Puerto Ruiz se abraza al rumor que prefigura su renacimiento

Hoy es un muelle vacío, y en sus galpones duermen las lanchas deportivas que usan en el río Gualeguay que se divierte en giros y recodos. En Gualeguay es un grito a voces; desde el Instituto Portuario de Entre Ríos lo confirman: podría conformarse un polo empresarial vinculado a frigoríficos y utilizarlo para sacar producción con barcazas, que complementarían en otros puertos. El poblado, donde aún resiste la casa natal de Juanele y unos 400 vecinos, se aferra a la posibilidad.

Nunca murió del todo, pero es como si lo hubiese hecho. Es cierto que se mantuvo firme, como pudo y hasta donde se lo permitió el oscilante río con sus subidas intempestivas. Puerto Ruiz tiene un ángel distinto, un aura que parece protegerlo del inasible pero irrevocable paso del tiempo. Es probable que ese ángel que impide su desguace y lo mantiene al cobijo de las 400 almas que han decidido permanecer en su lecho no sea otro que el del poeta nacido el 11 de junio de 1896, casi 160 años después de su azarosa fundación, y que entregó para siempre al río su desgarbada figura. La casa, a tiro de piedra del muelle, de Juan Laurentino Ortiz, espera todavía el futuro resplandeciente que el viejo futuro le prometió. Sus paredes calizas despelechadas y una vieja puerta que atestigua el relato del porvenir que no vino y la infausta sustitución por un lapso anodino y aciago. Juanele y Puerto Ruiz eslabonaron sus nombres y sellaron la alianza con el sudor de los pescadores, el mugido de las vacas y el sibilante andar del río Gualeguay -que repta zigzagueante por entre los pastos fértiles y la mirada resignada del ganado- buscando, a un puñado de kilómetros, el gran río.

Escuela "Hipólito Bouchard".
Nadie podrá quitarle a Puerto Ruiz el acervo de su historia que permanece entre su muelle y sus galpones, las ruinas de aquellos saladeros que le granjearon el mote de ser uno de los puertos de cabotaje más importantes de la Pampa Húmeda. Ahora se aferra a un rumor, a una posibilidad, al capullo que quizá vuelva a ser flor.

El enclave, ubicado a poco más de 10 kilómetros del casco principal de Gualeguay toma ese nombre en virtud de dos hermanos de apellido Ruiz (Pedro y Domingo), de origen cordobés, que se dedicaban a la cría de ganado. Los relatos populares dan por cierto que estos pioneros usaban cueros de vacunos tirados por caballo para aumentar la profundidad del río en ese tramo, antecedente comarcal de la pala sapo.

Con el tiempo, gracias a la presencia de extensiones de tierra muy grandes, buenos pastos y ganado cimarrón se establecieron los saladeros en Puerto Ruiz, corazón del futuro puerto y, de la propia ciudad de Gualeguay.

HISTORIA. El aporte de la historia se ciñe al hecho que ya en 1860 el saldo del movimiento en Puerto Ruiz era muy importante. En 1864 otra obra benefició a esta zona; el tendido del ferrocarril Primer Entrerriano. Esta obra nació por iniciativa popular. El 26 de septiembre de ese año se reunió un grupo de vecinos de Gualeguay para instalar el por entonces moderno medio de transporte. Animosos vecinos formaron la empresa con un capital social de 100.000 pesos fuertes, conformado de la siguiente manera: Gobierno de la Nación l.500, Gobierno de la provincia 10.000, el general Justo José de Urquiza 15.000, banco Maua 10.000 y vecinos de Gualeguay 50.000. Esta obra se inauguró el 9 de julio de 1866. El tren salía de Gualeguay desde las hoy calles Suipacha y Bartolomé Mitre.

La decadencia de nuestro puerto se debió a la falta de profundidad del río. Con el correr de los años los buques fueron más grandes y ello les impedía ingresar por el río Gualeguay. En muchas oportunidades barcos más chicos llevaban la mercadería desde Puerto Ruiz hasta la boca del Gualeguay para trasbordar a otros barcos más grandes.

Hoy emerge de sus aguas un rumor, una posibilidad que asegura que se busca formar un parque industrial, y que dos frigoríficos estarían interesados en radicarse en la zona, y el puerto que hoy apenas permite mover algunas lanchas y esperar el paseo dominical de los gualeyos podría volver a estar operativo. Puerto Ruiz comienza a aferrarse a esta posibilidad que abre la puerta de su renacimiento.

IDENTIDAD. El camino de ripio de algo más de 10 kilómetros es el cordón umbilical de esta historia que les otorga identidad a unos y otros. Pero mientras que la que es hoy la quinta ciudad de la provincia parece subida al respingo del caballo del crecimiento, en el puerto parecen estancos, aferrados a que el mito del viejo barco fantasma finalmente amarre en el muelle.

Entrar a Puerto Ruiz hoy por hoy deja una sensación de angustia. Casi no hay barcos y el viejo y herrumbrado guinche deja testimonio de que alguna vez hubo allí cargas de carnes, cueros y animales. El viejo dique de palos de algarrobo tambalea, y todo indica que la próxima inundación no dejará nada de él a la vista. Los viejos galpones están ocupados hoy por embarcaciones y la bajada de lanchas con su malacate son el centro principal de la actividad. Un viejo saladero saluda oxidado sobre los altos. Hasta la Virgen de los Pescadores fue víctima de la desidia, y hoy aparece apoyada contra un tapialito y atada con una soga.

Dicen que en sus 7 o 9 pies de calado las barcazas pueden entrar y salir con la carga, y complementarse en el río Paraná. Un dato de la economía vuelve a colarse en los pliegues de los rostros de su gente.

Carlos Scelzi, actual presidente del Instituto Portuario de Entre Ríos, confirma la especie y permite echar a rodar la posibilidad. Nace desde el pie, como todo. Pero si así sucede será un acto de justicia. Hemos mantenido reuniones con funcionarios de Gualeguay y se habla de la posibilidad de la radicación de empresas y la recuperación de Puerto Ruiz. Esa posibilidad cuenta con todo el apoyo del Gobierno provincial. Si bien no podrán ingresar barcos grandes, la complementación con barcazas podría ser muy importante para la actividad privada de la región, reflexionó el funcionario.

Su muelle, que aún conserva las paralelas férreas que marcaron la opulencia del tren, hoy está siendo pintado y tiene oficinas y sanitarios remozados que desentonan con el paisaje casi agreste que alguna vez vieron Juanele y el General Urquiza y Tomás de Rocamora en su afán por fundar villas, pero también Giuseppe Garibaldi, antes de tener su 20 de septiembre, en su andrajosa, la que quedó presa hasta que la retiraron sus propietarios. En este pedazo de tierra gualeya pletórica de recodos en el río y giros lingüísticos, de pescadores artesanales y sueños anclados, comienza a pensar en el vuelo el pájaro del destino. No olvidemos que otra calandria también inicio su vuelo en estos arrabales donde impera la rima y el espíritu errante.

Patrimonio

De lo que fuera Puerto Ruiz se conserva la estación de 1864, la casona donde naciera el poeta Juan L. Ortiz, los galpones del saladero La Adelina y la Fábrica de Jabón de Henry Shmolley del año 1900, numerosas casas que hablan de un pasado floreciente, importantes muelles cuya última construcción es de 1935 y las viejas grúas.

Completan el paisaje un destacamento de Prefectura Naval Argentina, una comisaría, una escuela, un centro de salud, un salón comunitario y una guardería náutica. El puerto se encuentra ubicado a la altura del km. 334 del río Gualeguay. Posee un muelle construido en un trecho de 60 metros de madera el cual se encuentra clausurado debido a su deterioro y 150 metros restantes de hormigón. No existen grúas ni guinches fijos emplazados en los muelles. Su calado permite la llegada de areneros, lanchas de pasajeros y deportivas.

 (Fuente: El Diario).

*Puerto Ruiz 

No se ha determinado con precisión la fecha del traslado del puerto hacia el Sur, en el paraje de los hermanos Ruiz (de donde proviene su nombre). Pero el río Gualeguay como principal vía navegable del interior de Entre Ríos ejercía control de Aduanas internas registrando el paso de goletas, lanchas, lugres, balandras, chalanas, chalupas y chatas cargueras que llegaban a Puerto Ruiz en 1831. En 1837 ingresaba, por vía fluvial, el italiano Giuseppe Garibaldi, quien se encontraba herido cumpliendo servicio a favor de la República de Río Grande, separada del Imperio del Brasil.

De tiempos confederales existen descripciones de viajeros como Tomas Page, que en 1853 relataba: “El río Gualeguay, que tiene sus fuentes en el interior de la provincia y desagua en el Pavón, ofrece condiciones de navegación para buques de seis pies de calado hasta el puerto de entrada al pueblo de Gualeguay, a 35 millas de su boca. Atraviesa parte de la provincia particularmente rica en campos de pastoreo, abundantemente poblados de excelentes crías de ganado”. Además, describe los montes de algarrobos y espinillos y pondera las estancias con rodeos vacunos y equinos.

Al año siguiente de estas valoraciones y según lo establecido por Reglamento Nacional, Puerto Ruiz es considerado de segunda categoría y con ello se inicia la instalación de los primeros saladeros que cumplirán un rol destacado en el desarrollo productivo de la zona.

También Martín de Moussy -autor del Atlas de la Confederación Argentina- se refiere a Gualeguay y su puerto en estos términos: “La ciudad de Gualeguay es un puerto de comercio sobre el río de ese nombre, a ocho leguas de su desembocadura en el Paranacito. Los navíos de ultramar pueden venir en todo tiempo por el Ibicuí, brazo del Paraná hasta la boca del Gualeguay, pero no hay bastante agua para que puedan remontar el río, lo que hacen, por el contrario, con facilidad, los barcos de cabotaje hasta el puerto Ruiz… tiene un servicio de barcos de vapor para Buenos Aires … los animales del departamento y de los departamentos vecinos son faenados en cuatro saladeros, todos situados sobre el río, lo que da una gran facilidad para las importaciones y las exportaciones…”

Modelo agroexportador

Estas referencias permiten comprender la importancia de Puerto Ruiz en aquel momento y justificar que en pocos años (1866) haya sido el motor de la instalación del Primer Ferrocarril de la Provincia, uniendo el Puerto con la Estación. En efecto, el gran desarrollo de la industria saladeril impulsó a los empresarios a hacerse cargo de las gestiones y el coste del tendido.

Con buenos resultados prosiguió el funcionamiento de puerto y ferrocarril, integrando una unidad indisoluble como sustento del modelo agroexportador instalado por la “Generación del 80”. Así, en 1911 la relación entre los artículos importados y exportados en este puerto a valor pesos oro era: 2.460. 858, 41 para importados mientras los exportados duplicaban esa cifra 5.047.763,92. En tanto se señalaba al saladero “La Adelina”, de Roberto Von Wernich, por sus modernas instalaciones que le permitían producir extracto de carne y lenguas enlatadas, llegando al mismo nivel que Santa Elena y Colón, aunque con un establecimiento de reducidas dimensiones.

Con un contexto económico diferente en los albores de la década de 1930, comenzó a manifestarse la necesidad de dragado del río y la mejora del camino que llevaba a la ciudad. Se observaba que las erogaciones para mantenimiento y el traslado de productos a través del ferrocarril inglés era tan elevado que quizás podría ahorrarse si se pensara en trasladar el Puerto a su sitio primitivo. El Ministerio de Obras Públicas (MOP) de la Nación realizó los estudios pertinentes pero el proyecto no prosperó.

El puerto, germen del poblado

A lo largo del tiempo, Puerto Ruiz no solo fue completándose con instalaciones del sistema industrial y ferro-portuario, sino que también propició la conformación de un barrio particular organizado a partir de una cuadrícula donde se alojaron las viviendas de obreros y pescadores.

Las edificaciones fueron realizadas en diferentes momentos, de acuerdo a las tecnologías existentes y las necesidades a cubrir. Así conviven piezas de madera como el muelle más antiguo y la manga para transporte de ganado junto a galpones de ladrillo de un antiguo saladero, una pequeña estación de doble altura con cubierta de tejas; guinches, zorras y amarres de hierro. Visiblemente diferentes son los galpones de techos curvos y piezas modulares prefabricadas, junto a las obras de terraplenes cubiertos de lajas y el muelle de hormigón armado que fueron realizados en las primeras décadas del siglo XX.

El paisaje resultante está constituido por la costa del río de arenas blancas, la isla, la vegetación de algarrobos y espinillos que se conjugan con típicas casas “chorizo” de sencilla ornamentación y otras construcciones de poca densidad enmarcadas por las imponentes estructuras de los antiguos saladeros que, aun en ruinas, se destacan en el conjunto al igual que las vías y la estación, los muelles y los galpones tejidos por una trama de adoquines que se internan en el barrio que vio nacer al poeta Juan Laurentino Ortiz, en 1896.

 *(Por Mariana Melhem para Mirador Provincial).

 



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