquier disciplina de la vida, el aprendizaje se construye en lo cotidiano.

Uno de los pilares fundamentales en el camino de la educación familiar es aprender a escuchar a los niños desde temprana edad, y no dejar de hacerlo incluso cuando lleguen a la adolescencia. Escuchar verdaderamente es un gesto profundamente humano, que implica valorar al otro, atender sus inquietudes, deseos y sueños.

La infancia es, sin dudas, una de las etapas más felices de la vida. Se disfruta desde la esencia misma: es tiempo de descubrimientos, asombros y ternura. En ese momento todavía no han calado hondo los prejuicios ni los condicionamientos sociales que tanto nos limitan en la adultez, incluso antes de alcanzarla. Son esas imposiciones las que muchas veces nos privan de una vida más plena y auténtica.

Cuando un niño conoce a alguien, espera encontrar otro niño. No importa si es un adulto: lo que espera es conectar con ese espíritu de luz, de inocencia y sinceridad que lo identifica. Desde ahí, desde esa mirada libre de juicios, se experimenta la verdadera libertad, un valor muchas veces esquivo en la vida adulta.

En estos tiempos, donde la tecnología se ha incorporado profundamente a nuestra cultura, los padres debemos estar atentos. Los niños no deben perder el contacto con la naturaleza ni con sus pares. Los primeros años de vida son esenciales para experimentar el mundo en todas sus formas: colores, texturas, sonidos, olores y sabores. Aprender a andar en bicicleta, trepar árboles, hacer burbujas, jugar a la mancha o a las escondidas: todas esas vivencias son tan necesarias como memorables.

Cuando llevo a mis hijas, Lourdes (6) y Mara (4), a jugar a la plaza, es común escuchar a los adultos decir: “¡Bajate de ahí!”, “¡Tené cuidado!”, “¡Te podés caer!”. Entiendo que como padres debemos estar atentos, pero si no permitimos que nuestros hijos experimenten gradualmente ciertas caídas leves, ¿cómo aprenderán a jugar con seguridad y confianza? Incentivar pequeños desafíos —en el juego o en otras situaciones cotidianas— contribuye a desarrollar su autoestima y capacidad de superación.

También es momento de revisar como adultos la cultura del “exitismo”, esa lógica del “ganar o ganar” que tantas frustraciones ha sembrado en diversas generaciones. Perder, en un juego o en la vida, es una oportunidad invaluable para aprender y crecer.

Con mis hijas trato de describirles casi todo lo que vemos o experimentamos. Aprovecho cada momento para enseñarles nuevas palabras, números o responder sus preguntas con paciencia. Creo que es una forma sana de empoderarlas con conocimiento, siempre adaptado a su edad y comprensión. Así, crecen también en conciencia, y aprenden a valorar la vida en toda su complejidad.

Y volviendo al eje de este texto, reafirmo: escuchar es una virtud indispensable, que no se limita a la infancia. Escuchar con atención y empatía a niños, adolescentes o adultos es una forma de decir “te valoro”, “te acompaño”, “te veo”. Es una herramienta poderosa para cultivar vínculos sólidos y caminar con más sentido en este apasionante viaje que es la vida.


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