(Por Viviana Arreghi)
En una ciudad donde muchas veces el arte es considerado un privilegio de élites o de nombres extranjeros, la historia de Asef Bichilani emerge como un testimonio silencioso de esfuerzo, sensibilidad y talento. No es un personaje de cuento ni un nombre inventado para llenar espacios en una revista: Asef es real, vive, trabaja, sueña… y pinta.
De origen humilde, Bichilani dedica diez horas diarias a vender verduras. Su rutina laboral no le impide, sin embargo, alimentar su vocación artística. En las pocas horas libres que le deja su trabajo, este joven se encierra en un rincón que él llama, con ternura y optimismo, su atelier. Allí, entre bolsas de papas, cajones vacíos y latas de pintura económica, construye su mundo: prepara sus propios lienzos con género de hilo y capas de pintura blanca, y también fabrica los marcos con sus manos. Todo lo hace solo, con recursos mínimos, pero con una voluntad férrea que asombra.
Su espíritu creativo se impone incluso ante las condiciones más adversas. Bichilani ha sido capaz de trasladarse leguas fuera de la ciudad para captar los colores de un paisaje. En una de esas travesías, fue sorprendido por la noche en un paraje de la costa, soportando el frío invernal a la intemperie. La experiencia se tornó aún más amarga cuando su único acompañante, harto de las incomodidades, lo abandonó y arrojó al río sus estudios, destruyendo horas de trabajo y dedicación.
A pesar de todo, Asef continúa. Su obra, cargada de autenticidad y belleza, ha comenzado a despertar la atención de algunos, lo cual es un mérito mayor en un ambiente cultural que, como suele decirse, rinde culto al extranjerismo. En ese contexto, no es extraño que un artista como él, nacido del pueblo y moldeado por la necesidad, enfrente la apatía, la indiferencia, incluso el desprecio.
Sin embargo, su historia confirma una vez más que nadie es profeta en su tierra, aunque quizá, algún día, el arte auténtico y sincero encuentre el reconocimiento que merece en el lugar donde nació.

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