Viaje a República Dominicana

En el diario El Debate Pregón, en la sección "Gualeyos por el mundo", en una edición publicada en septiembre de 2015, se reflejó la siguiente publicación sobre Marcelo Curutchet en su viaje a República Dominicana.
"Fue una decisión casi impulsiva, una chispa que encendió el deseo de aventura. Con Flavia Paredes, mi compañera, pasamos frente a una agencia de viajes en Gualeguay y una promoción a Punta Cana nos atrapó como quien descubre un mensaje en una botella arrojada desde alguna playa lejana del Caribe. Averiguamos, dudamos apenas, y luego dijimos que sí. Comenzamos de inmediato los preparativos, los trámites del pasaporte, y esa ansiedad deliciosa que antecede a los viajes. Teníamos poco más de un mes. Cada pasaje costaba 13.500 pesos, pero finalmente abonamos 17.000. Nada importaba demasiado: el sueño ya estaba en marcha".
"Partimos el 21 de agosto de 2015 hacia ese paraíso que hasta entonces sólo habíamos imaginado. La experiencia de volar, confieso, me dejó perplejo. Era mi primer viaje en avión. Los vuelos de ida fueron intensos, casi una tormenta de emociones; en cambio, el regreso lo viví con más calma. Hicimos escala en San Pablo, Brasil, y a la vuelta en Río de Janeiro. En San Pablo, el destino nos regaló una sorpresa: compartíamos el viaje con otros gualeguayenses. Nicolás Briosso y su esposa Marilyn Suárez, Florencia Brisco y su amiga Gimena Díaz, se convertirían en entrañables compañeros de ruta".
"Nuestro hotel, el Be Live, nos recibió con la generosidad del “todo incluido”. Tenía playa propia, como casi todos los hoteles de la zona. Hicimos el check-in y comenzamos a deambular por las instalaciones, descubriendo poco a poco los rincones que serían nuestros durante los próximos ocho días. La coordinadora nos ofreció varias excursiones, pero nos inclinamos de inmediato por una: Isla Saona, ese nombre que parecía venir de un cuento de piratas o de una novela de aventuras".

"Uno de los primeros encantos que me tocó el alma fue la calidez del pueblo dominicano. Desde los recepcionistas hasta los mozos, desde el personal de limpieza hasta los animadores, todos parecían esculpidos en hospitalidad. Había una alegría sin estridencias, una cortesía genuina, una luz serena en su forma de estar con el otro. Se notaba: sabían ser anfitriones".




"La playa era un escenario permanente de propuestas. Vendedores de excursiones ofrecían desde kayak y snorkel hasta encuentros con delfines y vuelos en parasailing. También circulaban los comerciantes de sombreros, habanos, masajes, bijouterie, y pequeñas artesanías que parecían traer consigo algo del alma de la isla. Muchos trabajaban a comisión, alquilaban productos a terceros y vivían de esa alquimia diaria. El sueldo promedio rondaba los 200 dólares. El turismo, evidentemente, era un tesoro que ellos sabían cuidar".

"Isla Saona fue todo lo que imaginábamos y más. Partimos desde Bayahibe, un pueblo de pescadores convertido en puerto turístico. El viaje en catamarán fue puro goce, con mar en calma y música caribeña. Antes de llegar, hicimos una parada en una piscina natural, un banco de arena perdido en medio del océano, con aguas verdosas y transparentes, apenas un metro de profundidad. Allí, con estrellas de mar en las manos y tragos en los labios, nos sentimos parte del paisaje. Al arribar a la isla, sus playas nos envolvieron con una belleza simple, pero profunda, como si el tiempo se hubiera detenido para que nosotros la contempláramos".

"Los días siguientes fueron una sucesión de pequeños paraísos. Sol, playa, espectáculos nocturnos con música, teatro, karaoke y mujeres vestidas con trajes típicos. El merengue y la bachata resonaban como una banda sonora natural. Durante el día, los animadores del hotel se multiplicaban para ofrecer juegos, torneos, deportes. Y nosotros también explorábamos, compartíamos comidas, risas, charlas con nuestros compañeros de viaje, en un grupo que se volvió fraternal. Jugábamos al vóley en la playa formando equipos internacionales con turistas de todo el mundo: portugueses, españoles, brasileños, rusos, estadounidenses, franceses".

"Al acercarse el final, el huracán Erika se convirtió en protagonista involuntario. Su paso cercano demoró nuestra partida. Esperamos nueve horas en el aeropuerto, con algo de tensión, algo de resignación, y finalmente abordamos el vuelo rumbo a Río. Allí, otra escala de seis horas. Y al fin, la medianoche del sábado 29 de agosto, tocamos suelo argentino".

"Volvimos con el alma llena. Habíamos vivido una experiencia inolvidable. Quedaron en nosotros las playas, las conversaciones, los atardeceres, los abrazos. Pero también algo más: la certeza de que a veces, basta una decisión repentina para que un sueño se vuelva realidad".

 





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